jueves, 6 de octubre de 2011

Acerca del catolicismo

Se asocia a la palabra “católico” el significado de “universal”, ya que la Iglesia que lleva esa denominación ha tenido como objetivo difundir el cristianismo en todo el planeta. En nuestra época, parece ser que tan sólo la ciencia experimental es la que ha logrado difundirse por todos los países del mundo con una similar aceptación, debido seguramente a la validez universal de sus resultados. De ahí que la Iglesia de Cristo debería contemplar la posibilidad de fortalecer sus fundamentos teniendo presentes los conocimientos aportados por la ciencia, especialmente observando los desarrollos de las ciencias sociales y humanas.

La crisis actual de la Iglesia Católica puede sintetizarse en los siguientes aspectos:

a) Predominancia de la actitud filosófica a la actitud ética.
b) Denuncias a sacerdotes por abusos de menores con aparente encubrimiento institucional.
c) Proliferación de herejías como la “teología marxista de la liberación”.

Si bien corresponde que las críticas a una institución religiosa surjan desde sus integrantes más representativos, no debe olvidarse que toda institución de trascendencia social influye de alguna manera en todos y en cada uno de los integrantes de una sociedad. Y como integrante de una sociedad surge el derecho individual a opinar sobre todo lo que a uno lo pueda afectar, tanto en forma positiva como negativa.

El primer aspecto considerado se refiere a la prioritaria valoración de la creencia, o postura filosófica respecto al mundo, sobre la respuesta ética del individuo ante la sociedad. Como el “Amarás al prójimo como a ti mismo” es bastante difícil de cumplir, se considera que el mérito del creyente recae en algo más sencillo; creer que el mundo funciona de cierta manera y no de otras posibles. Gerhard Szezesny escribió:

“Debe superarse el antiguo prejuicio, según el cual, el hombre «sin Dios» sólo sería un sujeto de segunda fila, que sólo puede vivir una existencia nihilista, destructora de todo el orden humano; en síntesis, que sería una especie de aparición diabólica que traiciona la verdad, la humanidad y la cristiandad” (Citado en “Psicoanálisis del ateísmo moderno”-Ignace Leep-Ediciones Carlos Lohlé-Buenos Aires 1963).

Una prueba evidente de este criterio lo tenemos en el caso de algunos sacerdotes que, aunque conozcan la Biblia de memoria o crean con sinceridad en los preceptos de la Iglesia, aún así realizan acciones perversas como es el caso del abuso de menores, incumpliendo totalmente el mandamiento de Cristo del amor al prójimo. Incluso es posible que muy pocos católicos hayan indagado, en la psicología social, por ejemplo, el significado de la actitud del amor, algo simple y práctico que generalmente queda oscurecido por definiciones derivadas de incomprensibles misterios.

De mayor gravedad aún ha sido la intromisión, en la Iglesia Católica, de la “teología de la liberación”, ya que la propia Iglesia, a través de tal ideología, se encargó de promover a guerrilleros y terroristas que produjeron miles de víctimas en muchos países, especialmente latinoamericanos. La incompatibilidad entre cristianismo y marxismo no se debe tanto a la oposición entre creyente y ateo, sino entre el amor cristiano y el odio marxista. Al respecto, P. A. Mendoza, C. A. Montaner y A. Vargas Llosa escriben:

“Es que la guerrilla nunca ha sido solución de nada en ninguna parte. En cambio, su capacidad destructiva en todos los campos: económico, moral, ecológico, jurídico; sus enormes costos de vidas, en dinero, en recursos, la ubican en un puesto de primera línea entre nuestros fabricantes de miseria, por encima del propio Estado burocrático y dirigista que hemos padecido, de las oligarquías sindicales, de los empresarios mercantilistas, de los anquilosados partidos y de la pauperización académica, aunque sí muy cerca de los eclesiásticos que le dan su apoyo en nombre de la Teología de la Liberación” (De “Fabricantes de miseria”-Plaza & Janés Editores SA-Barcelona 1998).

En cierta forma, la caridad cristiana es interpretada por muchos como una actitud de lástima hacia el inferior (el pobre) al que hay que darle una limosna. Luego, para ser virtuoso, es necesario que siempre haya pobres. Esto contrasta con la actitud del amor igualitario propuesto por Cristo. La valoración económica de las personas, asociada a una valoración ética, hace que se vea al pobre como virtuoso y al rico como inescrupuloso. Este podría ser un vínculo entre marxismo y catolicismo, pero es un vínculo en el error, ya que esta asociación de virtudes y defectos en función de una aptitud laboral no se corresponde con la realidad. J. Paternot y G. Veraldi escriben:

“La preocupación por la pobreza que se apoya en la ignorancia y el error económico aumenta la pobreza en vez de reducirla. Sería trágico que la opción de la Iglesia por los pobres sea de hecho una opción por la pobreza”. “A grandes rasgos, la Iglesia pasó de su posición original, «el capitalismo debe reformarse mientras que el comunismo es intrínsecamente perverso», a la convicción inversa”. (De “¿Está Dios contra la economía?”-Editorial Planeta SA-Barcelona 1991).

La utilización de la Iglesia para el desarrollo del marxismo en Latinoamérica fue descrito por Pablo Richard, quien escribió:

“Los movimientos cristianos eran como un gran cuerpo sin cabeza y los movimientos marxistas eran como una cabeza sin cuerpo. En América Latina se han reunido ambas corrientes: el cristianismo revolucionario y el marxismo revolucionario” (Citado en “¿Está Dios contra la economía?”).

En la historia del cristianismo, aparece la figura del Anticristo simbolizando el conjunto de personas y grupos que favorecen al odio y se oponen, por lo tanto, a las prédicas cristianas. Mientras el cristianismo propone el Reino de Dios, los grupos opositores proponen el Reino del Hombre, ejercido a través del Estado. Alberto Caturelli escribe sobre tales personas y grupos:

“Se caracterizan por una abolición paulatina o violenta de las individualidades originales que «hacen» la cultura, lo que lleva a la misma destrucción de la cultura auténtica y a la minimización y prostitución de lo universitario que fue creación del espíritu cristiano; la estatolatría tiende también a desarrollar al máximo el amor mundi pues el Estado se presenta como la realidad absolutamente final, sin un allende el Estado”.

“Esto lleva a los tiranos del siglo XX a la práctica de cierto «futurismo» más o menos absurdo y más o menos mesiánico como la «democracia universal», los «mil años» del nacionalsocialismo, o el «paraíso» soviético, o la «maravillosa realidad» de todas las realizaciones del peronismo «jamás superadas», etc.”

“Pero se engaña quien cree que esta violencia es de orden físico; es una violencia moral e interna contrapuesta al amor y por medio de la cual el tirano atraerá todo hacia sí mismo; exigirá entonces la adhesión íntima y completa que normalmente el hombre pone en Dios hasta convencer que fuera de él y sin él no hay «salvación» posible. El tirano viene en su propio nombre y todo ha de hacerse en su nombre. Él dará siempre la última palabra como signo de su «sabiduría» porque más allá de ella no hay apelación posible; él es «justo» y da la medida de la justicia de donde se sigue que la justicia es la arbitrariedad misma simiescamente vestida de justicia; es uno en el sentido de que es «único» y, por fin, es «omnipotente» por medio de todos los instrumentos de que dispone el Estado moderno”.

Mientras que el que acepta el camino indicado por Cristo, no teme la verdad y va siempre con ella, el que odia, porque se siente inferior y necesita destruir a su enemigo, nunca va a mostrar sus verdaderas intenciones y se cubrirá detrás de la mentira. De ahí que no tendrá inconvenientes en utilizar el disfraz de cristiano cuando ello convenga a sus planes. Alberto Caturelli escribió:

“Pero lo más grave, porque pone en evidencia el satanismo intrínseco, es la utilización de la mentira como sistema; la mentira que, es tendencia a la aniquilación del ser, se irá dosificando hasta rebalsar los bordes de capacidad de un pueblo” (De “El hombre y la historia”-Editorial Guadalupe-Córdoba-1956).

En cuanto al marxista auténtico, sin disfraces, resulta ser opositor al cristianismo. Ignace Leep, recordando sus etapas juveniles en el marxismo, antes de hacerse cristiano, escribe:

“Yo tenia plena fe en los escritos polémicos de autores marxistas, en particular de Lenin, y así estaba firmemente convencido de que los sacerdotes, pastores y todos los representantes oficiales de la religión, eran mentirosos e impostores conscientes, pagados por los capitalistas, para que consolasen al pueblo con la promesa de felicidades celestiales y éste no se rebelara contra el orden establecido y exigiera su parte de los bienes terrenales” (De “Psicoanálisis del ateísmo moderno”-Ediciones Carlos Lohlé-Buenos Aires 1963)

En cuanto a Cuba, el centro de adoctrinamiento de grupos guerrilleros que atacaron varios países latinoamericanos, escribe la médica Hilda Molina:

“El gobierno de Fidel Castro no tardó en mostrar su intolerancia religiosa. Ya en 1963 los colegios religiosos habían sido clausurados, miles de sacerdotes y religiosas expulsados del país, y yo me iba alejando de mi Iglesia” (De “Mi verdad”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2010)

Parece ser que no sólo la guerrilla marxista en Latinoamérica tuvo el apoyo de sacerdotes católicos, sino también la organización vasca ETA, según lo afirma Álvaro Baeza, quien titula un libro de su autoría como “ETA nació en un seminario” (ABC Press-Madrid 1997).

Recordemos que el amor está asociado al fenómeno psicológico de la empatía, por el cual nos ubicamos en el lugar de otra persona para compartir sus penas y sus alegrías. Esto contrasta notablemente con el odio, que se manifiesta a través de la burla y de la envidia. Mediante el amor al prójimo, se trata de establecer una verdadera igualdad entre los hombres, ya que involucra a todo ser humano, cualquiera sea su origen, nacionalidad u otros atributos. Mediante el odio, se establece una discriminación social que excluye principalmente al que tiene éxito económico, ya sea un individuo, un grupo o una nación. La “dictadura del proletariado” no es otra cosa que la barbarie orientada al robo de la propiedad y al asesinato de los integrantes de la “burguesía”, que en la actualidad es el empresariado.

La Iglesia Católica ha descendido a un lugar muy bajo en cuanto admite en su seno a personajes siniestros que impulsan ideologías del odio y la discriminación. Pero basta que quienes la usurpen digan que son “creyentes” para ser admitidos, mientras que si alguien sugiere que la Iglesia adopte una postura netamente ética, antes que filosófica, se responderá de una manera negativa por cuanto parece ser que la tradición y los símbolos resultan más importantes que la propia supervivencia del hombre como tal.