viernes, 6 de enero de 2012

Las metas personales

La vida de gran parte de los hombres se desarrolla estableciendo metas individuales en la niñez y en la adolescencia, mientras que sus realizaciones llegan con la adultez. Cuando están ausentes los planes para el futuro, puede llegarse al tedio, mientras que, cuando estas metas existen, pero no se las puede alcanzar, aparece la frustración, pudiendo definirse a ésta última como:

Frustración = Pretensiones (metas) – Éxitos (realizaciones)

Mientras mayores sean las metas que nos hemos impuesto (o que nos ha “impuesto” el medio familiar y social), mayor será el riesgo de sentirnos frustrados, ya que los éxitos no siempre acompañarán a cada una de nuestras pretensiones.

Acerca del significado de las metas y del empeño que ponemos para lograrlas, disponemos en el deporte de una imagen cotidiana. Así, en el fútbol, la meta es el gol, palabra que en inglés (goal) significa justamente meta, objetivo. Se logra la meta luego de varios intentos, por cuanto generalmente triunfa la defensa rival, ya que destruir es bastante más fácil que construir.

El fútbol es esencialmente “prueba y error”, o “intento y fallo”, de ahí que el futbolista debe tener presente que sólo una pequeña parte de los intentos de su equipo tendrá éxito, y que lo habitual será el intento fallido. También debemos tener presente que, en la vida cotidiana, todo lo que tiene valor cuesta trabajo adquirirlo. La fortaleza necesaria para enfrentar la vida diaria consiste en poseer cierta fuerza anímica que nos permita sobrellevar el fracaso circunstancial, siendo ésta la forma de estar preparados para el éxito; es decir, está preparado para ganar quien primeramente lo está para perder. Pierre de Coubertin estableció el lema de los Juegos Olímpicos modernos: “Lo importante no es vencer sino competir”, indicando que nuestra personalidad adaptada a la competencia ya de por si es una meta significativa a lograr. También dijo: “El esfuerzo es la dicha suprema. El éxito no es una finalidad, sino un medio para ver más alto”.

Para llegar alto, es necesario imponerse metas casi inalcanzables, previendo que de esa manera, al menos, lograremos cierto éxito. Así, si un deportista se impone como meta llegar a ser el mejor del mundo en su especialidad, y realiza su vida en función de esa meta, es posible que logre resultados bastante más altos que si no hubiese asumido tal objetivo. Por lo general, en sus etapas previas, es posible que sea visto como alguien que sueña demasiado o, incluso, como alguien deshonesto que pretende alcanzar metas que están más allá de sus reales atributos y características personales. Sin embargo, siempre hay que considerar las ventajas que ello representa.

Cuando el individuo soñador alcanza un éxito parcial, recibirá aliento por parte de aquellos que acompañan su emprendimiento, pero es posible que también reciba críticas desalentadoras de quienes apuestan por su fracaso. Este parece ser el alimento espiritual de quien llegará finalmente a cumplir con sus sueños, ya que fortalecerá su voluntad con los elogios mientras que la reforzará aún más con la crítica descalificadora.

Además de los que se preparan para la acción cotidiana, están quienes esperan que la suerte sea la causa única y excluyente del éxito por lograr. Puede decirse que tales individuos tienen poco interés por lograr sus metas. Incluso se ha dicho que la intensidad del esfuerzo puesto en juego para llegar a cierto objetivo es una medida de cuánto de importante resulta para el individuo lograrlo.

No siempre logra ser más feliz el que obtiene mejores resultados, ya que existen factores psicológicos que impiden dar un significado adecuado al logro de aquello que costó mucho trabajo adquirir. Es así que, en muchos casos, el ganador de la medalla de bronce (3er puesto) termina los Juegos Olímpicos con mejor ánimo que el que obtuvo la medalla de plata (2do puesto). Esto se debe a que el ganador del bronce tenia asumido que podría retornar a su país sin ninguna medalla y la obtención del bronce significó un ascenso importante respecto de la otra posibilidad, mientras que el que obtuvo la medalla de plata, se había ilusionado bastante con la de oro (1er puesto), y su resultado fue inferior al que tenía a su alcance.

También las expectativas previas producen efectos en función de su carácter ascendente o descendente que presenten, antes que el valor en sí acerca del cual existe cierta expectativa. Este es el caso del docente que, luego de una primera impresión, espera mucho de un alumno mientras que de otro espera poco. Con el tiempo, resulta que el primero no responde a las expectativas que despertó, mientras que el segundo resultó bastante mejor de lo esperado. De ahí que el docente sienta mayor satisfacción con el desempeño del segundo que del primero, aun cuando el nivel de mérito considerado siga siendo mayor en éste último.

Aun cuando los triunfadores son los que saben sobreponerse a las actitudes adversas, se las debe tener siempre presente por cuanto a veces ocasionan serios daños psicológicos. La principal actitud destructiva es la envidia, que a veces se presenta revestida de actitudes aparentemente cooperativas.

Para el envidioso, el éxito ajeno resulta “imperdonable”, surgiendo un evidente desagrado ante los logros de tipo científico, intelectual, deportivo, familiar, o de otro tipo, obtenidos por otras personas. En el ámbito científico, varios son los casos en que destacados investigadores amargan sus vidas por no tener en cuenta la existencia de la envidia ajena y por no saber mantenerse alejados de la misma. Es bastante común, cuando aparece una nueva teoría científica, tratar de encontrarle deficiencias, pero no solamente como un requisito normal de la actividad científica, sino porque a veces se trata de denigrar personalmente al autor descalificándolo previamente, lo que resulta más fácil que tomarse el trabajo de conocer o comprobar su teoría, y luego rebatirla.

En la Alemania del siglo XIX, George S. Ohm, profesor de matemáticas, es ridiculizado por la obtención de la ley que lleva su nombre (asociada a los circuitos eléctricos) Incluso pierde su cargo de profesor de secundaria cuando intenta convertirse en profesor universitario.

El médico alemán Julius Robert Mayer intenta suicidarse luego de que el principio de conservación de la energía, por él propuesto, recibe una fuerte desaprobación. Luego de recuperarse y salir de un hospital psiquiátrico, asiste a un Congreso de Químicos, en Alemania, en donde un diario local afirma que el Congreso fue exitoso a pesar de la asistencia de “algunos dementes”.

El físico austriaco Ludwig Boltzmann, uno de los fundadores de la mecánica estadística, termina su vida suicidándose. No soportó las críticas a su teoría de los átomos como base de su descripción de los fenómenos térmicos. El inventor Rudolf Diesel se suicida, arrojándose de un barco, posiblemente ante la poca expectativa que el motor por él inventado despierta en su momento.

El matemático Georg Cantor termina sus días en un hospital psiquiátrico por cuanto su teoría de los conjuntos es despreciada por el prestigioso matemático Leopold Kronecker, quien dice que ni siquiera puede llamarse matemático al autor de tal trabajo. Debido a ésta, y otras opiniones adversas, Cantor queda marginado de las principales universidades alemanas.

Otros tuvieron mejor suerte, tales los casos del químico italiano Amedeo Avogadro y del biólogo austriaco Gregor Mendel, ignorados completamente por sus contemporáneos, siguen llevando una vida tranquila y normal. La historia les dio posteriormente el lugar de honor que merecieron.

La envidia no siempre ha sido negativa para la ciencia. Es interesante mencionar el caso de Louis Pasteur y la obtención de la vacuna antirrábica. Uno de sus detractores, que lo llamaba “charlatán”, acude a su laboratorio y pide muestras de saliva extraída a perros rabiosos. Ante la sorpresa de los presentes, traga alguna de las muestras. Mayor fue la sorpresa cuando, pasados algunos días, no presenta síntomas de la penosa enfermedad. Pasteur consulta a su ayudante respecto del tiempo de extracción de la muestra en cuestión, y se le informa que tenía 14 días. Esta información le resultó de gran utilidad, por cuanto se hizo evidente que los virus de la enfermedad se debilitan con el paso del tiempo. De ahí que el método antirrábico consiste en aplicar dosis progresivas de la enfermedad, pero comenzando con una bastante debilitada. En este caso, la envidia fue beneficiosa para la ciencia.

Es oportuno señalar que, cuando Pasteur aplica por primera vez su vacuna (a un niño mordido por un perro rabioso), podía ser denunciado y penado por ejercicio ilegal de la medicina, por cuanto Pasteur era químico, y no médico. La pena para esa infracción era la muerte.

Incluso Albert Einstein alguna vez desestimó, no por envidia, sino por una simple cuestión de apreciación, una teoría realizada por Theodr Kaluza. El físico Abdus Salam escribió: “Kaluza envió su artículo a Einstein para someterlo a la consideración de éste con miras a su publicación. Einstein (a pesar de que le gustaba la idea de una dimensión adicional no vista al comienzo) tenía sus dudas. Lo cierto es que él tuvo la culpa de que la publicación del artículo se atrasara durante dos años. Kaluza se sintió tan desdichado que abandonó las indagaciones de la física fundamental y aparentemente comenzó a trabajar en la teoría de la flotación y la natación”. “Para mí, la moraleja de este episodio es la siguiente: si tenemos una idea razonable, no se la enviemos a una gran hombre; publiquémosla nosotros mismos” (De “La Unificación de las Fuerzas Fundamentales”-Gedisa Editorial-Barcelona 1991).

Es sabido que todos necesitamos recibir cierta presión para dar lo mejor de cada uno, aunque a veces nos resulta desagradable recibirla por cuanto puede reducir nuestra autoestima. Respecto del método empleado por el destacado diseñador de dispositivos electrónicos digitales, Steve Jobs, uno de sus colaboradores expresó: “Trabajar con Steve era difícil porque había una gran polaridad entre los dioses y los capullos. Si eras un dios estabas subido a un pedestal y nada de lo que hicieras podía estar mal. Los que estábamos en la categoría de los dioses, como era mi caso, sabíamos que en realidad éramos mortales, que tomábamos decisiones de ingeniería equivocadas, así que vivíamos con el miedo constante de ser apartados de nuestro pedestal. Los que estaban en la lista de los capullos, ingenieros brillantes que trabajaban muy duro, sentían que no había ninguna manera de conseguir que se valorase su trabajo y de poder elevarse por encima de aquella posición” (De “Steve Jobs” de Walter Isaacson-Editorial Debate-Buenos Aires 2011).

Cuando alguien nos dice que lo que hacemos es bastante malo y que debemos dedicarnos a otra cosa, es posible que tenga razón, pero también es posible que debamos tomar tal sugerencia como un incentivo para mejorar notablemente lo que estamos haciendo.