miércoles, 16 de noviembre de 2011

La división del trabajo

En épocas pasadas, cada grupo familiar producía lo que necesitaba, desde alimentos y vestimenta, hasta vivienda y todo lo demás. Con el tiempo aparece una importante innovación, tal la división o especialización del trabajo y el posterior intercambio de bienes producidos. Para facilitar el intercambio simple, o trueque, aparece el dinero, quedando asentadas las bases del proceso del mercado.

La división del trabajo surge de la evidencia de que la especialización mejora la calidad de los productos. Además, el aprendizaje y el adiestramiento continuo en una actividad tienden a aumentar la productividad del trabajo, que es la velocidad con que se produce cierto objeto o utensilio. Edmund Conway escribió:

“Asombrado, el español contempló la magnífica escena que tenia delante y quedó boquiabierto. Era el año 1436 y estaba en Venecia para ver como la ciudad-Estado italiana armaba sus buques de guerra. En la Península, éste era un proceso laborioso que tardaba días enteros, pero aquí, ante sus mismos ojos, los venecianos lograban armar una nave tras otra en menos de una hora. ¿Cómo lo hacían exactamente?”.

“En España, las embarcaciones se amarraban al muelle y una horda de trabajadores se encargaba de subir a bordo todas las municiones y provisiones. En Venecia, en cambio, los buques se remolcaban uno por uno a lo largo de un canal y los distintos armeros especializados descargaban sobre la cubierta sus productos a medida que iban pasando. Todavía boquiabierto, el turista español recogió los detalles del proceso en su diario. Acababa de ser testigo de la apoteosis de la división del trabajo: una de las primeras cadenas de montaje de la historia” (De “50 cosas que hay que saber de economía”-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2011).

Este método fue puesto en práctica en las primeras décadas del siglo XX, esta vez para la masiva producción industrial, por Henry Ford, en el proceso de fabricación del modelo T, el que, por su relativamente bajo costo de producción, se hace accesible aun para el trabajador común; algo impensado en épocas anteriores.

Las ventajas de la división del trabajo aparecen en los libros de economía desde la época de Adam Smith, precisamente en su célebre tratado “La Riqueza de las Naciones”. Paul Samuelson escribió:

“Para ilustrar el aumento de productividad debido a la especialización, Adam Smith puso el ejemplo clásico de la fabricación de alfileres. Un solo hombre podría fabricar al día, en el mejor de los casos, algunas decenas de alfileres no muy perfectos, mientras que al ponerse de acuerdo un grupo de obreros, repartiéndose el trabajo de modo que cada uno de ellos realice rápidamente una misma operación simple, resulta que pueden fabricar cientos de miles de alfileres perfectos en el mismo periodo de tiempo” (De “Curso de Economía Moderna”-Aguilar SA de Ediciones-Madrid 1978).

Mientras más simple es la operación asignada a un obrero en un proceso industrial, mayor ha de ser el grado de aburrimiento y tedio que debe soportar, mientras que mayor ha de ser la posibilidad de que pronto ese trabajo sea realizado por una máquina en forma automática. Las primeras máquinas de vapor de James Watt (siglo XVIII) requerían de un operario que observaba en forma permanente la velocidad adquirida por la máquina, corrigiéndola en caso de que fuese necesario. Para evitar una tarea tan esclavizante, se inventa el regulador centrífugo de velocidad, que libera al trabajador de su rutinaria labor pero que también le quita un puesto de trabajo, lo que luego se conocerá como el “desempleo tecnológico”. El obrero Anthime Corbon escribió en 1848:

“Quizás, después de todo, la división del trabajo sea un mal necesario. Al llegar el trabajo a su último límite de simplificación, la máquina reemplaza al hombre, y el hombre emprende otro trabajo más complicado al que se dedica entonces a dividir, a simplificar, con objeto de convertirlo también en labor de máquina, y así sucesivamente. De forma que la máquina invade cada vez más el dominio del obrero y, de llevar el sistema a sus últimos límites, la función del obrero se haría cada vez más intelectual”.

“Ese ideal me gusta; mas la transición es muy dura puesto que es preciso que, antes de haber hallado las máquinas, el obrero, a causa de la simplificación del trabajo, se convierta él en máquina y sufra las consecuencias deplorables de una necesidad embrutecedora….Así pues, aceptemos la división del trabajo donde se demuestre necesaria, pero con la esperanza de que la mecánica se encargue cada vez más de los trabajos simplificados; y pidamos para esa clase de trabajadores, con no menor ardor que para los trabajadores de otras clases, una instrucción que no sólo les salve del atontamiento, sino que, sobre todo, les incite a hallar el medio de dirigir a la máquina, en lugar de ser ellos mismos la máquina dirigida” (Citado en “El trabajo desmenuzado”-Georges Friedmann-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1958).

En la actualidad, debido a la necesidad ineludible del intercambio, existe una dependencia recíproca entre los seres humanos, ya que todos dependemos de la labor de los demás. La especialización incluso ha invadido el ámbito del intelecto y de la ciencia, situación que exige cada vez más del trabajo grupal interdisciplinario. Los dos extremos que debemos evitar son: el del especialista que “conoce todo de nada” y también el del enciclopedista que “conoce nada de todo”.

Si la especialización del trabajo presenta muchas ventajas dentro de un país, surge la posibilidad de que también presente ventajas similares en el ámbito internacional. En el siglo XIX, David Ricardo escribía:

“En un sistema de comercio libre perfecto, cada país dedica naturalmente su capital y trabajo en los empleos que les son más beneficiosos. El propósito de ventaja individual está admirablemente ligado al bien general del conjunto. Estimulando la industria, recompensando la habilidad y usando lo más eficazmente las fuerzas concedidas por la Naturaleza, distribuye el trabajo con la mayor eficiencia y economía; mientras que, acrecentando la masa general de productos, difunde un beneficio general y liga con el vínculo común del interés y el intercambio a todos los pueblos del mundo civilizado” (De “Principios de Economía Política y de Tributación”-Editorial Claridad-Buenos Aires 1937).

Por lo general, la idea de comerciar con el extranjero, hace surgir la pregunta: ¿Por qué no producirlo todo en el país? Sin embargo, tal pregunta tiene el mismo sentido que el cuestionamiento individual ¿Por qué no fabricarlo yo mismo? La respuesta es la misma en ambos casos: por las ventajas que ofrece la división del trabajo.

Los impulsores de la globalización económica tienen presentes las ventajas de la especialización del trabajo. En la ciencia económica, mediante la programación lineal, pueden calcularse las distintas alternativas que permiten determinar la producción óptima de diferentes artículos, entre dos países, que permitirán el logro de un beneficio simultáneo para ambos. Sin embargo, deben tomarse precauciones.

En primer lugar, deben abrirse las fronteras hacia la importación en forma bilateral. De lo contrario, las ventajas serían para un solo país. Incluso se hacen críticas a EEUU por cuanto “promueve el libre comercio” pero cierra sus fronteras al ingreso de productos de otros países. De ahí que surja una elemental teoría de la dependencia, aduciendo que el comercio internacional es promovido por los países poderosos para beneficio unilateral de los mismos.

Debe tenerse presente que una cosa es la opinión de los economistas respecto de las posibilidades que brinda la división internacional de la producción, y otra cosa muy distinta son las decisiones que los políticos toman desde los gobiernos centrales. Debemos distinguir entre lo que es posible hacer y lo que realmente se hace. De ahí que no sea justo criticar al economista que promueve un mecanismo cuyos resultados han sido efectivos en muchos casos, pero que también ha sido distorsionado en otras ocasiones.

Otro de los peligros que presenta la división internacional de la producción es la total especialización en la elaboración de un reducido tipo de productos. Supongamos el caso de un país agrícola-ganadero, que desatienda la producción industrial. Por más eficiente que sea en la producción en la que se especializa, deben tenerse presentes las posibles sequías, o la baja abrupta de los precios internacionales por la razón que fuere. Además, el aumento del nivel de automatización hace que el agro requiera sólo de un 3 o 4% de la fuerza laboral de un país, por lo que resulta evidente la necesidad de su industrialización.

Incluso es necesario, para el establecimiento de nuevas industrias, de cierto proteccionismo estatal, ya que la competencia directa con industrias ya desarrolladas puede hacer fracasar en sus inicios a todo proyecto de esa índole. Es muy distinto el proteccionismo estatal a empresas ineficientes que tienen ya varios años de iniciadas. Álvaro Alsogaray escribió:

“Todo país debe aspirar a una mayor industrialización. Por regla general dicha industrialización requerirá, en los momentos iniciales, un cierto grado de proteccionismo. La economía de Mercado no se opone a ello. No aboga por el funcionamiento de un libre cambio absoluto que elimine las barreras aduaneras, sobre todo cuando no existe reciprocidad en ninguna parte del mundo”.

“Además, debe fijarse una escala decreciente, a lo largo de un cierto número de años, para ir disminuyendo paulatinamente la protección de manera de aproximarse cada vez más a los precios internacionales. Cuando determinadas industrias obtengan del gobierno estímulos o privilegios especiales, la existencia de no apartarse demasiado de los niveles del mercado internacional deberá ser todavía más severa”. (De “Bases para la acción política futura”-Editorial Atlántida-Buenos Aires 1969).

La mayoría de las veces, como simples compradores, tenemos la sensación de que nuestros intercambios comerciales han sido beneficiosos para ambas partes, aunque a veces descubrimos que nos han “estafado” si vemos que el producto comprado resulta mucho más barato en otro comercio. También en las transacciones internacionales existe la posibilidad de intercambios beneficiosos para ambas partes si son contempladas algunas previsiones básicas. Sin embargo, existe un sector importante de la población que considera que toda transacción comercial tiene un ganador que se beneficia perjudicando al perdedor, y más aun en el comercio internacional. Busca la abolición del mercado, del dinero e incluso de todo tipo de vínculo comercial entre los distintos países. Parece que añorara las épocas previas a la vigencia del mercado y de la división del trabajo. Edmund Conway escribió:

“No obstante, la mayoría de los economistas considera que la ventaja comparativa sigue siendo una de las ideas económicas más importante y básica de todas, pues al demostrar que las naciones pueden prosperar más mirando hacia fuera que hacia adentro, constituye una de las bases del comercio mundial y de la globalización”.