lunes, 31 de octubre de 2011

El nuevo hombre

Tanto en el cristianismo como en el marxismo se propone como meta final el surgimiento del hombre nuevo, que en ambos casos tendrá un alcance universal. En el primero, tal objetivo se logrará como una consecuencia del mejoramiento ético individual, mientras que en el segundo caso se logrará como una consecuencia del acostumbramiento que todo individuo adquirirá en el contexto de la sociedad comunista. Debido a que el marxismo es una ideología esencialmente anti-occidental, y como el cristianismo caracteriza a occidente, el hombre nuevo marxista será una versión antagónica a la propuesta por el cristianismo.

El concepto del hombre nuevo, que aparece en el Nuevo Testamento, se lo asocia a quien acepta las prédicas de Cristo y abandona las viejas ideas para darle lugar a las nuevas, por lo que dijo: “No se echa el vino nuevo en odres viejos, porque entonces se rompen los cueros, y se pierden el vino y los cueros; sino que el vino nuevo se echa en cueros recientes, y se conservan ambas cosas” (Mt). “Te doy mi palabra que si uno no nace de nuevo no puede ver el Reino de Dios” (Juan).

La ética cristiana encuentra cada vez mayor fundamento científico en recientes descubrimientos de la neurociencia. Las neuronas espejo confirman el proceso mental de la empatía, siendo éste el aspecto psicológico básico que le da sentido al mandamiento del amor al prójimo. Tal fundamento también confirma gran parte de las afirmaciones de Baruch de Spinoza que aparecen en su libro clásico titulado “Ética”, como asimismo reciben confirmación los resultados de la psicología de las actitudes dentro del marco de la Psicología Social.

El marxismo sostiene que la conducta del hombre depende principalmente del contexto social en que se desarrolla, principalmente del modo de producción en la economía; cambiando ese contexto, cambiarán sus ideas y su conducta. De ahí que logra diseñar, no al hombre ideal en forma directa, sino a la sociedad ideal, para que luego cada individuo se acostumbre a ella. Pero el marxismo ignora las leyes psicológicas que rigen al individuo, ya que supone que tiene la plasticidad personal suficiente como para adaptarse al socialismo. Karl Marx afirmó: “Hasta ahora los filósofos han interpretado al mundo; desde ahora lo hemos de transformar”.

En épocas de Stalin, en la URSS tiene una gran influencia el biólogo Trofim Lisenko, quien sostiene la posibilidad de la herencia de los caracteres adquiridos, en contradicción con la ciencia biológica aceptada por entonces en el resto del mundo y confirmada en la actualidad. De ahí que el hombre nuevo soviético, luego de quedar influenciado por la sociedad comunista, delegaría esa información adquirida a sus descendientes, por lo que habría de afianzarse como un nuevo modelo de ser humano que predominaría en el futuro y caracterizaría a la humanidad.

Estas ideas surgen al desconocerse que el hombre no sólo actúa por la influencia social recibida, ya que también es portador de una herencia genética, que debe tenerse presente. Tampoco se tuvo en cuenta que no existe tal herencia de hábitos adquiridos. En realidad, el progreso del hombre se establece por medio de la evolución cultural, que se incrementa y se transmite de generación en generación.
La revolución de octubre, en la antigua Rusia, marca el comienzo de la búsqueda del hombre nuevo soviético. Michel Heller escribe:

“Por primera vez en la historia, los hombres hicieron una revolución con el objetivo de apoderarse del poder –de la «máquina del Estado», decía Lenin- pero también para construir la sociedad ideal, para fundar un sistema político, económico y social nunca experimentado por la humanidad”.

“Los autores del proyecto no ignoran, sin embargo, que su realización pasaba por la creación del hombre nuevo” (De “El hombre nuevo soviético”-Editorial Planeta SA-Barcelona 1985).

La esencia del colectivismo es el anonimato del individuo que tiende a renunciar a proyectos personales para integrarse a los proyectos colectivos establecidos por el Estado. Michel Heller agrega:

“El objetivo es forjar el instrumento que permita edificar el mundo nuevo, que desarrolle en cada individuo el sentido de pertenecer al Estado, de no ser más que una ínfima parte de la maquinaria, un miembro del colectivo”, mientras que Andréi Platónov escribe: “El hombre no tiene tiempo para una denominada vida privada, que en lo sucesivo será reemplazada por actividades de utilidad pública y dependientes del Estado. El Estado se ha convertido en su alma” (cita en el libro mencionado).

En cuanto al aspecto “biológico” del hombre nuevo soviético, Heller prosigue:

“En la Unión Soviética, los estudiantes de medicina comienzan sus estudios de latín por esta frase: Homo sovieticus sum. Los futuros médicos aprenden, pues, que existen dos tipos humanos: el Homo sapiens y el Homo sovieticus”.

“La afirmación repetida de dicha diferencia constituye una de las grandes particularidades del sistema soviético. Si cada nación lleva en sí el sentimiento de la propia superioridad, la Unión Soviética es única en su pretensión de crear un nuevo género humano. Los nazis, que dividían la humanidad entre los arios y los demás, se fundamentaban en la noción intangible de «raza». Desde su punto de vista, se trataba de una categoría absoluta: se era ario o no se era. Los bolcheviques partieron de idéntico principio, si bien para la selección del elemento humano tuvieron como criterio no menos intangible el medio social y familiar del individuo. Los orígenes proletarios fueron así la mejor garantía para obtener una situación privilegiada de la jerarquía social instaurada después de la Revolución.”

“Al igual que el «no ario» llevaba en la Alemania nazi aquella marca de infamia durante toda su vida y la transmitía a sus hijos, en la República soviética el individuo no podía librarse de una extracción «no proletaria» (su única solución era la huída, escondiendo sus orígenes). Con el candor del fanático persuadido de su buen derecho, un responsable de la policía política, la Vecheka, explicaba en 1918 a sus subordinados: «No combatimos a los individuos; aniquilamos la burguesía como clase»”.

“La psiquiatría soviética tiene calificada oficialmente la «disidencia» de enfermedad mental: parte del principio de que la sociedad es sana, y considera como enfermas a las gentes lo bastante «locas» como para no encontrarla ideal. Este juicio resulta perfectamente lógico por parte de especialistas en el «lavado de cerebro». Los disidentes no son otra cosa que el desecho de la sociedad, «defectuosos» que han rehusado rendir sus armas, prefiriendo preservar su individualidad. No han llegado a «amar su esclavitud»”.

“El autor de la primera historia marxista de la literatura soviética formula de manera muy elocuente los criterios de «salud» y «enfermedad» que rigen el Nuevo Mundo en construcción. «La Revolución viene obligada a olvidar por largo tiempo el fin en provecho de los medios, de alejar sus sueños de libertad con objeto de no debilitar la disciplina». Es indispensable –exige el crítico- «crear un nuevo pathos para una nueva esclavitud», aprender a «amar nuestras cadenas hasta que nos parezcan los tiernos brazos de una madre»”.

La comparación de los comunistas con los nazis ha sido establecida muchas veces ya que, incluso, la cifra de asesinatos provocada por aquéllos resultaría bastante superior a la establecida por éstos. El reconocimiento de los asesinatos masivos infringidos por los comunistas chinos y soviéticos y el posterior mantenimiento de la adhesión y promoción del socialismo, es algo desconcertante. Así, Raimundo Fares escribe sobre la reforma agraria en la etapa maoísta en China:

“Todos los autores y los mismos dirigentes comunistas chinos reconocen los excesos cometidos durante los primeros tiempos de aplicación de la ley, excesos que derivaron en actos de suma violencia y asesinatos de terratenientes. Muchos de ellos fueron lapidados, atados a un arado y conducidos a latigazos, azotados hasta la muerte, puestos sumariamente en la horca, linchados. Se menciona incluso la cifra de dos millones de chinos eliminados en ese periodo de confusión y anarquía” (De “Un inmenso convento sin Dios”-Ediciones Mathepa-Buenos Aires 1964).

A pesar de tales afirmaciones, el autor citado prosigue en su libro mostrando las bondades de la ideología maoísta y de la reforma agraria respectiva. Acepta plenamente la ideología, pero no tanto las consecuencias de aplicarla. Si se sigue promoviendo la ideología, nos guste o no, se seguirán promoviendo sus consecuencias. Los ideólogos que promueven el socialismo y las reformas agrarias llevadas a cabo en la URSS y en China, asociadas a decenas de millones de víctimas que no quisieron formar parte de los experimentos de “ingeniería social”, constituyen el primer eslabón de una cadena de violencia similar a la que vivimos en la década de los setenta en muchos países de Latinoamérica. El segundo eslabón lo constituyen los jóvenes que adhieren a cualquier ideología si el agitador de masas tiene la suficiente habilidad para convencerlos.

En cuanto al trabajo comunitario asociado a la reforma agraria soviética, Ante Pavelić escribe:

“Desde que la tierra fue hecha colectiva, el hogar familiar no existe tampoco en el campo, en razón de que la elaboración colectiva no sólo exige el trabajo sino también la convivencia de la masa. Se unen a las tareas agrícolas hombres y mujeres que habitan en los cuarteles de amontonamiento. En las extensas posesiones del Estado, se construyen espaciosos edificios para habitar, donde no hay lugar para apartamientos familiares, y donde hay solamente locales para alojamiento y refección en común. Se presentan, así, los nuevos edificios modelos, también en las ciudades, y en los distintos centros industriales; todos son estructurados para favorecer la promiscuidad e impedir el resurgimiento de una vida familiar. El poder bolchevique no tolera la mancomunidad, mas favorece el acorralamiento de la gente para despojarla de la individualidad, del carácter humano y cambiarla en un agrupamiento que no razona y no pide”.

En cuanto a las creencias religiosas en la sociedad soviética, Ante Pavelić escribió:

“El que no ha relegado la fe y la pertenencia a una religión, no posee plenos derechos y no puede, entonces, aspirar a alguna ocupación en el Estado, lo que significa ser condenado a muerte, pues, en la Rusia soviética, no existen empleos, profesiones, artes, oficios, que no sean del Estado. Con todo esto, los bolcheviques no han subordinado a su control el cuerpo solamente, sino también, el espíritu y la conciencia del hombre”. “Despojada la gente de la tierra, de la casa, de la familia, no le pareció, a los hegemonistas marxistas, bastante asegurado su poder y han querido, en consecuencia, privarla, también, de su bien más íntimo: la conciencia”. (De “Errores y horrores”-Ediciones Verdad-Buenos Aires 1951).

La ideología marxista tiene todavía bastante aceptación. Así como pueden aparecer epidemias debido a los virus que permanecen escondidos en alguna parte, el rebrote totalitario puede aparecer en cuanto surja algún líder que tenga la habilidad necesaria para movilizar adecuadamente al hombre masa, previo adoctrinamiento ideológico que actualmente se sigue introduciendo poco a poco en la sociedad.