viernes, 11 de noviembre de 2011

El impuesto inflacionario



Teniendo presentes los efectos que el fenómeno inflacionario ocasiona, los economistas lo consideran como una especie de impuesto indirecto ejercido desde el Estado a toda la población. Este fenómeno se produce principalmente por una mayor emisión monetaria respecto de la que se necesita para acompañar el crecimiento de la producción. Se produce así un aumento artificial de la demanda sin que exista un aumento similar de la oferta, por lo que los precios tienden a subir.

Si alguien posee cierta cantidad de dinero ahorrado, digamos $ 100, y existe una inflación anual del 20%, en un año perderá un valor adquisitivo del orden de los $ 20. En cuanto a los efectos producidos, puede considerarse también que al poseedor de los $ 100, en una economía sin inflación, el Estado le ha cobrado un impuesto anual de $ 20. De ahí que sean similares los efectos de la inflación y de los impuestos.

Existen diferencias de tipo psicológico en cuanto a las reacciones del individuo ante ambos tipos de impuesto, ya que el encubierto se nota bastante menos que el directo y explícito. Gustave Le Bon escribía a fines del siglo XIX:

“Si un legislador quiere establecer un nuevo impuesto, ¿deberá elegir el que sea teóricamente más justo? De ninguna manera. El más injusto podrá ser prácticamente el mejor para las muchedumbres. Si al mismo tiempo es el menos visible y el menos pesado en apariencia, será el más fácilmente admitido. Por eso, un impuesto indirecto, por exorbitante que sea, se acepta siempre por la multitud, porque, pagando diariamente en los objetos mismos de consumo por fracciones de céntimo, ni contraría sus hábitos ni le impresiona. Reemplazadlo por un impuesto proporcional sobre los salarios u otros ingresos que deban pagarse de una sola vez, y, aun siendo teóricamente diez veces menos pesado que el otro, levantará unánimes protestas. En efecto, a los céntimos invisibles y diarios se substituye una suma relativamente elevada que parecerá inmensa, y, por consecuencia, muy perceptible el día de pago. Sólo sería menos sensible si hubiera sido previamente economizada moneda por moneda; pero este procedimiento económico representa una dosis de previsión de que son incapaces las muchedumbres” (De “Psicología de las multitudes”-Editorial Albatros-Buenos Aires 1972).

Los políticos hábiles para ganar votos y elecciones tienen presentes estos efectos psicológicos y dirigen sus mensajes al hombre masa. Gustave Le Bon escribió:

“El conocimiento de la psicología de las muchedumbres es hoy el último recurso del hombre de Estado que quiere no gobernarlas (puesto que la cosa se ha hecho bien difícil), sino, al menos, no ser gobernado por ellas”.

“Sólo profundizando algo de la psicología de las muchedumbres es como se comprende la acción insignificante que las leyes y las instituciones tienen sobre ellas; cuán incapaces son de tener opiniones fuera de las que le son impuestas; que no se las conduce con reglas basadas sobre la equidad teórica pura, sino buscando aquello que pueda impresionarlas y reducirlas”.

Las tácticas populistas, destinadas al hombre masa, no sólo han llegado al ámbito de la política, sino también al de la economía. Ludwig von Mises escribe:

“Si durante el periodo inflacionario el aumento de los precios de los bienes excede el incremento de los salarios nominales, la tasa de desempleo caerá, pero este hecho ocurrirá como consecuencia de que los salarios reales están cayendo. Lord Keynes recomendaba la expansión del crédito porque creía que los asalariados se conformarían con el resultado; creía que «una baja gradual y automática de los salarios reales, como resultado del aumento de los precios», no sería tan fuertemente resistida por los trabajadores como un intento de disminuir los salarios nominales”. “Pero, aunque lo sostenido por Lord Keynes fuera correcto, nada bueno podría surgir de ese engaño. Los grandes conflictos de ideas deben ser resueltos con métodos directos y honestos, no mediante artificios y subterfugios. Lo que se necesita no es cegar a los trabajadores, sino convencerlos” (De “Planificación para la libertad”-Centro de Estudios sobre la Libertad-Buenos Aires 1986).

El resultado de las recientes elecciones presidenciales (2011) muestra, por parte del pueblo, la aceptación y el deseo de profundización del modelo inflacionario en vigencia. Siendo los asalariados los principales perjudicados por el proceso inflacionario, posiblemente hayan sido los más entusiastas con su continuidad. Ello contrasta con los síntomas mostrados en otros procesos inflacionarios, aunque de mayor envergadura. Adam Fergusson, refiriéndose a la hiperinflación de la Alemania de la década del 20, situación apenas comparable al 20% (o algo más) anual de inflación en la Argentina, escribió:

“La angustia producida por la inflación es algo parecido a un dolor agudo, aunque más prolongado. Es totalmente absorbente; requiere una atención completa mientras dura y se ignora o se olvida cuando se ha terminado. Es más, se intentan justificar las cicatrices físicas o mentales que hayan podido dejar como si hubieran sido pesadillas que nunca ocurrieron realmente, o como simples casualidades que no podrían repetirse” (De “Cuando muere el dinero”-Alianza Editorial SA-Buenos Aires 1989).

La inflación, cuando es constante y predecible, no es tan peligrosa como cuando es impredecible, pero para ser predecible deberá conocerse con cierta exactitud. Sin embargo, desde el propio Estado se intervino al Indec, organismo encargado de los índices estadísticos nacionales, para manipular los datos a voluntad. Incluso quienes realizan encuestas y emiten índices privados acerca de la inflación, pueden ser penalizados legalmente si sus resultados difieren de los datos oficiales; acción que resulta propia de los Estados totalitarios.

Ante la inevitable devaluación del dinero, la mayoría de la gente opta por realizar inversiones de todo tipo para proteger el valor de sus reservas o de su capital. De ahí el impulso que recibe la actividad económica. Sin embargo, la continua elevación de los costos tiende a ir frenando ese impulso. Incluso algunos bienes de exportación pueden quedar fuera de competencia en el orden internacional.

Mediante una regla práctica podemos calcular aproximadamente el tiempo de duplicación del precio de un bien si está sometido a una inflación anual constante. Tal regla práctica consiste en dividir 70 por el porcentaje de inflación. Por ejemplo, el precio de una vivienda se duplicará en un proceso inflacionario del 10% anual en un tiempo de 70/10 = 7 años. De ahí que, en el caso argentino actual, con una “inofensiva” inflación anual real del 20%, una vivienda duplicará su precio en un tiempo de 70/20 = 3,5 años. Ello nos da una idea de lo, cada día, más dificultoso que resulta adquirir una vivienda propia.

Si la inflación se comporta como un impuesto encubierto, podemos aplicarle también algunos conceptos que caracterizan al resto de los impuestos. En la década de los 70, Arthur Laffer propuso una curva simple para describir el comportamiento de la cantidad de dinero recaudado por el Estado en función del porcentaje de los ingresos que debe pagar el contribuyente. Así, si el ingreso logrado por el contribuyente fuera nulo, el impuesto correspondiente también será nulo. En el otro extremo, si el Estado fija una tasa del 100% sobre los ingresos, nadie producirá nada por cuanto todo le será confiscado, por lo cual también será nula la recaudación por parte del Estado.

Si se grafica el importe recaudado por el Estado en función de la tasa aplicada a los ingresos, resulta evidente que se trata de una curva con el aspecto de una montaña, que comienza en cero para el ingreso nulo, sube hasta un máximo, y vuelve a caer a cero para el caso de la confiscación total. De ahí que, determinando la tasa que produce la recaudación máxima, debe considerarse que todo aumento posterior de los impuestos tenderá a reducirla, en lugar de incrementarla. Roberto Cachanosky escribió:

“Si el Estado aumenta la presión impositiva por encima de un determinado porcentaje comienza a recaudar menos porque el productor marginal desaparece, otros pasan al mercado negro y otros prefieren no ganar más porque el Estado les quita más de lo que reciben por el impuesto. En definitiva, aumenta el premio por evadir y se produce una especie de rebelión fiscal silenciosa por la cual la gente pierde estímulos para producir y deja de pagar impuestos o bien se pasa al mercado informal”.

“La corrida cambiaria no es otra cosa que una huida del peso. Y esa huida del peso podemos verla como una suerte de rebelión fiscal por la cual la gente se niega a seguir pagando el impuesto inflacionario. Como el impuesto inflacionario se aplica sobre los pesos que tiene la gente, se saca de encima los pesos y compra dólares sobre los cuales el Estado argentino no puede aplicar el impuesto inflacionario” (De la página web “Economía para todos”)

Mientras que los impuestos elevados pueden ser aplicados a los sectores más pudientes, se dice que el impuesto indirecto de la inflación es el impuesto a la pobreza. Jack Weatherford escribió:

“El impuesto de la inflación es el más regresivo de todos, porque afecta mayoritariamente a los más pobres. Y bien cabe designar a la inflación simplemente como un impuesto a la pobreza”.

“Si una persona con una fortuna de mil millones pierde el 10% de ella, la pérdida asciende a cien millones de dólares; para una persona que gana cincuenta mil dólares al año, la pérdida es de sólo cinco mil dólares. Así y todo, el millonario no se resiente tan claramente con la inflación, no sólo porque sea acaudalado, sino porque no mantiene sus millones de dólares en su velador o siquiera en su cuenta corriente; el dinero está invertido y generará ganancias incluso mayores en épocas inflacionarias. Sus balances tenderán a aumentar en forma paralela a la inflación y, aun careciendo de toda habilidad, debería conseguir resultados incluso mejores que eso. En cambio, para los trabajadores asalariados y los pensionados, la pérdida del poder adquisitivo ocurre en su vida diaria, no en sus inversiones. La pérdida de cinco mil dólares representa un descenso sustancial de su poder adquisitivo, que no se recupera incrementado la rentabilidad de ninguna inversión” (De “La historia del dinero”-Editorial Andrés Bello-Santiago de Chile 1997).

Los gobiernos populistas tienden a confiscar las ganancias a las empresas para luego darles subsidios a algunas de ellas; asimismo le cobran el impuesto de la inflación a los sectores más pobres para luego darles algún tipo de asistencia social. De ahí que, aun cuando nada quedara en el camino para sostener la burocracia que requiere la toma y posterior concesión monetaria (algo poco probable), se observa que el mercado podría hacer una distribución más efectiva y sin producir tantos deterioros a la economía. En este proceso populista puede observarse que el Estado trata de absorber todos los ingresos económicos posibles para distribuirlos a su antojo contemplando perspectivas electoralistas o bien buscando el éxito en la antigua y deportiva tarea de lograr el máximo poder posible.