domingo, 18 de septiembre de 2011

Propiedad y poder



Entre los defensores del capitalismo y del socialismo existen acusaciones cruzadas respecto a que el otro sistema económico constituye un factor unificador de poder. Primeramente podemos hacer una muy breve síntesis de ambos sistemas:

Capitalismo privado:

1- Propiedad privada de los medios de producción
2- División o especialización del trabajo
3- Intercambio y distribución a través del mercado
4- Innovación empresarial para adaptarse al mercado

Capitalismo estatal (socialismo):

1- Propiedad estatal de los medios de producción
2- División o especialización del trabajo
3- Intercambio y distribución a través de una planificación central
4- No existe necesidad de innovación, pero puede ser realizada por los planificadores

Respecto de la concentración de poder, puede apreciarse que en el capitalismo privado es posible la aparición de grupos económicos que dominarán el mercado de un país o incluso del mundo entero. Pero este poderío podrá establecerse como una consecuencia de realizar una eficaz producción siendo el éxito económico una consecuencia de ese accionar. Ante la expresión de P.J. Proudhon de que “la propiedad es el robo”, Alain le responde: “Me causa horror porque veo que los dos términos así unidos son deformados desvergonzadamente al estar la propiedad esencialmente ligada al trabajo, mientras que el robo se define por la adquisición sin trabajo” (Del “Diccionario del lenguaje filosófico”-Paul Foulquié-Editorial Labor SA-Barcelona 1966).

En cuanto a la concentración de poder en una economía socialista, a través de la propiedad estatal de los medios de producción, no sólo se establece un poder económico central sino que el Estado constituye también un poder militar, jurídico, político, etc. Wilhelm Röpke escribió:

“Puede decirse que el jefe de un Estado colectivista es el mayor propietario que la historia ha conocido, porque es «dueño» de todo un país, en el único sentido en que puede poseerse algo tan gigantesco” (De “La crisis social de nuestro tiempo”-Revista de Occidente-Madrid 1947).

Cuando los partidarios del socialismo critican “la concentración de poder económico” del capitalismo privado, proponiendo una concentración de poder, no sólo económico, sino también político y militar, surge un interrogante inmediato. ¿Se supone que el ciudadano común es tan ingenuo e ignorante como para no ver claramente el absurdo? ¿o bien es el propio pensamiento socialista el que “goza” de tales atributos?. Wilhelm Röpke escribió al respecto:

“El problema de la propiedad en nuestra época es el de concentración de la propiedad, y es absurdo pretender solucionar un problema de concentración por medio de la superconcentración. Los socialistas critican justamente que en ciertos casos la propiedad y el dominio de los medios de producción hayan llegado a concentrarse en manos de grupos cada vez menos numerosos, pero al mismo tiempo proponen completar esta concentración creciente reemplazando a los pocos propietarios por uno solo. ¡Y qué propietario! El Estado nada menos; que es ya nuestro señor político y que entonces, como propietario de los medios de producción, agregaría a su monopolio del poder físico aquel otro poder económico”.

“Quien considera la estatización como solución, opinará, en consecuencia, que todo estará resuelto con transferir a un peón jardinero de un jardín privado a un parque publico, donde puede sentirse feliz imaginándose propietario que participa de una partícula ultramicroscópica de él. Naturalmente, en vez de constituir una solución del problema de la propiedad, esto desemboca, por el contrario, en su agudización extrema. Pues si el obrero, luego de una extensa estatización, no se encuentra ya con un gran número de patronos sino frente a uno solo, que a la vez es uno mismo con el gobierno, la policía, las autoridades militares y los tribunales, entonces considerará la situación anterior como un paraíso de libertad; pero ni siquiera tendrá libertad para expresar este sentimiento. Mas lo peor de todo sería que ese Estado omnipotente, mediante la propaganda continua e intolerante ya de oposición, llegará a despojarlo hasta del sentimiento de libertad y del pensamiento independiente”.

“La concentración –concentración de la propiedad, del poder económico, de la producción, de los hombres, del dominio político- es el problema de nuestra época. El remedio consiste en la descentralización, y no en la superconcentración. Esta última, empero, es precisamente lo que significa el socialismo”.

“Son todas estas verdades tan evidentes que no cabe ante ellas ninguna discusión. La única cuestión interesante es la de cómo la idea tan absurda de la estatización como solución del problema de la propiedad haya podido encontrar tantos adherentes. Ya hemos insinuado la inquietante posibilidad de que estemos aquí frente a un síntoma de la psicopatología colectiva de nuestro tiempo” (De “La crisis del colectivismo”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1949).

Cuando se habla del “poder del Estado”, en realidad debemos hablar del poder efectivo establecido a través de los políticos que dirigen el Estado. Tales personajes buscan el poder absoluto sintiéndose motivados, quizás, por pertenecer a una clase política elegida, o bien por otras creencias difíciles de imaginar por quienes no tengamos semejantes delirios de poder y grandeza. Andrei Sajarov escribió:

“Aunque a diario los altavoces sugieran al ciudadano medio soviético que él es el dueño del país, este ciudadano comprende perfectamente que los verdaderos amos son los que, arrellanados en los asientos de sus lujosos, negros y blindados automóviles, ve pasar cada día, mañana y tarde, por las calzadas desiertas. Este ciudadano no ha olvidado de qué manera fue desposeído de sus bienes su abuelo, el kulak, y sabe, también, que hoy su suerte personal depende por entero del Estado; de las autoridades, próximas o lejanas; del presidente de la Comisión de Vivienda; del presidente del Sindicato, el cual puede hacer entrar o no a su hijo en el jardín de infantes; y también, con seguridad, del confidente del KGB que trabaja a su lado”.
“Llegado el momento de las elecciones, el ciudadano deja caer en la urna electoral su papeleta, en la cual figura un único y obligado candidato. No puede dejar de reconocer cuánto le humillan estas «elecciones sin elección»; no puede dejar de ver hasta qué punto esta pomposa ceremonia constituye un ultraje contra el sentido común y la dignidad humana. Pero prefiere cerrar los ojos. Le han amaestrado y, para poder vivir, actúa como le mandan. El ciudadano soviético es el fruto de la sociedad totalitaria y, por el momento, también su apoyo” (De “Mi país y el mundo”-Editorial Noguer SA-Barcelona 1976)

Si buscamos una analogía con etapas pasadas de la humanidad, podemos encontrar sociedades con autoridades que ejercían un poder absoluto sobre sus subordinados, similar al socialismo real de épocas recientes. Rubén H. Zorrilla escribió:

“El Egipto antiguo se basó en una economía natural (no existe un mercado de precios) dirigida por el Faraón como una hacienda propia, es decir, como un patrimonio personal. No hay propiedad privada. Todo lo que existe pertenece al Faraón. Cada campesino o artesano se queda con una cierta cantidad de lo producido para su propio sostenimiento: el resto lo deposita en los templos (que funcionan también como talleres) para que el Faraón lo distribuya entre guerreros, sacerdotes, escribas y servidores. Las cuotas respectivas de este reparto las establece el dueño de la inmensa hacienda: el Faraón. Un extendido aparato administrativo controla las cuentas de la vasta unidad productiva. Inspectores y enviados especiales vigilan a los centros de poder distribuidos en el territorio. Un férreo centralismo estructura todo el dispositivo” (De “Principios y leyes de la Sociología”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1998)

Autores como Röpke, von Mises, Hayek, etc., que previenen a la sociedad de los peligros que acarrea la tendencia hacia el socialismo, son considerados generalmente como “ideólogos peligrosos” que promueven el no menos “peligroso” liberalismo, o neoliberalismo. Si bien el pensamiento socialista actualmente prefiere confiscar las ganancias del sector productivo, en lugar de las empresas en forma directa, no debemos permitir que se establezca “democráticamente” un Estado concentrador del poder absoluto ante la posible llegada de un nuevo Stalin, o un Hitler, o un Fidel Castro. Un nuevo dictador, en la actualidad, no tendría que empezar a conquistar el poder en forma paulatina, ya que los Estados actuales tienden incluso a cambiar las Constituciones nacionales a la espera, pareciera, del advenimiento de un líder totalitario. Wilhelm Röpke escribió:

“Cualquier nuevo Hitler –sea cual fuere el color de moda que vistiera- se estrellaría contra una fuerza obrera libremente organizada y educada en el pensamiento liberal. Pero la estatización de las industrias básicas significaría que ese Hitler ni siquiera se vería ya en la necesidad de convencer a industriales tontos o inescrupulosos. Le bastaría con dar unos gritos a funcionarios de éste o aquel ministerio. El que, en tal economía estatizada, dominara el Estado, dispondría de un poder por el que un Hitler tuvo primero que luchar durante años” (De “La crisis del colectivismo”).

El fundamento teórico del socialismo, incluso su atractivo para quienes poco se han interiorizado en los resultados logrados, radica en que considera a los medios de producción como el vínculo entre los hombres, que será el fundamento de la sociedad comunista. Esta vez no serán los sentimientos humanos, como el amor al prójimo, el vínculo que une a los seres humanos, sino los medios de producción. Es fácil advertir que el hombre se ata a través de vínculos materiales, perdiendo su libertad, y se une libremente a través de vínculos afectivos. Reemplazar el símbolo del amor, la cruz cristiana, por el símbolo socialista, la hoz y el martillo, ha implicado bastante sufrimiento para gran parte de la humanidad. Sólo hace falta un poco de honestidad y sentido común para revertir la situación.