domingo, 29 de julio de 2012

Democracia y pseudodemocracia

En política, no sólo es difícil ponerse de acuerdo en cuestiones sobre las que existen coincidencias previas respecto del significado de las palabras, sino que resulta más difícil aún cuando a las propias palabras básicas de esa rama de la actividad humana se les asocia significados diversos. De ahí que, lo que para algunos implica democracia, para otros implica una falsa democracia. De todas formas, antes de dar por sentado lo que esa palabra significa, se sugiere utilizar una mayor cantidad de palabras cada vez que se haga referencia a determinadas acciones políticas, presentes y futuras, que se discuten o que se mencionan.

En el presente escrito consideraremos como democracia al gobierno indirecto del pueblo, con una plena vigencia de libertades individuales y división de poderes, principalmente. La democracia plena no sólo ha de abarcar lo político sino también lo económico, de ahí que se requerirá también la vigencia de una economía de mercado.

Se dice que la democracia es el sistema político menos malo. Se lo ha establecido principalmente para proteger al individuo de los abusos que pueden provenir del poder gubernamental, como es el Estado. De ahí que se ha propuesto para regir en un ordenamiento social compuesto por hombres reales, a veces con pocas virtudes. Si los hombres no tuviesen defectos, la democracia perdería bastante su razón de ser por cuanto otro tipo de gobierno podría muy bien cumplir con éxito la tarea de mando. Eduardo A. Valdovinos escribió:

“Si la democracia resulta el mejor sistema es porque en mayor grado que los demás impide el abuso del poder, pero si nadie abusara del poder la democracia carecería de trascendencia. Lo mismo sucedería con las demás formas de gobierno. El día que la humanidad pueda implantar las condiciones necesarias para que solamente lleguen a la función gubernativa hombres capaces y honestos, el fantasma de la dictadura no tendrá sentido” (De “La crisis moral”-Editorial Troquel SA-Buenos Aires 1965).

Por el contrario, se ha propuesto al totalitarismo como un medio para proteger al individuo de la maldad y del egoísmo empresarial. Se supone que quienes dirigen al Estado totalitario tienen cierta superioridad social, racial o ética, sobre el resto de la población, de manera de poder cumplir su misión. Como ejemplo de sistema totalitario, podemos mencionar a la ex República Democrática Alemana, que instaló la muralla de Berlín. En ese país no existían las libertades esenciales por lo que no había democracia política ni económica, a pesar de la engañosa denominación utilizada.

Mientras que las ideologías democráticas consideran que toda la población, gobernantes y gobernados, puede carecer de atributos éticos suficientes, las ideologías totalitarias, como es el caso del marxismo, asumen que en toda población existe un sector sin virtudes y con defectos (burguesía) y un sector sin defectos y con virtudes (proletariado). Luego, promovido por la superioridad ética de los últimos surgirá el gobierno “democrático” que no será necesario cambiar, o bien se podrán hacer elecciones “libres” pero entre candidatos que profesen el credo marxista.

Podemos decir que la democracia permite un buen funcionamiento de la sociedad mientras el nivel moral predominante de la población sea aceptable. Cuando este nivel retrocede, es posible que cada vez con más asiduidad se elija a gobernantes corruptos y se llegue a la pseudodemocracia. Una vez instalada en el poder, en un plazo mediano se habrá de convertir en una dictadura, aunque se la siga denominando “democracia”.

Es oportuno decir que la democracia parte de la previa suposición de la existencia de hombres buenos y malos, aptos y poco aptos (aceptando una continua transición entre ambos extremos) distribuidos en todos los sectores de la sociedad. De ahí que en principio todos puedan mejorar y acceder al poder en alguna ocasión futura. Por el contrario, las pseudodemocracias parten de la supuesta existencia de hombres buenos y aptos pertenecientes a un sector social, étnico, religioso, etc. mientras que en otro sector social existirán hombres malos e ineptos, ya que éstos pertenecen a la clase social o al grupo étnico “incorrecto”. Esto da lugar a dos actitudes opuestas en quienes se identifican con la democracia y quienes lo hacen con el totalitarismo. En el primer caso predomina una actitud igualitaria y cooperativa, mientras que en el segundo caso predomina una actitud desigualitaria y competitiva. Como en las distintas sociedades tenemos personas que basan sus acciones personales en el amor y otras que lo hacen en el odio, será normal que exista tanto personas democráticas como totalitarias.

Para poder distinguir entre gobiernos democráticos de aquellos que sólo fingen serlo, se mencionarán algunos párrafos escritos por Alexis de Tocqueville: “Los que yo llamo grandes partidos políticos son aquellos que se sujetan a los principios más que a sus consecuencias, a las generalidades y no a los casos particulares, a las ideas y no a los hombres. En general, estos partidos tienen rasgos más nobles, pasiones más generosas, convicciones más reales, un ritmo más franco y audaz que los otros. El interés particular, que siempre juega el papel principal en las pasiones políticas, se oculta aquí más hábilmente tras el velo del interés público; incluso llega a veces a pasar inadvertido a las miradas mismas de aquellos a quienes anima y mueve”.

“Los pequeños partidos, por el contrario, carecen en general de fe política. Como no se sienten formados ni sostenidos por grandes fines, su carácter esta impregnado de un egoísmo que aparece ostensiblemente en cada uno de sus actos. Se irritan por la menor cosa y su lenguaje es violento, pero su paso es tímido e incierto. Los medios que emplean son miserables, como el fin mismo que se proponen”.

“Los grandes partidos cambian a la sociedad, los pequeños la agitan; unos la desgarran y otros la corrompen; los primeros a veces la salvan al conmoverla, los segundos la trastornan siempre sin provecho” (De “La democracia en América”-Fundación Iberdrola-Madrid 2006).

Siguiendo el criterio expuesto por Alexis de Tocqueville, podemos decir que en la Argentina predomina netamente un “pequeño partido”, pequeño por sus fines, y no en cuanto al apoyo y adhesión popular. Para entender este hecho, podemos comenzar mencionando el resultado de una encuesta realizada por una emisora radial en Buenos Aires luego del atentado a las torres gemelas de Nueva York. Ante la expresión de “la madre de todos los argentinos” (Hebe de Bonafini), de “haber festejado” tal atentado terrorista, un 55% de los encuestados contestó afirmativamente su adhesión a tal expresión. Al tratarse de un caso con muchas víctimas inocentes, aun cuando no se sepa cuál fue la cantidad de encuestados, resulta ser un síntoma elocuente de que en la Argentina ha de tener mayor éxito un partido político que instigue al odio que otro que trate de promover el amor. De ahí que no sea extraño que el peronismo, y sus variantes, sea prácticamente el único partido con reales posibilidades de triunfo. Los partidos democráticos, por el contrario, tienen poca adhesión; más aún cuando tratan de promover un cambio moral. El analista político Seymour M. Lipset, quien describe al peronismo como “el fascismo de la clase baja” escribió:

“La verificación gradual de que en la sociedad moderna es más posible que los movimientos extremistas e intolerantes se hallen basados en las clases inferiores que en las clases medias y superiores ha planteado un dilema trágico a aquellos intelectuales de la izquierda democrática, que en su oportunidad consideraron que el proletariado era necesariamente una fuerza de libertad, igualdad racial y progreso social”.

“A diferencia de las tendencias antidemocráticas del ala derecha, que se apoyaban en los estratos más acomodados y tradicionalistas y de aquellas tendencias que preferimos llamar fascismo «verdadero» –autoritarismo centrista apoyado en las clases medias liberales, fundamentalmente los trabajadores independientes- el peronismo, en gran parte como los partidos marxistas, se orientó hacia las clases más pobres, principalmente los trabajadores urbanos, pero también hacia la población rural más empobrecida. El peronismo posee una ideología del Estado fuerte, totalmente similar a la abogada por Mussolini. También posee un fuerte contenido populista antiparlamentario, destacando que el poder del partido y el dirigente se derivan directamente del pueblo, y que el parlamentarismo se convierte en gobierno de políticos incompetentes y corrompidos” (De “El hombre político”-EUDEBA-Buenos Aires 1963).

En la actualidad (2012) contemplamos un gobierno de tipo personalista que está más preocupado por mantener el poder personal que por resguardar la seguridad personal y económica de la población. Así, cada vez que algún político, partidario u opositor, manifiesta la intención de ser candidato a la presidencia en futuras elecciones, se verá atacado y calumniado severamente por la prensa partidaria y también por la estatal, que previamente fue puesta a disposición del partido gobernante.

La exaltación del hombre masa lo ha convertido en alguien que “siempre exige, pero nunca agradece”. Así, nunca agradece al empresariado que produce y paga cada vez mayores impuestos. La actitud confiscatoria y expropiadora del gobierno ha desalentado a los inversores que han preferido asegurar sus capitales llevándolos al exterior, mientras que los pequeños ahorristas han optado por guardarlos fuera del circuito productivo.

La inflación, producida por la limitada producción y por el exceso de gastos del Estado, que lo ha llevado a una excesiva emisión monetaria, está produciendo severos deterioros económicos principalmente en la gente de menores recursos. Sin embargo, tal problema “se soluciona” falsificando las estadísticas y minimizando los efectos. Lo que resulta sorprendente y alarmante es el ataque, desde el nivel presidencial, hacia aquellos que, bajo el elemental derecho democrático de expresar su libre opinión, se atreven a hablar de los niveles de inflación reales y de los serios efectos que (según los libros de economía y la realidad) seguirán en el futuro. De esa manera se trata de excluir de la sociedad a los políticos y votantes ajenos al partido gobernante, que son denigrados y difamados diariamente en los burlescos programas que la televisión estatal se encarga de difundir masivamente por todo el país.

Mientras que la democracia se ha de fundamentar en la “fuerza del amor y la verdad”, las pseudodemocracias se fundamentan en la “fuerza del odio y la mentira”. En la Argentina seguimos experimentado con este método ya que no sólo se identifica con la vocación mayoritaria del pueblo, sino que se tienen esperanzas de que por ese camino alguna vez se saldrá del subdesarrollo.