lunes, 28 de noviembre de 2011

La sociedad violenta


El notable aumento de la violencia, en todo sector de la sociedad, la convierte en una especie de epidemia social de la que no se advierten síntomas de mejoría. Tal flagelo social es estimulado por leyes y actitudes permisivas, siendo necesario encontrar las causas fundamentales que lo provocan y que se hallan en las ideas y en los valores prevalecientes en quienes componen la sociedad.

Hay quienes consideran que la violencia no ha aumentado respecto de otras épocas y que la sensación de inseguridad se debe principalmente a la disponibilidad de cuantiosa información periodística; no existente en otras épocas. Sin embargo, si se hacen algunas comparaciones, podrá comprobarse el real aumento del delito. Así, puede tomarse como ejemplo el caso de un adolescente que en la década de los sesenta entra a robar, de noche, a un comercio y que luego de ser capturado, aparece su fotografía en los principales diarios de Mendoza, haciendo una muy breve estadía en la cárcel, para luego reiniciar una vida normal.

Un simple robo, algunas décadas atrás, era un acontecimiento poco frecuente, por lo cual era una noticia destacable como para ser publicada por los medios masivos de comunicación. En la actualidad, a lo sumo puede aparecer la fotografía de algún asesino, ya que, incluso en algunas comisarías, no se reciben denuncias de robos comunes debido a lo numerosos que son. Y si son cometidos por menores, tiene poco sentido intentar alguna investigación debido a la impunidad que le otorga la ley.

Nos enteramos por televisión del caso de una alumna secundaria que fue golpeada por un grupo formado por otras alumnas, dentro de un establecimiento educativo, para ser publicadas las imágenes respectivas en Internet. Los motivos eran la simple diversión y el gozo que se siente al contemplar el sufrimiento de otra persona; actitud deplorable e injustificable. Pero, como consecuencia de ese atentado, la victima debe cambiarse de escuela mientras que las autoras del delito apenas recibieron algún llamado de atención. También el docente, a veces, debe padecer faltas de respeto graves que terminan con su alejamiento del establecimiento educativo, mientras que, los que cometen el ilícito, permanecen en la escuela; institución que de esa forma promueve las actitudes violentas.

La exaltación de los derechos propios y el desconocimiento de sus deberes, van creando en la mente de los niños y adolescentes la personalidad del noble déspota; actitud que lleva en sí el germen de la violencia. El estímulo de las actitudes exigentes por parte del niño, asociado a la permisividad de sus padres, en el hogar, se refuerzan en el ámbito escolar y luego en la sociedad con las leyes permisivas con los menores de edad, para dar continuidad a la forma educativa que pretendieron emplear sus padres. José Ingenieros escribió:

“El derecho de cada uno representa el deber de los demás; y el deber de cada uno constituye el derecho de los otros. El ideal de justicia, en una sociedad dada, consiste en determinar la fórmula de equilibrio entre el individuo que dice: «ningún deber sin derechos» y la sociedad que replica: «ningún derecho sin deberes»” (De “Hacia una moral sin dogmas”-Editorial Losada SA-Buenos Aires 1996).

Cuando se rompe el equilibrio y todo individuo se torna exigente con los demás respecto del cumplimiento de los deberes ajenos, mientras que simultáneamente es indulgente consigo mismo respecto de los deberes propios, comienza la era de la violencia. José Ingenieros escribió:

“Violencia: reclamar derechos sin aceptar el cumplimiento de los deberes que les son correlativos. Injusticia: imponer deberes sin respetar los derechos correspondientes. Por eso la solidaridad puede considerarse definida en la más sencilla fórmula de moral social: «Ningún deber sin derechos, ningún derecho sin deberes» (De “Las fuerzas morales”-Editorial Losada SA-Buenos Aires 1976).

Mientras que el niño o el adolescente de épocas anteriores mantenían contacto intelectual con los grandes escritores, a través de los libros, en la actualidad gran parte de su formación personal viene impuesta por los medios masivos de comunicación con personajes que están lejos del nivel cultural de los autores mencionados. Inclusive en el proceso de la “tinellización” de la juventud se comenzó inculcando la burla como una forma de diversión. Pero la burla es como la droga, ya que el que se burla degrada a todos y se siente momentáneamente en la cima del mundo. Luego, cuando en algún momento el individuo se hace consciente de la realidad, sufre una caída que será tanto más violenta cuanto mayor haya sido la altura a la que subió previamente. Recordemos que incluso un ex presidente tuvo que padecer la vergüenza pública al acceder erróneamente a la invitación a un programa televisivo. Pero la degradación no la padeció sólo su persona, sino su investidura presidencial y así toda una Nación.

Las víctimas de la burla, que por lo general no tienen un elevado nivel de autoestima, reaccionarán de manera bastante violenta, ya que la actitud burlesca implica que el que la posee muestra cierto placer al observar debilidades reales o aparentes en otras personas. Podemos decir que la sociedad violenta es aquella en la que predomina la actitud del noble déspota (exigente de los deberes ajenos), y que también es burlesco (degrada a quienes le rodean para lograr así una mayor autoestima).

Mientras que la burla es una actitud dirigida hacia una persona por vez, la discriminación implica una actitud dirigida contra sectores sociales caracterizados por su cultura, nacionalidad, status, o lo que sea. De ahí que la existencia de la discriminación de algún tipo, y sin motivo aparente, también caracterizará a la sociedad violenta.

Alguien dijo que “al argentino no le interesa la corrupción mientras no le toquen el bolsillo”, expresando la permisividad ante el delito que la ciudadanía les concede a los políticos. En otras épocas era posible que el desprestigio que sufría un político, por algún acto de corrupción, se reflejara en elecciones futuras. Incluso puede decirse que en la actualidad las ventajas personales logradas ilegalmente parecen ser una muestra de la “viveza” del gobernante y prueba fehaciente de inteligencia y aptitud para el mando.

La integración social del individuo, en épocas de violencia, implica su integración a un grupo que, por lo general, es antagónico a otros. Su fidelidad al grupo es manifestada por la agresividad mostrada respecto a todo elemento extraño al mismo. Incluso desde el populismo se hace énfasis en el discurso político que separa netamente a “ellos y nosotros”, de manera de afianzar las divisiones en la sociedad.

Si alguien no se siente parte de la sociedad sino tan sólo de un subgrupo de la misma, tendrá poca predisposición para cumplir las leyes que, por lo general, buscan la protección de los derechos de todos los ciudadanos. La anomia será una consecuencia inmediata con las consecuencias indeseables que ello producirá. Una de tales consecuencias es la falta de respeto hacia las normas viales, que produce miles de víctimas anuales en todo el país. Otra de las consecuencias que traerá será el desgano y el desinterés por cumplir con el trabajo desempeñado. De ahí que no sea inusual observar el malestar que siente un empleado cuando tiene que atender a un cliente que asiste al comercio en donde trabaja.

Mientras que en varios países europeos, y algunos latinoamericanos, no existe alambrado que separe al público del campo de juego, en una cancha de fútbol, en la Argentina adoptar esa medida sería algo catastrófico dada la escasa cultura mostrada por la mayor parte de los asistentes.

El noble déspota, o el niño caprichoso, que caracterizan a una parte de la población, no saben perder. No están preparados para soportar la derrota y se ponen violentos ante un resultado adverso sufrido por su equipo, tanto en el caso de jugadores como de simpatizantes. De ahí que, con el tiempo, se advierte que el que no está preparado para la derrota tampoco lo estará para el triunfo.

El libertinaje, promovido por la televisión, consiste principalmente en la anulación de las ideas y los sentimientos de intimidad. La intromisión habitual en la vida íntima de las personas tiende a trascender desde el ámbito televisivo hacia toda la sociedad. Víktor Frankl decía que el sexo es como el dinero, cuando se inflaciona, pierde su valor.

El tuteo generalizado tiende a degradar las relaciones interpersonales. Resulta grotesco contemplar una escena en la que la persona mayor, que respetuosamente trata de “usted” a un joven, o a un adolescente, recibe como respuesta el tuteo igualitario. Si un empresario pone al frente de su negocio a alguien que tutee a todos los clientes, es posible que con el tiempo pierda a parte de ellos.

Posiblemente esta moda fue iniciada por adultos que creían que iban a tener menos años de edad porque se tutearan con adolescentes para luego hacerlo con cualquiera.
Incluso a veces se observa en televisión cómo un periodista trata de “usted” a una persona (profesional por ejemplo) mientras que a otra de la misma edad (obrero) la tutea. Cuando el trato depende del “status social” de la persona, se observa algún síntoma discriminatorio. De todas formas, es posible que el adulto con varios años encima se sienta degradado ante el tuteo igualitario, y ése es un detalle importante a tener en cuenta.

Podríamos continuar mencionando los posibles errores de conducta que todos conocemos, pero es de mayor importancia apuntar hacia las causas principales del deterioro social y vislumbrar posibles soluciones. De ahí que pueda decirse que la causa principal de toda crisis humana y social es la ausencia de un sentido de la vida compatible con la naturaleza humana.

La ausencia del sentido de la vida, o vacío existencial, hace que el individuo trate de llenarlo a través del consumo generalizado mientras que un importante sector ha de recurrir al alcohol y a las drogas. En otras épocas se asociaba al joven descarriado el calificativo de alcohólico y trasnochador; en la actualidad tales atributos forman parte de la normalidad.

La distintas éticas propuestas, que distinguen entre el bien y el mal, y apuntan a lo que el hombre debe ser, son sugerencias posteriores a la adopción de un sentido de la vida definido. De ahí que tales conceptos tienen significado luego de que se encontró un sentido posible para la vida humana. En la actualidad, por el contrario, predominan filosofías y actitudes en las que prevalece el nihilismo, la “búsqueda” de la nada, o la “no búsqueda”, quedando registrada tal actitud con la frase: “No sé lo que quiero, pero lo quiero ya”. De ahí que, si el problema de la violencia social es un problema ético, no tendría solución aparente dentro de las ideologías predominantes actualmente, ya que promueven tanto el relativismo moral como el cognitivo y el cultural. Incluso, como la mejor aproximación a la ética natural proviene del cristianismo, un gran sector de la población tiende a rechazarlo y a tomarlo como referencia para hacer exactamente lo contrario a lo que sugiere.