viernes, 25 de mayo de 2012

Ideología y personalidad

Por lo general, la ideología política con la cual un individuo se identifica, ha de tener una relación directa con su personalidad. Como la actitud característica de todo individuo tiene una componente afectiva y una cognitiva, la conjunción de ambas determinará, en primera instancia, la postura política a la que tal individuo adherirá. De acuerdo a esto, no son sólo las ideas o las creencias las que determinarán nuestra conducta, sino, sobre todo, nuestros afectos, ya sean positivos o negativos.

Resulta sencillo describir, en base al criterio propuesto, las conductas políticas o religiosas de personajes reconocidos públicamente, aunque no resulta sencillo predecir futuros comportamientos a partir de una personalidad conocida en forma aproximada. De todas formas, es importante considerar la validez del criterio adoptado en forma independiente a la dificultad que presente el conocimiento concreto del vínculo entre personalidad e ideología en casos determinados.

Podemos considerar, en Psicología Social, que cada teoría propuesta respecto de las componentes de la actitud característica, es en sí misma una teoría de la personalidad. Así tenemos teorías de una, dos y tres componentes. En el primer caso, consiste en una simple respuesta, positiva o negativa, que se dará a una serie de preguntas que admitan tal tipo de respuesta. De esta forma es posible caracterizar las distintas personalidades individuales, pero tal método depende del conjunto de preguntas formuladas sin tener presente justamente los aspectos inherentes a cada individuo.

En el caso de teorías con dos componentes, es posible tener en cuenta tanto el aspecto afectivo como el cognitivo de cada individuo, por lo cual resultan suficientes para establecer descripciones satisfactorias de la mayor parte de los fenómenos sociales a partir de las actitudes individuales. Finalmente tenemos las teorías con tres componentes, las que apuntan a reflejar tanto la conducta, como lo afectivo y lo cognitivo, teniendo presente la existencia del cerebro reptiliano, el límbico y el neocórtex. W.J. McGuire escribió:

“La tricotomía de la experiencia humana en pensamiento, sentimiento y acción, aunque no rigurosa desde el punto de vista lógico, es tan generalizada en el pensamiento indoeuropeo (se la halla en la filosofía helénica, zoroastriana e hindú) que sugiere que se corresponde con algo básico de nuestra manera de conceptuar, quizás refleje las tres capas evolutivas del cerebro, corteza cerebral, sistema límbico y arquiencéfalo” (De “Psicología Social”-M.A.Hogg y G.M.Vaughan-Editorial Médica Panamericana SA-Madrid 2010).

Debido a que sólo son accesibles a nuestras decisiones los aspectos afectivos y cognitivos de nuestra personalidad y debido a que la actitud característica puede definirse mediante la relación:

Respuesta (Acción) = Actitud característica x Estimulo

resulta redundante incluir algún tipo de componente conductual. De ahí que resultan más simples las mencionadas teorías con dos componentes: afectivas y cognitivas. Para las primeras tenemos: amor, odio, egoísmo e indiferencia. Para las segundas adoptamos, como referencia para establecer el conocimiento, a la realidad, la opinión propia, la de otra persona o lo que dice la mayoría. En todos los casos se supone que difícilmente existan individuos que posean sólo una de estas componentes, sino que muestran una mezcla de todas ellas en distintas proporciones.

Podemos comenzar caracterizando a las personalidades que adhieren a las posturas extremas, democracia y totalitarismo, ya que los extremos son más fáciles de describir. Así, la componente afectiva de la actitud característica de un verdadero demócrata ha de ser el amor (por el cual tiende a compartir las penas y las alegrías de los demás, ya sea dentro o fuera de su ámbito familiar), mientras que la componente cognitiva de tal actitud ha de ser la toma de referencia en la propia realidad.

Por otra parte, la componente afectiva del totalitario ha de ser el odio, por el cual se alegra del sufrimiento ajeno, con tendencia a la burla (el vómito del alma enferma) y se entristece por la alegría ajena, con tendencia a la envidia (el autocastigo efectivo, inmediato y permanente), mientras que la componente cognitiva ha de ser la adopción, como referencia, no de la realidad, sino de la opinión de un líder, o bien de la propia opinión cuando se convierte en un líder.

Mientras que los que realizan sus vidas en función del amor carecen de enemigos y concentran sus esfuerzos en conocer mejor la propia realidad, pareciera que, quienes realizan sus vidas en función del odio, si no dispusieran de enemigos, sus discursos perderían eficacia e incluso sus vidas carecerían de sentido. Sus actitudes se parecen a las de aquellos simpatizantes de fútbol (barras bravas) que en el triunfo se burlan de sus adversarios y en la derrota insultan a los jugadores de su propio club. Las distintas facetas de su accionar pueden describirse como distintas formas de expresar o encauzar la producción diaria de malevolencia y odio.

Las tendencias populistas, que apuntan al totalitarismo, se caracterizan por un discurso que se basa, no tanto en la realidad, sino en el enemigo, el adversario político, al cual se lo difama, se lo degrada y se lo injuria públicamente. Se trata de que todos participen y compartan el odio personal del líder populista. Incluso, cuando aparece un “desertor”, alguien que no se somete a la exigida obediencia partidaria, se lo denigrará en forma similar a cómo se lo hace con los adversarios.

La persona pensante, que busca adaptarse de la mejor manera al mundo real, adopta posturas que luego advertirá como erróneas. De ahí que cambie de ideas junto al cambio de actitud, o bien mantenga su actitud pero cambie su respuesta cuando cambien las condiciones de su país, tal el caso del tres veces presidente de Bolivia, Víctor Paz Estenssoro, quien en 1952 afirmaba: “En los años 50, los intereses de las compañías eran enormes pero carecían de una función creativa, excepto en la gran industria minera, en la que la riqueza salía del país. En el campo había propietarios de tierras al estilo feudal. Por lo tanto la economía estaba estancada. En estas circunstancias era esencial que el Estado asumiera el rol principal”.

Varios años más tarde afirmaba: “Con el transcurso del tiempo el Estado creció, se tornó ineficiente y corrupto. Ya no desempeñaba su papel; se convirtió, en efecto, en una fuerza negativa. El Estado retardó el crecimiento de la economía y, mediante déficit, creó una inflación que llegó a 25.000 por ciento cuando asumí el poder en 1985. La intervención del Estado creó las condiciones para la corrupción y los sobornos” (Citado en “Ajustándonos a la realidad”-Robert Klitgaard-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1994).

Para el individuo pensante no existen enemigos, sino adversarios; de ahí que pueda reconocer lo que en ellos observa como positivo, tal el caso del filósofo Denis Diderot, poco adepto a la religión. Cuando un amigo lo observa leyendo el Catecismo católico a su propia hija, le incrimina:

“¿Cómo? ¿Tú enseñas el Catecismo a tu propia hija? ¿Te estás burlando?”, a lo que recibe como respuesta: “Si yo conociese un libro mejor para hacer de María una niña respetuosa y tierna, buena mujer y digna madre, se lo enseñaría; pero, a la verdad, que en el mundo no conozco más que el Catecismo que le pueda enseñar todo esto: ¡ojalá que para felicidad suya y mía, crea, ame y practique cuanto en él se indica!” (De “Haces de luz”-P. Bernardo Gentilini-Editorial Difusión-Buenos Aires 1952).

Por el contrario, para el marxista-leninista, el adversario es un enemigo que debe ser aniquilado. Respecto de la personalidad del asesino del Vicealmirante Hermes José Quijada, Antonio Petric escribe: “Víctor Fernández Palmeiro, alias «El Gallego», había nacido en Orense, España, en 1945”. “Roberto Santucho, jefe del ERP, lo caracteriza de este modo: «No conoce el miedo, no tiene prejuicios, no se detiene ante nada. Creo que podría matar a su hermano, sin titubear ni darle a entender la animosidad. Desde hoy y por varios años, éstos son los hombres que deben ser nuestro ejemplo en la lucha por la patria socialista»”.

“Muerto a consecuencia de los disparos del chofer de Quijada, todo el submundo subversivo, desde el cultural hasta el juvenil, se vio inundado de publicaciones que lo presentaban como si fuera un héroe”. “Proclamaba «El Combatiente»: «El Gallego ya forma parte de la historia nueva que han comenzado a forjar los pueblos. La burguesía y el imperialismo se retuercen bajo el peso del plomo revolucionario, y la patria socialista despunta entre los escombros del sistema que nos ayuda en su propia e irreversible destrucción»”.

“Pese a que acababa de cometer un alevoso y largamente preparado crimen, con probabilidades muy elevadas de salir impune de él, su final fue presentado no sólo como heroísmo, sino también como martirio” (De “Así sangraba la Argentina”-Ediciones Depalma-Buenos Aires 1980).

La gravedad de la situación actual no radica tanto en que existieron grupos terroristas en el pasado, sino en el hecho de que gran parte de la sociedad acepta la legitimidad de los asesinatos y de los atentados perpetrados en los 70 por los actualmente referidos bajo la genérica denominación de “jóvenes idealistas”. Incluso existe en la Casa de Gobierno de la Nación un retrato de Ernesto Che Guevara, quien, en su vida de guerrillero, nunca redujo a un opositor en combate, sino que asesinó con su propia arma a unas 216 personas detenidas. De ahí que cabe la siguiente pregunta: ¿Es consciente la gente acerca de lo que ocurriría en la sociedad si tales personajes fueran tomados como ejemplos por la mayor parte de la juventud, tal como lo proponen las actuales (2012) autoridades nacionales?.

Puede decirse que, así como la misión del político democrático consiste en orientar a la sociedad por la senda de la cooperación entre sus integrantes, la misión adoptada por el político populista y totalitario consiste en despertar y fomentar el odio entre sectores en beneficio del poder político de tales instigadores.

Respecto de las ideologías de origen religioso, podemos hacer un análisis similar. En este caso tendremos religiones que se fundamentan, o que con compatibles, con la ley natural, y aquellas que tienen sólo validez personal o sectorial. La religión verdadera, la que “une a los adeptos”, es, precisamente, la que no divide a los hombres. Y ello se debe a que sus enseñanzas éticas y sus consecuencias pueden verificarse en forma directa y cotidiana, pudiéndose perfeccionar con el tiempo.

Los libros sagrados debemos interpretarlos tomando como referencia la propia realidad. De esa manera podremos entender su mensaje. De lo contrario, cuando aparecen diferencias entre las simbologías utilizadas y la propia realidad, aparece la desafortunada tendencia a cambiar la realidad para compatibilizarla con la simbología, con las deformaciones y las consecuencias negativas que todos conocemos.