jueves, 26 de julio de 2012

Identidad cultural y violencia

Desde el punto de vista de la Psicología Social, podemos caracterizar a todo individuo en base al conjunto de vínculos que establece con personas y grupos de su medio social. La personalidad de cada individuo ha de ser única de la misma forma en que lo son sus huellas dactilares. George H. Mead escribió: “Esta organización se expresa en las dotes particulares y en la especial situación social del individuo. Ėste es un miembro de la comunidad, pero es una parte especial de la comunidad, con una herencia y una posición especiales que le distinguen de todos los demás. Es lo que es en cuanto a miembro de dicha comunidad, y las materias primas de que nace ese individuo especial no constituirían una persona, a no ser por la relación del individuo con la comunidad de la cual forma parte” (De “Espíritu, persona y sociedad”-Editorial Paidós-Buenos Aires 1954).

Podemos hablar, entonces, de la identidad cultural individual en base al conjunto de grupos sociales de los cuales forma parte determinada persona. Amartya Sen escribió: “En nuestras vidas normales, nos consideramos miembros de una variedad de grupos; pertenecemos a todos ellos. La ciudadanía, la residencia, el origen geográfico, el género, la clase, la política, la profesión, el empleo, los hábitos alimentarios, los intereses deportivos, el gusto musical, los compromisos sociales, entre otros aspectos de una persona, la hacen miembro de una variedad de grupos. Cada una de estas colectividades, a las que esta persona pertenece en forma simultánea, le confiere una identidad particular. Ninguna de ellas puede ser considerada la única identidad o categoría de pertenencia de la persona”.

En cuanto a la denominación empleada para describir este aspecto del comportamiento humano, podemos citar lo que aparece en un diccionario de sociología: “El término identidad es retomado por la Psicología Social actual para designar la continuidad de la conciencia de sí mismo del individuo; esta conciencia se sostiene a través de los roles sociales que se asumen y del reconocimiento social del sujeto de dichos roles. La identidad se forma durante la pubertad y la adolescencia, periodos en que el individuo elige y asume roles para su vida futura. Esta tarea se realiza por la integración de elementos conscientes y subconscientes (cualidades, necesidades, etc.) con frecuencia conflictivos. La no integración de esos múltiples elementos puede generar crisis a las que se denomina «difusión de identidad», y que llevan a la pérdida de identidad o de la propia imagen («quién soy yo, a dónde pertenezco»); esto puede darse por la pérdida del rol profesional u otro rol social, por la pérdida de la pertenencia a un grupo, o el fracaso en los planes de vida. Se genera así una identidad negativa por la asunción de roles o la identificación con modelos que son desvalorizados por el medio social, o por el mismo sujeto” (Del “Diccionario de Sociología”-Enrique del Acebo Ibáñez-Roberto J. Brie-Editorial Claridad SA-Buenos Aires 2006).

La pobre valoración de nuestra propia persona produce conflictos a nivel personal. Stephen Worchel y otros escriben: “Para muchos de nosotros es incómodo o desagradable perder nuestra identidad en el grupo. En muchas universidades grandes, los estudiantes se quejan de estar perdidos entre la masa; son tratados como números y nadie los conoce ni se preocupa por ellos. El sentimiento de perderse en la multitud incita a las personas a hacer algo que las destaque del grupo para adquirir una identidad y ser reconocidas. Por eso la conducta animada, exagerada y algunas veces antisocial representa los intentos de las personas por ser reconocidas” (De “Psicología Social”- S. Worchel- J. Cooper- G.R. Goethals- J.M. Olson-Internacional Thomson Editores SA-México 2002).

La mutilación de las identidades de las personas es la causa principal de los conflictos de tipo étnico, religioso o político. Recordemos que Alexandr Solyenitsin criticaba al marxismo por cuanto “allí donde hace falta un bisturí, utiliza un hacha”, haciendo referencia a la grosera descripción de los seres humanos y de la sociedad considerando que ésta está constituida por sólo dos grupos: burguesía y proletariado. También los nazis recurrieron a la descripción de la población alemana a la simple composición de arios, por una parte, y el resto, constituido por las “razas inferiores”. Incluso en la actualidad se considera al marxismo como una parte importante de la sociología, denostando el pobre nivel científico que ese hecho refleja de tal rama del conocimiento.

Puede decirse que las ideologías que generan conflictos sociales de gran envergadura son las que consideran sólo un aspecto de nuestra identidad e ignoran las restantes. Es decir, mientras que el adepto considera un único grupo de pertenencia, asocia a sus “enemigos” también ese mismo aspecto. Así, para el nazismo el único atributo de interés que caracteriza a una persona es su raza; para el marxista lo es su clase social; para el fanático religioso, su filiación religiosa, etc. Amartya Sen escribió: “Una importante fuente de conflictos potenciales en el mundo contemporáneo es la suposición de que la gente puede ser categorizada únicamente según la religión o la cultura. La creencia implícita en el poder abarcador de una clasificación singular puede hacer que el mundo se torne en extremo inflamable. Una visión singularmente disgregadora no sólo se opone a la antigua creencia de que todos los seres humanos son bastante parecidos, sino también al concepto menos discutido, pero mucho más posible de que somos diversamente diferentes” (De “Identidad y violencia”-Katz Editores-Buenos Aires 2007).

La consideración de un solo aspecto de la identidad de una persona, ignorando los restantes, implica por lo general la asignación, a esa persona, de todos los atributos asignados a la identidad considerada, lo que implica un primer paso hacia un tipo de discriminación explícita. De ahí que surjan, entre las más conocidas, la discriminación racial o étnica (nazismo, por ejemplo), la discriminación social (marxismo, por ejemplo), y la religiosa (entre judíos y musulmanes, por ejemplo).

El individuo que, en forma consciente, limita y mutila su propia identidad, considerándose parte de sólo un grupo determinado (político, social, religioso) lo hace generalmente porque siente que poco vale como individuo y todo su valor espera adquirirlo como miembro del grupo del que forma parte. Así, hay personas que se jactan por su origen social, nacional o étnico, o por su nivel de instrucción, o por su creencia religiosa, casi siempre tratando de adquirir valoración social o bien perdurar en el tiempo en función de la perdurabilidad del grupo al cual adhiere.

En cuanto a la violencia que surge de quien posee una única y limitada identidad, podemos mencionar el caso de Elie Wiesel, quien estuvo detenido en un campo de concentración nazi y que luego optara por el terrorismo contra los ingleses, quienes se oponían a los planes hebreos de fundar el nuevo Estado de Israel. Posteriormente supera su filiación y sus creencias haciéndose acreedor al Premio Nobel de la Paz de 1986. Amalio Blanco describe la argumentación que utilizó Wiesel para justificar su paso de victima a verdugo:

1- El enemigo: Se trata de un argumento omnipresente: «Lo único que sabía de John Dawson es que era inglés; que era mi enemigo»; eso fue suficiente para firmar su sentencia de muerte. No existe piedad ni medias tintas. «El undécimo mandamiento del Movimiento: odia a tu enemigo».

2- Invocación a Dios: A los designios divinos, a su voluntad convertida en ley, a sus deseos insondables, a su posición decantada a nuestro favor. Dios es un combatiente de la Resistencia. Wiesel añade con la seguridad y la contundencia del fanático: «Dios es un terrorista». Su plegaria ante el trance de ajusticiar a sangre fría a un inocente es, con algunos matices, la misma que invoca hoy el terrorismo salafista. «Padre –le dije- no me juzgues. Juzga a Dios. Es él quien creó el universo e hizo que la justicia se obtenga con la injusticia, que la felicidad de un pueblo se adquiera al precio de las lágrimas, que la libertad de una nación, como la de los hombres, sea una estatua levantada sobre los cuerpos de los condenados a muerte». Un verdadero horror.

3- Ideales sublimes. Metas sagradas y objetivos inaplazables, aun a costa de la vida de los nuestros y, sobre todo, de los otros. «Nosotros decimos que estamos comprometidos en una lucha sagrada, que luchamos contra algo, por algo; combatimos contra los ingleses, combatimos por una Palestina libre, independiente». David ben Moshe sabe por qué lucha; John Dawson no lo sabe. La muerte del primero tiene sentido; la muerte del segundo es un absurdo.

4- El contexto de guerra. El entorno de combate lo engulle todo, lo justifica todo, lo perdona todo. «Estábamos en guerra. Teníamos un objetivo, un ideal. Teníamos un enemigo que se interponía entre nosotros y el infinito. Entonces, había que eliminarlo. ¿Cómo? No importaba cómo. Los métodos no tenían ninguna importancia. Los medios son múltiples y pronto se los olvida. Lo que queda y cuenta es el fin único».

5- El cumplimiento del deber. La planificación, la estrategia, la distribución de tareas, los sistemas de control y, de manera especial, la jerarquía forman parte de la estructura de cualquier organización. Todo va en la misma dirección: el cumplimiento del deber, la obediencia incondicional a las órdenes recibidas. «¿Quién ejecutará a John Dawson?, pregunté a Gad. Tú, respondió. ¿Yo?, pregunté sorprendido. No daba crédito a mis oídos. Tú, repitió Gad. Después de un momento agregó: son órdenes del Viejo» (De “Mente y cerebro” (52)-Prensa Científica SA-Barcelona Feb/2012).

Quienes promueven la vigencia de identidades culturales únicas, ven en el proceso de la globalización económica un avance en contra de sus formas limitadas de afrontar la vida. Pocas veces reconocen el enorme progreso que ha significado para la humanidad la globalización de la ciencia y de la tecnología, aspecto asociado también a la globalización económica y cultural. Amartya Sen escribió: “Seria difícil creer que el progreso de las condiciones de vida de los pobres del mundo podría acelerarse si se les impide acceder a las grandes ventajas de la tecnología actual, a la valiosa oportunidad del comercio y del intercambio y a los beneficios sociales y económicos de vivir en sociedades abiertas en lugar de sociedades cerradas”.

En oposición al individuo limitado en su identidad, aparece el ciudadano del mundo, que se siente parte de muchos grupos y que valora a los demás en función de todos los atributos que los caracterizan. Tal ciudadano del mundo es el que puede sentir y hablar de igualdad y de libertad, buscando compartirlas con los demás.