lunes, 9 de enero de 2012

Dilemas de nuestro tiempo

A lo largo de la historia de la humanidad, han surgido circunstancias que requieren del hombre elegir entre dos alternativas posibles; situación similar a la de desplazarnos por un camino que presenta una bifurcación y dos direcciones posibles, y debemos optar necesariamente por una de ellas (o bien impactar contra ambas). Es necesario encontrar los principales dilemas que subyacen a los desencuentros entre individuos y sectores de manera de distinguir bifurcaciones y así evitar estrellarnos por no advertirlas. Podemos presuponer la existencia de dos dilemas que, al estar vinculados, se resolverán juntos, o no, y en forma simultánea:

1- ¿Debe la ciencia predominar sobre la filosofía y la religión?
2- ¿Debemos regirnos por las leyes naturales o bien el hombre debe establecer un orden artificial?

Previamente a los intentos por decidir cuál alternativa adoptar, debemos establecer los valores y objetivos que debemos priorizar. Es indudable que el logro de la felicidad y el bienestar de todo habitante del planeta deberán predominar sobre la búsqueda del éxito sectorial o personal de grupos o individuos que luchan por imponer sus respectivas convicciones o creencias, debiendo imperar los objetivos cooperativos sobre los competitivos.

Si bien es factible que el orden natural impone al hombre, a través de sus leyes, cierta presión para que vaya en una dirección y no en otras, queda finalmente librada a nosotros mismos la decisión respecto de la elección del camino a seguir, ya sea que se trate de alternativas propias de la vida de cada hombre o bien de la humanidad en conjunto. Las leyes vienen impuestas por el orden natural pero es el hombre quien decide finalmente si las acepta o bien se rebela contra ellas oponiéndose o desconociéndolas.

En la actualidad podemos observar, como en otras épocas, el dilema entre el gobierno indirecto de las leyes naturales o bien el gobierno directo del hombre sobre el hombre, bajo el cual se impone su criterio sin apenas tenerlas a aquéllas en cuenta. Así aparecen dilemas derivados del antes mencionado:

1) Economía: leyes de la economía (mercado) vs. economía dirigida desde el Estado
2) Política: leyes constitucionales (democracia) vs. regimenes totalitarios
3) Religión: leyes naturales (deísmo) vs. representantes de Dios (teísmo, paganismo)

Una manera simple de describir los problemas actuales consiste en suponer, como causa principal, el desconocimiento (o el desacato), por parte del hombre y de la sociedad, tanto de las leyes de la economía, como de la ley proveniente del derecho y de las leyes naturales que rigen nuestra conducta, priorizando la búsqueda generalizada de líderes o caudillos, y renunciando a una mejor adaptación a todas estas leyes. El hombre pide mejoras pero con la condición de no cambiar su conducta en lo más mínimo.

En cuanto a las leyes provenientes del derecho, debe tenerse presente si contemplan, o no, las leyes naturales básicas del comportamiento humano, ya que de, no hacerlo, no tendrían razón de existir.

Respecto a la mejora ética generalizada, que podrá dar lugar a mejoras tanto en el orden económico, en el político y en el social, se ha propuesto, desde hace un par de milenios, al “Amarás al prójimo como a ti mismo”, que en el lenguaje actual de la ciencia implica compartir las penas y las alegrías de nuestros semejantes como si fuesen propias.

En cuanto a la ciencia, que resulta autosuficiente en el estudio y descubrimiento de leyes naturales inherentes al mundo material, pueden quedar dudas respecto de las bondades del método cuando se lo aplica en el ámbito de las humanidades. Henri Poincaré escribió:

“No hay medio de escapar a ese dilema: o bien la ciencia no permite prever, y entonces carece de valor como regla de acción, o bien permite prever de un modo más o menos imperfecto, y entonces no carece de valor como medio de conocimiento” (De “El valor de la ciencia”-Editorial Espasa-Calpe Arg.-Buenos Aires 1947).

Debido al evidente fracaso de la filosofía, que acepta bajo su propio ámbito a ideologías nefastas como las que promovieron las distintas tendencias totalitarias (nazismo, marxismo), resulta evidente que deberá tomar como referencia a la ciencia. De lo contrario no tiene razón de ser. Hans Reichenbach escribió:

“Y a pesar de todo, todavía hay filósofos que se niegan a aceptar la filosofía científica como una filosofía, que quieren incorporar sus resultados a un capítulo introductorio de la ciencia y que pretenden que existe una filosofía independiente, que no tiene nada que ver con la investigación científica y que puede alcanzar directamente la verdad. Estas pretensiones, creo yo, revelan una falta de sentido crítico. Los que no ven los errores de la filosofía tradicional no quieren renunciar a sus métodos o resultados y prefieren seguir un camino que la filosofía científica ha abandonado. Reservan el nombre de filosofía para sus falaces empeños en busca de un conocimiento supercientífico y se rehusan a aceptar como filosófico un método de análisis construido sobre el modelo de la investigación científica” (De “La Filosofía científica”–Fondo de Cultura Económica-México 1974)

En cuanto a la religión, debido al evidente fracaso mostrado por el conjunto de las religiones, resulta necesario incluir a las ramas humanistas de la ciencia como una especie de árbitro respecto de la veracidad de aquéllas. Baruch de Spinoza escribió:

“Pero tanto han podido la ambición y el crimen, que se ha puesto la religión, no tanto en seguir las enseñanzas del Espíritu Santo, cuanto en defender las invenciones de los hombres; más aún, la religión no se reduce a la caridad, sino a difundir discordias entre los hombres y a propagar el odio más funesto, que disimulan bajo el falso nombre de celo divino y de fervor ardiente. A estos males se añade la superstición, que enseña a los hombres a despreciar la razón y la naturaleza y a venerar y admirar únicamente lo que contradice a ambas” (De “Tratado teológico-político”-Ediciones Altaya SA-Barcelona 1994).

Si imaginamos un viaje en el tiempo que nos ubica justo como receptores de las prédicas cristianas originales, seguramente nos parecerán inobjetables y aceptaremos su contenido de inmediato. La sugerencia ética ha sido brindada aun para las distintas posturas filosóficas que un individuo pueda desarrollar. Un efecto similar podrá ocurrir cuando leemos en forma directa los Evangelios. Sin embargo, no resulta extraño que alguna vez podamos ser “expulsados” como cristianos, por algún predicador que ha establecido una serie de requisitos adicionales. No bastará con nuestra intención de amar al prójimo como a uno mismo, sino que deberemos desarrollar una respuesta filosófica compatible con la dispuesta por los emisores secundarios

Si se propone, desde la ciencia o la filosofía, afianzar los fundamentos de la ética cristiana, definiendo al amor en la forma en que lo hace Baruch de Spinoza en el siglo XVII, o en la forma en que lo hace la psicología social, a través de las componentes afectivas de la actitud característica, aparecerá un rechazo absoluto por parte del teísta afirmando que el amor cristiano es “otra cosa”, es decir, algún tipo de misterio inaccesible a la mente del hombre común y, por lo tanto, de escasa utilidad práctica. También el que pretende fundamentar la ética cristiana desde la ciencia será visto como un usurpador del cristianismo.

En cuanto a la actitud del religioso respecto a los cambios favorables que se esperan para el futuro, podemos mencionar la opinión del Dalai Lama, quien escribió:

“El budismo también tiene cosas que aprender de la ciencia. Con cierta frecuencia he dicho que, si la ciencia demuestra hechos que contradicen la visión budista, deberíamos modificar ésta en consecuencia. No olvidemos que el budismo debe adoptar siempre la visión que más se ajuste a los hechos y que, si la investigación demuestra razonablemente una determinada hipótesis, no deberíamos perder tiempo tratando de refutarla. Pero es necesario establecer una clara distinción entre lo que la ciencia ha demostrado de manera fehaciente que no existe (en cuyo caso deberemos aceptarlo como inexistente) y lo que la ciencia no puede llegar a demostrar. No olvidemos que la conciencia misma nos proporciona un claro ejemplo en este sentido ya que, aunque todos los seres –incluidos los humanos- llevemos siglos experimentando la conciencia, todavía ignoramos qué es, cómo funciona y cuál es su verdadera naturaleza” (Del prefacio de “Emociones destructivas” de Daniel Goleman-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2003).

El sistema de la ciencia tiene validez universal, mientras que los sistemas religiosos y filosóficos tienen validez personal y sectorial, por lo que no responden a las expectativas de unificación que se busca y se desea. Un sistema científico es el resultado de los aportes de todos los pueblos tanto del pasado como del presente, mientras que los sistemas religiosos y filosóficos son el resultado de aportes limitados y sectoriales.

Con la idea de reforzar el conocimiento religioso a partir de cierta unificación establecida bajo el método de la ciencia, se busca una religión natural universal que fortalezca la religión tradicional, para que deje de ser un factor de antagonismos. La religión será universal o no será religión. El cristianismo, interpretado como una religión natural, cumple con los requisitos para establecerse como una religión universal que exalta la actitud cooperativa e igualitaria del amor.

Quienes proponen a la religión natural son quienes, precisamente, estudian las leyes naturales, que son las leyes de Dios. Debe notarse que tales leyes implican la forma inmediata y objetiva de comprender la “voluntad del Creador”, de ahí que se dispone de un fundamento más visible y concreto que los escritos que aparecen en la Biblia, que por cierto deben coincidir en lo esencial. Pero la base objetiva está en las leyes naturales antes que en escritos de hombres inspirados en Dios. La veracidad de las prédicas cristianas consiste esencialmente en haber podido observar e interpretar en forma directa las leyes naturales que rigen nuestra personalidad.

Para el cristianismo, el amor es el camino del Bien y también de la inmortalidad, si es que ella existe. Aunque desde la ciencia no pueda vislumbrarse seguridad al respecto, es posible describir el camino del Bien cada vez con mayores detalles, sin tener que efectuar demasiados razonamientos respecto de la inmortalidad. Lo accesible a nuestras decisiones y a nuestro conocimiento es el camino a seguir, mientras que el “premio adicional”, tanto si existe como si no, no depende de nosotros.