miércoles, 2 de noviembre de 2011

La democracia económica



Existen dos procesos similares en cuanto a su funcionamiento; uno en el ámbito de la política y otro en el de la economía, y ellos son la democracia y la economía de mercado. De ahí que a esta última podamos también denominarla como “democracia económica”. De esta forma será posible resaltar algunos de sus atributos un tanto tergiversados por la crítica adversa. Ambos procesos se basan en las dos siguientes características:

a) Elección entre varias posibilidades (selección) por parte de votantes y consumidores.
b) Competencia entre partidos políticos por obtener la máxima cantidad de votos y entre empresarios por obtener la máxima cantidad de clientes.

Mientras que el político menos apto (al menos para convencer a los posibles votantes) queda fuera de la competencia política, la empresa menos apta, para satisfacer la demanda de los clientes, quedará fuera del mercado. Gordon Tullock escribió:

“Tanto el mercado como el gobierno democrático son estructuras institucionales a través de las cuales la mayor parte de nosotros actuamos como clientes o como votantes, tratando de alcanzar nuestros objetivos” (De “Los motivos del voto”-Editorial Espasa-Calpe SA-Madrid 1979).

Estos procesos, por lo general, sufren distorsiones, y ello ocurre cuando en la política aparecen los partidos que tienden a excluir a los demás tratando de establecer el monopolio del poder; tal el caso de los sistemas totalitarios. Recordemos que, incluso, es posible que hayan sido elegidos mediante sufragio, por lo que tienden a traicionar al propio medio que les permitió el acceso al poder. La contrapartida económica la constituye el monopolio, ejercido por empresas suficientemente poderosas que no admiten competencia y tienden a buscar beneficios excesivos.

La competencia nos exige dar lo máximo de nuestras posibilidades. Uno de los primeros resultados obtenidos en Psicología Social fue a partir de un estudio realizado por Norman Triplett en 1897 por el cual concluyó que un grupo de ciclistas en compañía lograba mejores tiempos que cuando marchaban solos. Por ello no es de extrañar que la democracia económica sea mucho más eficiente que la dictadura económica, ya que en esta última no existe competencia.

Cuando en una nación son pocos los partidos políticos que despiertan el interés del electorado, es posible que algún sector político poco capacitado termine accediendo al poder. Como contrapartida, en la economía, un proceso similar se da en los países con poca iniciativa individual en los que, en muchas actividades laborales, no existe una competencia adecuada y el monopolio se establece en forma natural debido a esa ausencia, y no por las desmedidas ambiciones del que predomina en el mercado.

A pesar de que el proceso de selección y competencia no puede por sí mismo eliminar las situaciones indeseables, resulta ser el que menos riesgo presenta al ciudadano común. Así, cuando un gobernante utiliza los medios del Estado más allá de lo permitido por la Constitución, a los votantes les queda la posibilidad de cambiarlo por otro gobernante, evitando la aparición de tiranías.

A veces se escucha decir a la gente, decepcionada por el libertinaje y la corrupción crecientes, que abogan por la implantación de una dictadura. Suponen que tal dictadura ha de ser benevolente con ellos y dura con otros sectores. Sin embargo, también es posible que existan dictaduras que culpen de todos los males a la persona productiva y con iniciativa, y que favorezca ampliamente al medio social en que vive. Se lo podrá acusar de crear “desigualdad social” debido al natural éxito económico que habrá de lograr.

El liberalismo propone tanto una democracia política como una democracia económica, mientras que el socialismo marxista promueve dictaduras tanto política como económica. Las posturas híbridas (antes que intermedias) proponen democracia política y dictadura económica (socialdemocracias) o bien dictadura política y democracia económica (como es el caso de China).

Por lo general, entre los políticos predominan los abogados, que tienen una opinión negativa de los empresarios, constituidos por profesionales de otras especialidades, mientras que éstos, a su vez, tienen una opinión negativa de los abogados y, como consecuencia, también de los políticos. Estos últimos han tenido la habilidad de hacerle creer a la población que el empresario es avaro y egoísta por naturaleza, por lo que el político a cargo del Estado tiene como noble misión proteger al ciudadano de la maldad empresarial. Gordon Tullock escribe:

“Los votantes y los clientes son esencialmente la misma gente. El señor Smith compra y vota: él es el mismo hombre en el supermercado que en la urna electoral; no hay razón de peso para creer que su comportamiento es radicalmente diferente en los dos ambientes. Suponemos que en ambos ambientes él elegirá el producto o candidato que crea que es el que mejor se ajusta a él”.

“Aunque parezca muy modesto, esto verdaderamente es una afirmación muy radical, aunque obvia. Durante décadas el grueso de la ciencia política se ha basado en el supuesto de que el gobierno aspira a objetivos más elevados que los individuos en el mercado. Se cree a veces que el votante aspira a conseguir el «interés público», el hombre en la tienda «su interés privado». ¿Es esto verdad?”.

A veces se atribuyen errores y defectos a los propios sistemas democráticos en lugar de considerar la falta de adaptación a sus reglas. No debemos considerar que la democracia falla por cuanto aparecen demagogos que la distorsionan, o que el mercado no es adecuado para una sociedad en el caso de que exista un importante porcentaje de la población que no quiera trabajar. José Antonio Aguirre escribe en el prólogo del libro citado:

“La crisis de la democracia no es una crisis del sistema, sino de la forma en que Occidente viene practicándola, que es bien distinta”.
“Las formas democráticas actuales llevan necesariamente al totalitarismo y la crítica profunda a la democracia actual no deja de estar presente tampoco entre los nuevos economistas que se ocupan de explicar con instrumentos analíticos procedentes de la Economía el comportamiento político”.

Es frecuente encontrar individuos que afirman que los empresarios no son culpables de su “egoísmo y perversidad”, sino que ello es culpa del “sistema capitalista”. Tales opiniones surgen por lo general de quienes aceptan el concepto marxista de que es el sistema de producción el que determina las ideas y la conducta de los hombres y no a la inversa. Si existen empresarios con los atributos negativos mencionados, ello se debe a fallas éticas y no a otras causas. Además, si tuviésemos que abolir todos los medios que disponemos y que resultan negativos para el hombre, deberíamos comenzar con la prohibición de la circulación de automóviles, ya que matan diariamente a muchas personas. Gordon Tullock escribe:

“Los individuos en el mercado se acercan más a servir el bienestar de su prójimo cuando buscan satisfacer el suyo propio, que los individuos en el gobierno. Verdaderamente, uno de los objetivos del estudio económico de la política es inventar reformas que elevarían la «eficiencia» del gobierno hasta acercarse a la del mercado privado”.

La “supremacía ética” del político respecto del empresario, es la justificación básica de la existencia de los sistemas dictatoriales, tanto desde el punto de vista político como económico. Todavía, en psicología, nadie ha explicado por que razón el que produce bienes y servicios útiles a la sociedad deba pertenecer necesariamente a una clase ética inferior a la de quienes poco o nada producen y sólo pretenden repartir “con justicia” lo que los “inferiores” realizan. Gordon Tullock agrega:

“Hay un agudo contraste entre el modo en que la gente actúa y el modo en que habla. Es particularmente sorprendente entre académicos, donde la discusión del deseo de sacrificarse por otros, esforzándose en objetivos morales abstractos y en general, viviendo una vida altamente virtuosa, se combina con un comportamiento que no es ni una gota menos egoísta que el de un tendero normal”.

Por lo general, el político actual tiende a identificarse con el hombre masa por cuanto él mismo presenta esas características. Sus mensajes van dirigidos a quienes poco piensan aunque sean mal vistos por los que sí lo hacen. Buscan, a cualquier precio, lograr la cantidad antes que la calidad de los votos, ya que las elecciones se ganan de esa forma. José Antonio Aguirre escribe:

“No son precisamente los políticos de fuertes convicciones los que tienen la probabilidad de ser elegidos, sino los políticos indefinidos y sin carga ideológica”.

Como el mercado funciona como un sistema realimentado, se lo considera también como un sistema complejo adaptativo en el cual la información que vincula sus partes es de la mayor importancia. Las perturbaciones que lo afectan hacen perder su estabilidad y su eficacia. Así, cuando el Estado intervencionista emite dinero a un ritmo mayor al del incremento de la producción, o cambia por decreto las tasas de interés, el empresario recibe información que no refleja la realidad del mercado, y sus decisiones quedarán afectadas por la información errónea.

Si el sistema democrático se asemeja al mercado, será posible considerarlo también como un sistema autorregulado, que también dejará de ser eficaz cuando la información circulante deje de ser verdadera, como ocurre en el caso del político que miente exagerando sus propios éxitos y difamando a sus opositores en forma injustificada.

La demagogia, como la mentira y la difamación surgen de fallas éticas personales. De ahí que, para mejorar tanto lo político como lo económico, debe lograrse una mejora ética generalizada, algo que para muchos no constituye novedad alguna. Pero, para observar mejoras evidentes, no hace falta llegar al cumplimiento del exigente mandamiento del amor al prójimo, sino que bastará con comenzar con el cumplimiento del antiguo mandamiento del “No levantar falso testimonio ni mentir”
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