viernes, 21 de octubre de 2011

Anomia e inseguridad

Las distintas normas de convivencia propuestas desde épocas primitivas han buscado establecer ordenamientos sociales que permitieran un aceptable nivel de felicidad. Estas normas tenían, en los individuos, distintos grados de aceptación, los que podrían considerarse como distintos grados de moral aceptados respecto de la ética adoptada por el grupo social.

Las éticas primitivas tenían un origen predominantemente religioso, atribuyendo su origen al Creador, o a los dioses, que de alguna manera se comunicaban con los hombres. Posteriormente surgen las éticas filosóficas y, desde épocas recientes, no se descarta la posibilidad de establecer éticas científicas.

La validez de las normas propuestas puede establecerse en base a los resultados que habrán de producir, sin importar tanto los orígenes que pudieran tener, ya que desde distintas religiones se predican éticas bastante distintas, a pesar de que, según sus difusores, todas provienen del mismo y único Dios.

El grado de validez que tiene un conjunto de normas resulta independiente de la época en que fueron promulgadas. Ello se debe a que, esencialmente, las leyes biológicas y psicológicas que gobiernan al hombre, por ser parte de las leyes naturales, no cambian con el tiempo; al menos éste es uno de los postulados básicos de la ciencia experimental.

Cuando leemos que grandes pensadores de la antigüedad, como Aristóteles, aceptan la esclavitud con cierta naturalidad, hace que muchos deduzcan que la ética tiene validez relativa, para una sociedad o para una época, por lo que no tendría sentido hablar de una ética natural y objetiva que tenga igual validez para todos los pueblos y para todos los tiempos. Sin embargo, no debemos olvidar que en épocas previas a Aristóteles, lo usual era la eliminación de los vencidos en una contienda bélica, con lo cual la esclavitud resultó ser una mejora social respecto de épocas previas. La ética adoptada por los hombres tiende a permitirnos, progresivamente, un adecuado nivel de adaptación a la ley natural.

Desde el punto de vista de la Psicología Social, existen dos tendencias generales que orientan las acciones humanas: cooperación y competencia. De ahí que hayan surgido tanto éticas cooperativas como competitivas, con distintos resultados. El mandamiento cristiano del amor al prójimo constituye una ética cooperativa e igualitaria, ya que implica compartir las penas y las alegrías de nuestros semejantes (todos a favor de todos).

En cuanto a las éticas competitivas, podemos mencionar la ética de Friedrich Nietzsche (de los vencedores, desigualitaria) con gran aceptación por parte de fascistas y nazis (La raza superior contra las razas inferiores) y a la ética de Karl Marx (de los perdedores, desigualitaria) con gran aceptación por parte de movimientos revolucionarios comunistas (La clase proletaria contra la burguesía).

Junto a las normas éticas propuestas vienen los premios, para favorecer su acatamiento, y los castigos, para desalentar su desacatamiento. Estos premios y castigos pueden estar implícitos en el cumplimiento o en la desobediencia a las normas, como ocurre en el caso de la ley natural, o bien pueden ser establecidos por la ley emanada de los organismos del Estado.

Se conoce como anomia “al estado en que el individuo percibe la ausencia de reglas o normas por las cuales regir su conducta”. Esa ausencia se debe a que tales normas no tienen vigencia por ser desconocidas por el grupo, o porque el individuo las conoce y finge cumplirlas para quedar bien con los demás (hipocresía) o bien trata de hacer lo contrario a tales normas para escandalizar a los demás (cinismo).

La anomia viene ligada al relativismo moral. Este relativismo parte de la idea básica de que no existe el bien ni el mal ya que ambos son conceptos subjetivos. Alexander Solyenitzin escribió:

“El comunismo nunca ocultó su negación de los conceptos morales absolutos. Se mofa de las nociones de bien y mal como categorías absolutas. Considera la moralidad como un fenómeno relativo a la clase. Según las circunstancias y el ambiente político, cualquier acción, incluyendo el asesinato, y aún el asesinato de millares de seres humanos, puede ser mala como puede ser buena. Depende de la ideología de clase que lo alimente.”

“¿Y quién determina la ideología de clase? Toda la clase no puede reunirse para decidir lo que es bueno y lo que es malo. Pero debo decir que, en este sentido, el comunismo ha progresado. Logró contagiar a todo el mundo con esta noción del bien y del mal. Ahora no sólo los comunistas están convencidos de esto. En una sociedad progresista se considera inconveniente usar seriamente las palabras bien y mal. El comunismo supo inculcarnos a todos la idea de que tales nociones son anticuadas y ridículas”.

“Pero si nos quitan la noción de bien y mal, ¿qué nos queda? Nos quedan sólo las combinaciones vitales. Descendemos al mundo animal.” (De “En la lucha por la libertad”–Emecé Editores SA–Buenos Aires 1976).

Aceptando las tendencias consideradas en la Psicología Social, es decir, cooperación y competencia, puede decirse que el bien está vinculado a la actitud cooperativa (amor), mientras que el mal está asociado a la actitud competitiva (odio) y a las actitudes de indiferencia (egoísmo y negligencia). Mediante esta clasificación es posible hablar de una ética natural y objetiva que puede encuadrarse en el ámbito de la ciencia experimental.

La idea del relativismo moral promueve, entre otros aspectos, la creciente inseguridad urbana y rural. Y ello se debe a que, se acepta tácitamente, que el culpable de las acciones delictivas no es el delincuente, sino el “sistema socioeconómico”. La Gran Enciclopedia Soviética afirma: “El crimen constituye la característica de las sociedades basadas en la propiedad privada, la explotación y la desigualdad social”. Como la explotación y la desigualdad social también forman parte de los sistemas socialistas, tal afirmación queda sin sentido y pasa a ser una simple creencia.

A partir de esta creencia, resulta poco sorprendente que los guerrilleros de los setenta, a pesar de cometer más de 20.000 atentados y unos 1.500 asesinatos, sean hoy considerados como “jóvenes idealistas que luchaban por un mundo mejor”. Los familiares de los soldados argentinos caídos bajo las balas de quienes proponían un sistema totalitario, no recibieron ningún apoyo económico por parte del Estado ni tampoco un reconocimiento por parte de gran parte de la sociedad; todo lo contrario ocurrió con los integrantes de los grupos que buscaban el ingreso forzado de nuestro país a la influencia del entonces Imperio Soviético.

Jorge Bosch escribió: “Uno de los argumentos favoritos de los ideólogos de la desestructuración en el ámbito de la justicia, consiste en afirmar que el delincuente no es el verdadero culpable, sino que siempre hay alguien detrás de él, alguien más poderoso y en consecuencia perteneciente a clases sociales más altas, y además detrás de éste hay otro, y finalmente se llega a la estructura social propiamente dicha. Así, la culpabilidad del delincuente se diluye en el océano de un orden social supuestamente injusto”

“Llamo contrajusticia al conjunto de normas legales, procedimientos y actuaciones que, bajo apariencia de un espíritu progresista interesado en tratar humanitariamente a los delincuentes, conduce de hecho a la sociedad a un estado de indefensión y propicia de este modo un trato antihumanitario a las personas inocentes. Muchas veces este «humanitarismo» protector de la delincuencia es una expresión de frivolidad: «queda bien» hacer gala de humanitarismo y de preocupación por los marginados que delinquen, sin mostrar el mismo celo en la defensa de las víctimas y sin siquiera preocuparse por reflexionar seriamente y profundamente sobre el tema”. (De “Cultura y contracultura”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1992).

El apoyo evidente y decisivo a favor de la delincuencia proviene de la misma legislación vigente, ya que se considera inimputables a los menores de edad por los delitos cometidos, aun si son de extrema gravedad. De ahí que la propia ley constituya una especie de invitación a los mismos para que delincan tranquilamente. Gran parte de la sociedad, para fingir cierto interés social, se muestra preocupada por la “reinserción social” del delincuente, mientras poco se interesa por la desdicha de las victimas, y futuras victimas. Abel Posse escribió:

“El gatillo fácil lo tienen en nuestro país los delincuentes. La recuperación social y moral del delincuente es en todas partes (salvo en la Argentina) un episodio posterior al de desactivar su peligrosidad con la energía suficiente para que el representante del Estado y los ciudadanos o bienes amenazados no corran riesgos” (De “Criminalidad y cobardía”-Diario La Nación-10/Dic/2009)

El daño irreparable que se vislumbra al apoyar a la delincuencia, se presenta también en el propio ámbito educativo. Así como el menor delincuente tiende a burlarse de los policías por cuanto la ley así lo permite, el adolescente tiende a burlarse de maestros y profesores por cuanto los castigos permitidos y limitados poco efecto le provocan. Incluso sus mismos padres actúan como cómplices cuando apoyan las actitudes irrespetuosas de sus hijos.

Mientras en épocas pasadas el alumno que recibía una amonestación se sentía avergonzado, porque incluso sentía que avergonzaba a su familia por un comportamiento indebido, en la actualidad muestra cierto cinismo ya que sólo se siente afectado ante un castigo material, abolido hoy totalmente. Incluso no falta quienes promuevan también la abolición de los castigos morales, como las amonestaciones, debido al “poco efecto que producen”. Es decir, si el alumno no siente un mínimo de vergüenza ni muestra el menor síntoma de arrepentimiento por sus acciones indebidas, entonces ya no se lo debería castigar más. La ausencia de todo tipo de sanción será entonces considerada por el alumno como una muestra de que su conducta es la aceptada por la sociedad.

La delincuencia también se ve estimulada por los medios masivos de comunicación cuando legitiman la burla y la grosería, que resultan ser otro factor de violencia. Los asesinatos no sólo son cometidos junto a robos y asaltos, ya que existe un gran porcentaje de crímenes ocurridos entre personas conocidas, o entre desconocidos y sin motivo aparente, derivados casi siempre del trato irrespetuoso entre seres humanos, y que involucra incluso al que posee un aceptable nivel económico.

En la base de todo proceso en que predomina la anomia, está vigente una ideología, o una concepción de la realidad, que la favorece. Como se supone que la hipocresía no conviene adoptarse como actitud permanente, algo que en general todos estamos de acuerdo, se cae en el extremo de adoptar la actitud cínica. Pareciera que existe consenso en nuestra sociedad de que debemos tomar como referencia a los mandamientos bíblicos, pero para realizar exactamente lo contrario.