lunes, 16 de enero de 2012

¿ Educar o civilizar ?


Cuando el hombre se aleja demasiado del nivel ético necesario para una vida social acorde a su naturaleza, surge la necesidad de una mejora educativa. Si por ese medio no se logra el restablecimiento de tal nivel, deberá entonces intentarse una mejora civilizadora. G. Bastide escribió: “Llamamos civilización, o mejor, actividad civilizadora, a la orientación de la actividad humana social en el sentido del aumento de la moralidad, es decir, en el de una mayor comprensión del hombre por sí mismo. La civilización se hace, pues, con la naturaleza, por medio de la cultura, en vista de la moralidad” (Citado en el “Diccionario del Lenguaje Filosófico” de Paul Foulquié-Editorial Labor SA-Barcelona 1966).

Podemos precisar aún más la diferencia entre educar y civilizar estableciendo que el proceso de la educación implica promover el cumplimiento del mandamiento cristiano del amor al prójimo (o similar), mientras que el proceso civilizador implica promover los mandamientos que aparecen en el Antiguo Testamento, principalmente no matar, no robar, no mentir.

Los mandamientos de Moisés esencialmente persiguen el objetivo de prohibir el mal. De ahí que una persona que viva encerrada en su casa, con poca o ninguna interacción social, estaría cumpliendo con esos mandamientos. Por el contrario, el mandamiento cristiano del amor al prójimo no sólo prohíbe hacer el mal, sino que nos exige hacer el bien, algo bastante más difícil de cumplir.

La educación esencial y básica de todo ser humano debe comenzar con una actitud dispuesta primeramente a no perjudicar a nadie, lo que equivaldría a aceptar la ética del Antiguo Testamento. Luego deberá intentarse buscar un beneficio simultáneo con quienes nos rodean, lo que equivaldría a aceptar la ética del Nuevo Testamento.

La cultura de los pueblos está ligada principalmente a la ética, además de otros aspectos de la acción humana. Nicola Abbagnano escribió: “El primer significado de cultura y más antiguo significa la formación del hombre, su mejoramiento y su perfeccionamiento”. “El segundo significado indica el producto de esa formación, esto es, el conjunto de modos de vivir y de pensar cultivados, civilizados, pulimentados a los que se suele dar también el nombre de civilización” (Del “Diccionario de Filosofía”-Fondo de Cultura Económica-México 1992).

Es distinto el incumplimiento de los mandamientos bíblicos antiguos siendo consciente de ello, sabiendo que ese incumplimiento implica perjudicar a otro ser humano, a perjudicar a los demás creyendo que esa conducta es lícita ya que resulta justificada por la mentalidad generalizada prevaleciente en la sociedad. Así, en algunos países resulta normal no pagar las deudas contraídas por el Estado con otros países u organismos extranjeros, e incluso sostener que el que posee la falla moral no es el que no paga, sino el que pretende cobrar lo que previamente prestó. En la Argentina, en pleno Congreso Nacional, cuando el Presidente, de hace algunos años, afirmó: “no pagaremos la deuda externa”, recibió fuertes aplausos por parte de los restantes políticos a cargo del gobierno.

El país que llega a esa situación y adopta esa postura, es el que, generalmente, gasta, desde el Estado, bastante más de lo que recibe. Tales gastos, por lo general, terminan engrosando el patrimonio personal de los integrantes de sectores poco productivos. Incluso alguna vez el país fue criticado desde el exterior por endeudarse, no para producir y trabajar, sino para consumir.

En cuanto al ciudadano común, no resulta extraño que algunos trabajadores, en relación de dependencia, soliciten seguir con su trabajo, pero en forma ilegal. De esa manera tienen la posibilidad de estafar a varias empresas que les otorgaron créditos, ya que éstas se quedan sin el medio legal que antes disponían para poder cobrarlos.

Se pone en vigencia la norma que establece que “el que le roba a un ladrón tiene cien años de perdón”. Luego, se ubica en la categoría de “ladrón” a cualquier empresa o persona que disponga de cierto capital o de cierto bienestar económico, sin tener en cuenta el trabajo previo realizado o la efectividad del mismo. El delincuente, de esa manera, no se siente culpable cuando estafa a una empresa o persona con los atributos mencionados.

Mientras que la obtención del lujo y la ostentación motivan el accionar de muchos, existe otro sector de la población que tiene por objetivo trabajar lo menos posible, o no trabajar siquiera, con la esperanza de que el resto de la población lo mantenga a través del Estado distribuidor, es decir, el Estado que le saca al que trabaja para dárselo a quien no trabaja (que no es lo mismo que sacarle al que mucho tiene para dárselo a los más necesitados, trabajando ambos). Desde el Gobierno se busca, sobre todo, lo que permita lograr la mayor cantidad de votos en futuras elecciones.

Las frustraciones reducen la autoestima de las personas haciéndolas intolerantes aun en pequeñeces. Ello aumenta las situaciones de violencia familiar que llega muchas veces hasta extremos en que se castiga duramente a niños pequeños, que son los propios hijos de la persona violenta. Muchos de estos conflictos sociales derivan principalmente de una causa principal: el deseo de no querer trabajar y la falta de intenciones para prepararse para el trabajo, principalmente durante la etapa de la adolescencia. Incluso quien no quiere estudiar, tampoco podrá trabajar por cuanto la ley lo prohíbe a los menores de edad, por lo cual llegará a la mayoría de edad, a veces ya con hijos, con poca o ninguna aptitud laboral.

Durante un campeonato mundial de fútbol (Francia 98), simpatizantes argentinos llegan a robar (a revendedores) entradas para el partido de su selección. Un diplomático argentino que se desempeña en ese país, tratando de “tranquilizar” a la opinión pública, afirma que tal hecho delictivo fue realizado “por personas comunes, sin antecedentes penales”. En realidad la información resultó bastante preocupante por cuanto se extrae de ella la conclusión de que el ciudadano normal y corriente puede convertirse en delincuente si no consigue entradas para ver un partido de fútbol.

El alumno que copia durante los exámenes incurre en un acto delictivo. Sin embargo, tal procedimiento resulta ser una especie de tradición nacional. Tanto este fraude como la indisciplina en establecimientos educacionales son favorecidos por la opinión pública por cuanto se culpa directamente al docente por “permitir” que ello suceda. Es un caso bastante similar al de la víctima de un robo, el que podrá ser acusado de favorecer la delincuencia por “permitir” que le roben a plena luz del día.
El docente está preparado para educar y enseñar, pero no para civilizar. Y si la familia del alumno no pudo encauzarlo adecuadamente, o la televisión promovió su empeoramiento, poco se le puede exigir al maestro o al profesor, y mucho menos culparlo por los pobres resultados que se consigue con el proceso educativo.

Las sociedades en crisis se caracterizan por la ausencia de condena social hacia el delincuente, lo que puede incluso llegar hasta el apoyo implícito hacia toda conducta ilegal. Cuando el deseo de la reinserción social del delincuente supera ampliamente la búsqueda de algún tipo de castigo, se llega a situaciones de extrema gravedad.

Ante uno de los habituales actos de vandalismo ocasionado por menores de edad, un periodista de la televisión reclama un “cambio de mentalidad”, seguramente refiriéndose a los vándalos que se divierten destruyendo todo lo que esté a su alcance en la vía pública. Pero el cambio de mentalidad debería darse en el conjunto de la sociedad que acepta la inimputabilidad de los menores ante todo tipo de delito. La sociedad quiere demostrarse a si misma que es solidaria y que es capaz de perdonar a los delincuentes, y lo único que consigue con su hipocresía es promover el vandalismo e incluso promover un daño irreparable a los delincuentes que se ven amparados y estimulados en su accionar por las leyes vigentes y por la sociedad que las acepta.

Es común observar, en horarios de mucho tráfico vehicular, a quienes ubican ilegalmente su automóvil en doble fila, entorpeciendo la normal circulación. Éste es un síntoma de incivilización por cuanto, para el infractor, es más importante su comodidad momentánea que el perjuicio que ocasiona a otras personas.

Una de las formas en que podría intentarse solucionar el grave déficit habitacional sería a través de organismos estatales que realizaran viviendas a costos moderados y que siguieran construyendo con lo que se va recaudando una vez entregadas las primeras. Pero en algunos países ese sistema no puede funcionar, porque el adjudicatario tiene poca predisposición a pagar la casa que “le ha dado el Estado”. Y lo que viene del Estado, en lugar de considerarse que es de todos, se considera que no es de nadie, por lo que gastan el dinero en cualquier cosa en lugar de pagar una cuota accesible.

Mientras que el proceso civilizador y el educativo no logran los mejores resultados cuando los destinatarios los ignoran, existe otro proceso que busca deliberadamente el mal ajeno, o sectorial. Tal es el caso de la barbarie. Podemos hacer un resumen de las actitudes predominantes, en forma simbólica, en los casos mencionados:

a- Civilización: “No hagas el mal a nadie” (Antiguo Testamento)
b- Educación: “Haz el bien a todos” (Nuevo Testamento)
c- Barbarie 1: “Destruye las razas incorrectas” (Nazismo)
d- Barbarie 2: “Destruye las clases sociales incorrectas” (Marxismo)

La barbarie ataca a la civilización y a la educación, especialmente de origen religioso, promoviendo la vigencia del relativismo moral, mientras que desde el Antiguo Testamento aparece ya el antídoto más eficaz para combatir la barbarie: “No levantar falso testimonio ni mentir”. Nicola Abbagnano escribió: “Vico denominó barbarie al estado primitivo, feroz, del género humano, a partir del cual el temor de lo divino trajo paulatinamente el orden del mundo propiamente humano”.

En el “mercado” de la ética aparecen varias “ofertas” disponibles, siendo cada individuo el que elige a una de ellas, y que será la que dará a sus hijos. Tal elección se verá favorecida principalmente por la creencia básica en que el universo está bien hecho, o que Dios hizo bien su obra, y que el mejor “negocio” consiste en adoptar el camino del Bien, o bien se adopta la creencia opuesta de que no existe tal Dios ni tampoco un orden natural que garantice que cierto accionar ético será mejor que otro.