lunes, 10 de octubre de 2011

Pragmatismo, ideologías y poder



Las actitudes mostradas por los políticos pueden sintetizarse bajo las tres orientaciones siguientes: pragmatismo, ideologismo y poder. Los votantes aceptarán o rechazarán estas actitudes estableciéndose una relación de simpatía, o bien de antipatía, como casos extremos que pueden darse.

En primer lugar tenemos la actitud pragmática en la cual el político toma como referencia la realidad social teniendo presentes los efectos que pueden ocasionar las posibles decisiones, pero dejando un tanto de lado las ideologías, ya sean propias o ajenas. L. Madelin escribió: “No profesaba el culto a los principios: éstos sólo le parecían apreciables por los resultados que podían tener; nuestra época le hubiese considerado por ello como un pragmatista” (Del “Diccionario del lenguaje filosófico”-P. Foulquié-Editorial Labor SA-Barcelona 1967).

Un ejemplo en el cual predomina lo pragmático sobre lo ideológico es el caso de la China, que adopta la economía de mercado aunque sea incompatible con la ideología marxista predominante durante mucho tiempo. Se atribuye a Deng-Xiaoping, jefe del Partido Comunista chino, haber expresado: “No me importa el color del gato con tal que se coma los ratones”. En esta frase se vislumbra la tendencia a aceptar lo que la realidad muestra que mejor funciona, en lugar de atenerse con una fe ciega a dogmas y modelos económicos que nunca funcionaron bien.

Desde un punto de vista pragmático, se ha llegado a una nueva clasificación de las tendencias políticas que tiende a reemplazar a la antigua caracterización ideológica de derecha o izquierda. En este caso resulta mejor hablar de países que “aceptan capitales” y países que “ahuyentan capitales”. Andrés Oppenheimer escribió:

“A grandes rasgos, en la nueva geografía política mundial hay dos tipos de naciones: las que atraen capitales y las que espantan capitales. Si un país logra captar capitales productivos, casi todo lo demás es aleatorio. En el siglo XXI, la ideología de las naciones es un detalle cada vez más irrelevante: hay gobiernos comunistas, socialistas, progresistas, capitalistas y supercapitalistas que están logrando un enorme crecimiento económico con una gran reducción de la pobreza, y hay otros que se embanderan en las mismas ideologías que están fracasando miserablemente. Lo que distingue a unos de otros es su capacidad para atraer inversiones que generan riqueza y empleos, y –en la mayoría de los casos, por lo menos en Occidente- sus libertades políticas” (De “Cuentos chinos”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2005).

En segundo lugar tenemos a quienes priorizan las ideologías políticas o filosóficas previamente aceptadas, rechazando las ideologías adversarias, y teniendo muy poco en cuenta los resultados concretos obtenidos por unas y otras. Se observa la realidad bajo el punto de vista previamente adoptado incluso tratando de “cambiar la realidad en lugar de la teoría” cuando ésta resulta incompatible con aquélla, de donde surge la mentira sistemática para tratar de establecer la compatibilidad que no se establecería de otra forma.

Las ideologías deben irse conformando ante la necesidad de vincular nuestras descripciones con el mundo real, ya que es necesario formar un criterio orientador. Tanto una actitud pragmática sin ideología, o una actitud teórica sin pragmatismo, resultan ser, por lo general, ineficaces. El error radica principalmente en no tener la capacidad intelectual y la honradez necesaria para mejorar la ideología en función de los resultados concretos.

En uno de los extremos tenemos a quienes suponen que el mercado, por si sólo, todo lo resuelve; algo que no es real y que tiende a promover su descalificación por parte de los opositores. El mercado es un escenario favorable para el progreso y el bienestar general, pero debe existir un previo nivel de adaptación por parte de la sociedad. Sin el hábito del trabajo y del ahorro, el éxito a lograr es limitado.
En el otro extremo tenemos la actitud socialista que pretende seguir haciendo sucesivas pruebas, con distintos pueblos, esperando tener el éxito nunca antes logrado. Ante Pavelić escribió:

“¿Quién, entonces, puede sentirse autorizado a brindar a la fatigada humanidad semejantes catecismos, y, peor aún, quién puede pedirle que se deje comprimir en la retorta de la alquimia marxista en la que oprimen, ya, a millones de vidas humanas? ¿Y quién puede morir para dar a alguien la satisfacción de ver si tendrá éxito el experimento del resurgimiento?”.

“Naturalmente, cada uno quiere experimentar según el criterio o el capricho personal, y como nadie se halla dispuesto a adaptarse a la voluntad ajena, decide el pelotón. No hay otra vía de escape”. “El monstruoso método no se puede aplicar sin evitar que, en un momento dado, el proletariado se erija en su juez, y desde que, en Rusia, el pueblo no logra hacer oír su propia voz, éste resulta únicamente «el objeto» del experimento” (De “Errores y horrores”-Ediciones Verdad-Buenos Aires 1951).

En la Argentina existe una mayoritaria aceptación del modelo económico “exportador de capitales”, ya que, durante la etapa kirchnerista, han salido al exterior unos 75.000 millones de dólares (con 1 millón de dólares se pueden construir unas 20 viviendas, de distinta calidad según el país). Además, es posible que una cantidad apreciable de capitales hubiesen podido llegar al país en ese periodo. Parece ser que la prédica anticapitalista ha sido tan eficaz que ha llegado a convencer a una parte significativa de la población, y a los propios inversores, de que es mejor que los capitales vayan a crear trabajo y prosperidad a otras naciones. La ideología y la propaganda predominan incluso sobre lo que le conviene al votante que rechaza al capital.

En tercer lugar podemos mencionar el caso de políticos que no son pragmáticos ni idealistas sino que simplemente buscan el poder personal por encima de todo y simularán ser pragmáticos o de poseer una ideología según se presenten las circunstancias. Incluso no tendrán ningún inconveniente en pasarse al partido político contrario a “sus ideales” cuando lo consideren oportuno.

La mayor parte de los aspectos asociados al comportamiento social del hombre pueden describirse a partir de las dos tendencias básicas del hombre: cooperación y competencia. Ambas tendencias forman parte de nuestra naturaleza humana, y debemos armonizarlas de manera de que no signifiquen un impedimento para el crecimiento individual. La búsqueda prioritaria del poder va asociada al predominio del aspecto competitivo sobre el cooperativo; algo que produce resultados indeseados tanto en el individuo como en la sociedad. Ruth Schwarz escribió:

“Todos somos ciudadanos de dos mundos. Nuestra relación con nosotros mismos y con los demás, y hasta nuestra actitud hacia la realidad, se establece según dos modalidades profundamente contradictorias que se alternan, se mezclan, se confunden, dejándonos perplejos y sin posibilidad de comprender nuestra ambivalencia. En uno de ellos –llamado «mundo del reconocimiento»- se expresa nuestra capacidad de confiar, de entregarnos a la vida y a los vínculos con la seguridad de encontrar nuestro lugar sin tener que imponer nuestro derecho a la individualidad en forma agresiva. El otro –llamado «idolatría del poder»- arraiga en sentimientos muy profundos de desconfianza e inseguridad que nos impulsan a la fantasía de que todo en la vida se define por la fuerza, la capacidad de dominio, la confrontación competitiva”.

“En el mundo del reconocimiento nos aceptamos como somos, y estamos abiertos a la realidad como un campo para nuestra acción y nuestros afectos. Somos capaces de reciprocidad y amor, porque su fórmula es «Si tu creces, yo crezco contigo»/«Si yo crezco, tu creces conmigo». En el mundo de la idolatría del poder no toleramos nuestra vulnerabilidad humana, ni el hecho de no ser perfectos, ni nuestra incapacidad de «dominar cualquier situación». Nos encierra en el rechazo de todo lo que no se amolda a nuestros deseos. Es un mundo cerrado, donde parecería que hay lugar para uno solo; por ello su fórmula es «Si tu creces, yo me achico»/«Si yo crezco, tu te achicas»” (De “Idolatría del poder o reconocimiento”-Grupo Editor Latinoamericano-Buenos Aires 1989).

La descripción anterior de los dos mundos, realizada mediante denominaciones distintas a las empleadas en Psicología Social, como cooperación y competencia, tiene un significado muy similar. Pero en este caso, la psicóloga citada afirma que la búsqueda prioritaria del poder (de un individuo sobre otros seres humanos) responde a conflictos psicológicos personales, lo cual no debería asombrarnos demasiado. De ahí que el que logra poder, en el sentido indicado, no es en realidad alguien “superior y triunfador” sino alguien que padece trastornos en su personalidad. Ruth Schwarz escribió:

“Los otros no se conciben como iguales, están para ser usados, explotados o seducidos para que pongan su poder a nuestra disposición: son percibidos como una amenaza a este Yo que se pretende único. Se les niega el derecho a la autonomía, no se acepta darse cuenta de sus necesidades, de sus sufrimientos. Sólo se busca comprender al otro para poder manejarlo libremente, nunca para reconocerlo en su singularidad”.

“El mundo de la idolatría del poder nace de la otra experiencia fundamental ineludible que cada uno hace en la primera infancia”. “Las situaciones de hambre, dolor, desamparo, impotencia y miedo al abandono que sufre hasta el infante mejor cuidado despiertan en su mente primitiva una sensación de «desconfianza básica» cuya fantasía central puede resumirse en las frases siguientes: «Me están dañando, podrían destruirme, no puedo confiar en nada ni en nadie….»”.

“La respuesta a este cúmulo de emociones insoportables toma múltiples formas, pero tiene un solo contenido: la búsqueda frenética de recuperar la seguridad perdida a través de un poder absoluto sobre la realidad”.

“A partir de estas experiencias se va estructurando en el individuo el estilo particular de relación con los padres y el mundo que llamamos idolatría del poder. Se caracteriza ya sea por el egocentrismo agresivo, ya sea por el sometimiento total”.

Generalmente se considera que el que obtiene mucho dinero es el hombre competitivo, pero no debemos olvidar que también es competitivo el que logra poco dinero y vive amargado por la envidia. No debemos considerar bajo una misma categoría ética al que realiza todo tipo de maniobras financieras tratando de lograr mucho dinero aun a costa de infringir reglas éticas elementales, que a un empresario exitoso, como el desaparecido Steve Jobs, cuyo éxito económico resulta ser una consecuencia de haber sido útil a la sociedad. De ahí que no todo empresario tiene como objetivo lograr el poder sobre los demás, ya que el autentico empresario adopta como objetivo beneficiar a los demás a través de los servicios que ofrece.

La lucha ideológica contra el capitalismo surge, por lo general, de la prédica de quienes, motivados por una enfermiza búsqueda de poder, anhelan lograr el control político, o el económico, o ambos, de toda la sociedad, utilizando al Estado como medio para llegar a ese inaceptable objetivo.