miércoles, 2 de mayo de 2012

El castigo económico

Cuando en la Edad Media se producía una epidemia, que diezmaba algunas poblaciones europeas, se interpretaba tal acontecimiento como un castigo enviado desde Dios a la humanidad por desobedecer su voluntad. En realidad tan sólo se trataba de los efectos que seguían necesariamente al bajo nivel de higiene predominante como también al desconocimiento de muchos procesos que fueron aclarados posteriormente con el desarrollo de la biología y la medicina.

La palabra “desastre” proviene de “dis-astra”, asociada al irregular movimiento de los cometas, que aparecían y desaparecían de la vista de los hombres, interpretándose como señales del cielo que anunciaban futuros castigos a la humanidad. Con el descubrimiento de Edmund Halley, quien supo describir el comportamiento del cometa que hoy lleva su nombre, y por el cual se supo que los cometas se desplazan con movimientos periódicos, se fue dejando de lado tal interpretación.

Lo que tienen en común tanto la descripción científica como la proveniente de la religión, o de la superstición, es que los acontecimientos negativos siguen a las conductas erróneas del hombre, y el “castigo” llega, ya sea en forma de autocastigo, debido a la existencia de leyes naturales poco evidentes, o bien por los designios superiores antes mencionados.

Podemos decir que en la actualidad, como también ocurrió en otras épocas, luego del materialismo reinante, llega el “castigo económico”, o la crisis y posterior recesión según el lenguaje de la ciencia respectiva. Cuando el hombre centra su interés en los bienes materiales y deja de lado totalmente los valores afectivos e intelectuales, se producirán, a la corta o a la larga, los deterioros económicos correspondientes. Respecto de la mentalidad predominante en nuestra época, Alexander Solyenitsin dijo:

“Un detalle psicológico se ha pasado por alto, sin embargo, en el proceso: el afán constante de tener aún más cosas y una vida todavía mejor, y el trajín por obtenerlas imprime en la cara de muchos occidentales signos de preocupación y aun de depresión, aunque tales sentimientos suelen ocultarse. La competencia activa y tensa trasciende todo el pensamiento humano sin dejar resquicio al libre desenvolvimiento del espíritu”.

“La sociedad occidental se ha dado la organización que mejor cuadra a sus objetivos, basada, diría yo, en la letra de la ley. Si uno se porta bien de acuerdo con un punto de vista legal, no necesita más, y nadie puede reprocharle el hecho de no ser todavía mejor, ni pedirle que se contenga o que espontáneamente renuncie a dichos beneficios legales, con sacrificio y riesgo desinteresado. Se le antojaría sencillamente absurdo”.

“Me he pasado la vida bajo un régimen comunista y puedo asegurarles que una sociedad sin la balanza objetiva de la ley es algo terrible, verdaderamente. Pero una sociedad sin otra escala que la escala legal, tampoco es del todo digna del hombre. Dondequiera que el tejido de la vida se teje de relaciones legalistas impera una atmósfera de mediocridad moral que paraliza los instintos más nobles del hombre”.

“Hemos vuelto la espalda a lo espiritual y abrazado cuanto hay de material con afán desenfrenado. Esta nueva manera de pensar, que ha impuesto sobre nosotros su tutela, no admite la existencia de mal intrínseco en el hombre ni cifra empresa más alta que la de conseguir la felicidad en la Tierra”.

“Coloca los cimientos de la civilización moderna en la peligrosa tendencia hacia el culto del hombre y de sus necesidades materiales. Todos los demás requerimientos humanos y características de más elevada y sutil naturaleza han quedado al margen del área de atención del Estado y de los sistemas sociales. Eso ha dejado abierto el camino al mal, de que en nuestros días hay abundantes ejemplos. La libertad por sí sola no resuelve en lo más mínimo los problemas de la vida humana. E inclusive agrega algunos más”.

“No puede haber un goce irrestricto de todos los días de la vida. No puede reducirse todo a la búsqueda de los mejores modos de obtener los bienes materiales para dedicarse enseguida alegremente a sacar de ellos el partido más placentero. Tiene que haber algo así como el cumplimiento de un deber permanente y entusiasta, de modo que nuestra diaria vivencia sea una experiencia de edificación moral, y para que así pueda uno abandonar esta vida como un ser mejor que cuando la comenzó” (De “El espíritu y la voluntad”-Diario La Nación–Buenos Aires-30/7/1978).

Uno de los primeros síntomas que se observan en la conducta económica de pueblos y gobiernos, es el logro de metas de corto plazo. El individuo prefiere sacrificar el futuro en beneficio del consumo inmediato por medio de créditos, mientras que, a su vez, se desinteresa por el ahorro por cuanto éste implica sacrificar algo del presente en beneficio del futuro. Los políticos, por otra parte, y teniendo presente tal comportamiento generalizado, buscan lograr votos favoreciendo el consumo irrestricto, desatendiendo la inversión y el futuro de la nación.

Se advierte una tendencia a vivir y a gobernar gastando bastante más de las reales posibilidades económicas disponibles. Así como el individuo logra ventajas monetarias inmediatas a través de créditos y préstamos (e incluso de estafas al no poder cumplir con los pactos contraídos), los gobiernos incurren en pedir préstamos bancarios, emitir bonos e incluso “estirar” el circulante monetario, que luego habrá de ser la principal causante de inflación. Resulta sencillo advertir que tal tendencia ha de llevar a la quiebra económica tanto al individuo como al Estado, con los adicionales perjuicios para sus acreedores. Sin embargo, cuando llega el incumplimiento del deudor y las presiones de los bancos acreedores, u otras instituciones de préstamos, se culpa a éstos de ser los únicos responsables por las crisis resultantes.

En cuanto a la emisión de moneda, con una velocidad mayor a la del incremento de la producción, se la considera como un medio ideal para la “distribución de la riqueza” por parte del Estado benefactor en la búsqueda de la “inclusión social”. Si aparece la inflación, se hablará de un “reacomodamiento de precios” y también de las “turbias maniobras de las corporaciones” que se oponen a las bienintencionadas decisiones del gobierno. Luis Pazos escribió: “La creación de demanda efectiva, que es la solución del desempleo y la forma de salir de una crisis económica, según Keynes, puede hacerse:

1- Mediante el aumento del gasto público y la creación de un déficit presupuestario.
2- La política monetaria de aumentar el circulante. Según Keynes, al ver la gente que baja el poder adquisitivo del dinero, prefiere invertir que ahorrar.
3- Mediante el dinero barato: bajar las tasas de interés.

Al invertir y gastar dinero, el gobierno va a aumentar la demanda efectiva y los fabricantes tendrán a quien vender. Al ver aumentadas sus ventas, los fabricantes aumentarán la producción, lo que traerá como consecuencia una ocupación mayor y una solución al problema del desempleo. Parece como si Keynes hubiera descubierto una solución muy sencilla que acaba con todos los problemas de la economía. Si eso fuera cierto, ya se hubiera acabado con la pobreza en los países subdesarrollados; pues la solución seria que el gobierno emitiera billetes, los repartieran y todos ejercieran su poder de compra, y al ver los productores la rápida venta de sus productos, produjeran más, con el consiguiente aumento en la ocupación de mano de obra” (De “Ciencia y teoría económica”-Editorial Diana SA-México 1976).

Como cuesta bastante establecer empresas eficaces, que produzcan riquezas y otorguen muchos puestos de trabajo, la solución keynesiana goza de bastante adhesión en algunos sectores políticos. Este tipo de planteo, que presenta cierta coherencia lógica, hace surgir interrogantes inmediatos: ¿Puede ser tan simple la solución económica para los países subdesarrollados? ¿Puede ser tan simple la solución para países que han caído en severas crisis económicas? De ahí que debamos agregar, como otro “castigo” económico, el hecho de aplicar teorías económicas inadecuadas. Recordemos que John M. Keynes propuso su solución para economías en recesión y para un corto plazo, como un método para “ponerlas en marcha”. Su aplicación en plazos mayores resulta poco recomendable.

Cuando un gobierno dirige la economía de un país, distorsionando el mercado, e incluso avanzando sobre los poderes legislativo y judicial bajo el lema “vamos por todo”, sólo necesita, para perpetuarse en el poder, satisfacer al 30% de la población otorgándole aumentos de sueldos iguales o mayores a la inflación existente (debido a que ese sector ha de estar protegido por la máquina de imprimir billetes). Luego, mediante el uso partidario de los medios de comunicación estatales, puede obtener un 10% adicional del electorado, con lo cual conforma una base electoral bastante difícil de derrotar (estimada en unos 10 millones de votos en el caso argentino). Si le agregamos la colaboración que a este esquema realiza la oposición dividiéndose en varios partidos políticos, podemos esperar un prolongado “keynesianismo de largo plazo”.

En la Argentina, debido al creciente antagonismo entre sectores, resulta poco esperable un cambio de rumbo, excepto que sea obligado por algún deterioro económico adicional. Si no se llega a una crisis, nada ha de cambiar. Roberto Cachanosky escribió:

“Si se acepta la tesis de los 10 millones de votantes conformes, entonces, lo que cabe esperar es que, ante la creciente escasez de recursos para mantener contentos a esos 10 millones de electores, en el futuro veamos nuevas confiscaciones y avances sobre los derechos de propiedad. Los que producimos todos los días en base a nuestro esfuerzo sin privilegios ni subsidios, tendremos que redoblar nuestro esfuerzo para sostener a esos 10 millones de personas. Y creo que la tarea va a ser agotadora porque al esfuerzo diario se le agregará las trabas que impone el Estado con su intervencionismo y creciente apriete fiscal” (De www.economiaparatodos.com.ar).............. Cuando se prohibió casi totalmente la exportación de carne vacuna, para que bajara el precio interno, se produjo una importante caída del stock ganadero, con el subsiguiente aumento de los precios internos. Por lo general, distorsionando el mercado, se logra un peor resultado que el que se pretendió mejorar.

La severa crisis energética se debió al estimulo del consumo de energía subsidiada y a bajo precio, mientras que el bajo precio resultó ser un pobre incentivo para la inversión, además de la ausencia de control estatal en un sector clave de la economía.

Cuando se reconocen los errores, se procede de una manera democrática. Cuando existe silencio oficial o se argumenta que en otros países también hay inflación, inseguridad y muchos empleados públicos, se recurre a un conformismo poco alentador. Cuando se culpa a los demás por las consecuencias que siguen a las decisiones adoptadas, se procede en una forma totalitaria.