viernes, 16 de septiembre de 2011

La pérdida de la dignidad


Existen muchas posibles maneras de describir el origen de las crisis que afectan a las sociedades actuales y que afectaron a las sociedades del pasado. Si se logra una adecuada descripción de dichas causas, será posible, en principio, evitar, o al menos entender, las futuras crisis que puedan venir. Muchos son los que concuerdan en que los problemas esenciales de la sociedad se resuelven mediante la educación. Pero, de inmediato, surge el problema acerca de qué criterio educativo, entre varios posibles, será el que conviene adoptar. Por lo que estamos nuevamente en el punto de partida a la espera de una solución.

Podemos también considerar, como origen de las crisis sociales, a la desnaturalización del ser humano, que no es otra cosa que la pérdida de la dignidad, por la cual nos distanciamos afectivamente de la sociedad y de la humanidad en su conjunto. También aquí surge un conflicto respecto de lo que entendemos por naturaleza humana, si bien tenemos unas pocas posibilidades de elección.
La dignidad ha sido definida por algunos pensadores, como J. Lacroix, quien escribió:

“La dignidad es el carácter de lo que tiene valor de fin en sí, y no solamente de medio. No hay que confundir precio y dignidad. Una cosa tiene precio cuando puede ser reemplazada por otra equivalente, pero lo que no tiene equivalente, y por tanto, está por encima de todo precio, tiene una dignidad. Sólo las personas tienen una dignidad o valor; las cosas sólo tienen un precio”.

También a la dignidad humana se la ha asociado a la virtud personal y al predominio de valores éticos en el individuo, por lo que J. L. Vives escribió:

“Dignidad es, o bien la buena opinión que tienen los hombres, granjeada en justicia por la virtud, o cierto decoro que asoma al exterior de la virtud, que vive recatada en la más entrañable intimidad” (Citado en el “Diccionario del lenguaje filosófico”).
Finalmente, la dignidad es lo que nos caracteriza como seres humanos y nos da nuestra esencia de tales. Existe incluso una “moral de la dignidad humana” que ha sido definida por Paul Foulquié como:

“Doctrina según la cual el principio fundamental de la moral es el respeto a la naturaleza humana en sí y en los demás. Está implicada en toda moral puramente racional, por ejemplo en la moral de los estoicos, para quienes es preciso vivir conforme a la propia naturaleza de hombre, es decir, conforme a la razón. Antaño centrada en los deberes hacia sí mismo, hoy considera sobre todo los deberes hacia los demás” (Del “Diccionario del lenguaje filosófico”-Paul Foulquié-Editorial Labor SA-Barcelona 1967).

La ciencia, al igual que la religión natural, admiten la existencia de leyes naturales, y luego, de un orden natural, al cual nos debemos adaptar, mientras que las ideologías que predican la violencia aceptan sin discusión las sugerencias de un líder al que se someten intelectualmente. Desde el punto de vista del conocimiento humano, las discusiones no pueden llegar a tener una conclusión aceptada por las partes litigantes cuando una de ellas toma la realidad como referencia (actitud científica) mientras que la otra parte toma como referencia la opinión de un ideólogo determinado. Wolfgang Goethe escribió: “El verdadero, único y más hondo tema de la historia del mundo y de la Humanidad, al cual están subordinados todos los demás, es el conflicto entre la incredulidad y la fe”. Diríamos, en el caso tratado, incredulidad respecto de la existencia de un orden natural y fe en su existencia.

Y aquí llega el momento de definir la orientación que deberíamos dar a nuestras acciones para hacerlas compatibles con la mencionada “naturaleza del hombre”. Una de las orientaciones posibles consiste en el predominio de nuestra actitud cooperativa, asociada al amor al prójimo, mientras que la otra postura es la que propone el predominio de actitudes competitivas, como es el odio. Nótese que tanto el amor como el odio son actitudes inherentes a nuestra naturaleza por lo que es tan “natural” una como la otra. Sin embargo, los resultados que se obtendrán siguiendo uno u otro camino, diferirán notablemente.

Quienes sostienen que debe imperar la actitud cooperativa, consideran que los que apoyan y proponen actitudes beligerantes, han perdido su dignidad humana, siendo la opinión del otro sector bastante similar en ese aspecto, por lo que ambas posturas resultan irreconciliables. De ahí que el triunfo de la actitud cooperativa sobre la beligerante deberá darse, alguna vez, por consenso de una mayoría.

Para quienes adhieren a una ética natural elemental, el robo y la violencia son inaceptables en cualquier circunstancia. Sin embargo, algunas ideologías, con bastante trascendencia histórica, los consideran como los medios básicos que caracterizan a sus acciones. Bertrand Russell escribió:

“Algunos socialistas esperan que la propiedad comunal vendrá de repente y traída absolutamente por una revolución catastrófica, mientras que los sindicalistas piensan que vendrá gradualmente, primero en una industria, luego en otra. Algunos insisten en que es necesario que el pueblo adquiera en su totalidad la tierra y el capital; mientras que otros se contentarían con ir viendo desmoronarse lentamente la propiedad privada a condición de que ésta no quedase dividida en grandes partes” (De “Los caminos de la libertad”-Hispamerica Ediciones Argentina SA-Buenos Aires 1983).

En lugar de tratar de construir una empresa y de esa forma dar trabajo a varias personas, muchos proponen expropiar las existentes. En la nueva modalidad, se pretende que el Estado confisque las ganancias que las empresas obtienen. Esta actitud deriva de una errónea afirmación de Karl Marx, y es la que establece que el trabajo es el único factor de la producción, ignorando a las materias primas, el capital, la gestión empresarial, etc. por lo cual sostiene que el empresario siempre, y sin excepción, explota al trabajador quitándole gran parte de lo que le corresponde por su trabajo.

En cuanto a una posible “acción bienintencionada” a través del odio, existe una contradicción elemental, por lo que resulta ser un hecho incompatible con la realidad. El odio implica alegrarse por el mal ajeno (manifestado por medio de la burla) y entristecerse por el bien de los demás (manifestado a través de la envidia). De ahí que pocas veces podemos esperar algo bueno de quienes predican el odio a un nivel generalizado. Que utilicen una máscara de humanismo para emitir sus ideas, es algo bastante distinto. Aldous Huxley escribió:

“Varios millones de paisanos fueron muertos de hambre deliberadamente en 1933 por los encargados de proyectar los planes de los Soviets. La inhumanidad acarrea el resentimiento; el resentimiento se mantiene sofocado por la fuerza. Como siempre, el principal resultado de la violencia es la necesidad de emplear mayor violencia. Tal es pues el planteamiento de los Soviets: está bien intencionado, pero emplea medios inicuos que están produciendo resultados totalmente distintos de los que se propusieron los primeros autores de la revolución” (De “El fin y los medios”-Editorial Hermes-México 1955).

Según el autor mencionado, son “bien intencionados” los que, por algún error, matan de hambre deliberadamente a millones de personas. Esta actitud implica cinismo y una burla a la dignidad humana. El cumplimiento de los planes de los ideólogos del odio resultaría entonces más importante que la propia vida de millones de seres humanos; algo absurdo. Cuando alguien se pregunta porqué se les perdonan los crímenes a los comunistas y no a los nazis, siendo que los primeros exterminaron a una cantidad bastante mayor de personas, entonces se les podría decir, aceptando el criterio de Huxley, que los comunistas tenían “buenas intenciones”, mientras que los nazis no las tenían.

El predominio de la violencia verbal e ideológica, revestida de “humanismo”, se ha hecho bastante común en épocas de severa crisis social. En la Argentina, desde la Presidencia de la Nación, alguna vez se dijo que la Jefa de la Agrupación Madres de Plaza de Mayo, debía considerarse como “la madre de todos los argentinos”, o algo similar. De ahí que se la considere como un ejemplo de vida que deberíamos contemplar o, incluso, imitar. Para conocerla un poco, podemos mencionar algunas de sus opiniones. Cuando muere Juan Pablo II, expresó: “Nosotras deseamos que se queme vivo en el infierno”. “Es un cerdo. Aunque un sacerdote me dijo que el cerdo se come, y este Papa es incomible”. Luego del atentado a las Torres de New York, expresó: “Yo estaba con mi hija en Cuba y me alegré mucho cuando escuché la noticia. No voy a ser hipócrita con este tema: no me dolió para nada el atentado”.

Quienes están motivados por el odio, ven la sociedad dividida en sectores sociales a los que se los puede considerar como amigos o bien como enemigos, unificando a éstos en un solo grupo. De ahí viene la tendencia al partido político único, propio de los sistemas totalitarios. Bertrand Russell escribió: “La mayoría de los hombres tienen instintivamente, para proceder, dos códigos totalmente distintos; uno, para los que consideran compañeros, colegas o amigos, o para cualquiera de los miembros de su mismo grupo; otro, para los que juzgan como enemigos, parias o peligrosos para la sociedad. Los reformadores radicales están dispuestos a concentrar toda su atención en la conducta que la sociedad tiene para este segundo grupo, por el que sienten una gran repulsión y enemistad”.

Además del odio natural que puede surgir en un individuo debido a las circunstancias adversas de su vida, se le puede agregar el odio inducido, en cuyo caso su vida caerá por una pendiente difícil de revertir. El que odia pierde su dignidad y su esencia humana, porque acepta implícitamente su inferioridad, pero el que induce masivamente el odio contra algún sector de la sociedad, pasará a ser una especie de monumento viviente a la indignidad. Friedrich Nietzsche escribió: “No se odia mientras se menosprecia. No se odia más que al igual o al superior”.

Aunque se hable a cada rato de favorecer la inclusión social, debe tenerse presente que el odio es excluyente en dos sentidos. En primer lugar lo es para el que se siente marginado de la sociedad y es el que, además, recibe incitaciones a intensificarlo por parte de algún agitador de masas. En segundo lugar, se busca excluir de la sociedad, a través de calumnias y difamaciones, a quienes tienen algún tipo de éxito social, y a quienes se los considera como integrantes o cómplices del grupo considerado “enemigo del pueblo”.

Quien se considera un individuo pensante y, por lo tanto, ciudadano del mundo, pocas veces verá a otro ser humano como integrante de algún subgrupo de la humanidad, sino que tenderá a mirarlo como a un igual. Por el contrario, el que sólo se considera una parte de algún grupo o sector social, tendrá la predisposición a buscar el afianzamiento del propio grupo a través del antagonismo que las diferencias intergrupales generan.