lunes, 22 de agosto de 2011

Corrupción

Uno de los males que afronta la mayoría de las naciones es la corrupción, en sus diversas formas. Este flagelo surge del egoísmo predominante en muchos individuos y su asociada falta de patriotismo. Es también una actitud antisocial que surge de la ausencia de un “sentimiento de comunidad”. Alfred Adler escribió: “De la ley del movimiento del neurótico forma parte, desde su más tierna infancia, la retirada ante los problemas que puedan poner en peligro su acusada tendencia a superar a los demás y a ser siempre el primero, tendencia excesivamente desligada del sentimiento de comunidad”. “Su impaciencia, su avidez, su emotividad acrecentada, comparable a la del que vive en país enemigo, engendran agudos y frecuentes conflictos, le facilitarán enormemente la retirada ya prescripta por su estilo de vida” (De “El sentido de la vida”-Luis Miracle Editor-Barcelona 1959).

Cuando la corrupción se establece fuera del Estado, aún queda este último para controlarla. Cuando surge del Estado mismo, se torna más peligrosa. Mariano Grondona escribió:

“En los países subdesarrollados, la corrupción no se vive como una ocasión, sino como una vocación: con frecuencia no se ingresa en la política o en la administración pública con un deseo de servicio que quizá sea desvirtuado por alguna tentación, sino con la intención deliberada de enriquecerse” (De “La corrupción”-Editorial Planeta Argentina SAIC-Buenos Aires 1993)

La corrupción generalizada proviene también de la ausencia de condena social y de, incluso, cierta complacencia por quien mejoró su situación patrimonial luego de un breve paso por la política. Hace algunas décadas, el lema de la campaña política de Adhemar Barros, en Brasil, era: “Roba pero hace”, expresión que iba a ser aceptada sin inconvenientes por parte de una sociedad permisible ante la corrupción. Agrega Grondona:

“Mientras que en los países desarrollados hay actos de corrupción, sobre todo en las altas esferas del poder, los países subdesarrollados padecen un estado de corrupción. Los ilícitos suelen ser casi abiertos, casi evidentes porque no existen expectativas de castigo y más bien se da por sentada la impunidad. En cambio quien estuviese dispuesto a cometer un acto de corrupción en un país desarrollado sabría que, además del obvio castigo penal, lo espera una sanción social, cuando no familiar”.

Por lo general, la corrupción apunta hacia el logro de dinero y de poder. Cuando se logra todo ello, se aspira luego a “ser parte de la historia” imaginando un lugar en los libros de esa rama del conocimiento que serán editados en el futuro. Aun con todos los padecimientos que debe afrontar cotidianamente gran parte de la sociedad, un político argentino habló alguna vez de la “sensualidad del poder”, y no de la responsabilidad que debería sentir quien toma decisiones que afectarán la vida de gran cantidad de seres humanos. Existe una especie de lema de la corrupción: “A los amigos se les entrega el corazón; a los enemigos se les parte el corazón, a los indiferentes se les aplica la legislación vigente”.

Entre los problemas de corrupción más frecuentes encontramos la vinculación existente entre políticos y empresarios. Por lo general, los empresarios ineficaces buscan el apoyo ilegal de quienes dirigen al Estado, previo pago de sobornos, para el logro de ventajas económicas que difícilmente lograrían a través del libre accionar bajo las reglas del mercado. El intervencionismo estatal, en economía, tiende a favorecer este tipo de corrupción. Carlos Mira escribió:

“El corporativismo constituye un sistema por el cual parte del sector privado (es decir, personas que no son funcionarios en sentido estricto) entra en una asociación perversa con el Estado por vía de la cual se suprime la competencia en campos diversos de la actividad económica. Por dicha vía se establece una alianza entre ciertos sectores productivos generadores de recursos económicos y el Estado (léase sus funcionarios de carne y hueso) para borrar de la escena a los sectores mal avenidos”.

“Este esquema estimula y contribuye a un statu quo que inmoviliza a la sociedad y que inhibe al individuo de desarrollar innovaciones que resquebrajen esa estratificación privilegiada, con lo cual se favorece el nacimiento de una nobleza feudal compuesta por los funcionarios, los capos sindicales y los señores empresarios cooptados, cuyo objetivo primordial pasa a ser la propia preservación del sistema” (De “La idolatría del Estado”-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2009).

Una de los objetivos buscados por los políticos intervencionistas es la estatización de empresas privadas para otorgar empleos adicionales a sus seguidores. Escribe Jean-Françoise Revel:

“La distribución de empleos públicos o parapúblicos inútiles y remunerados por la colectividad, con objeto de asegurarse la fidelidad o reclutar una clientela política, constituye otra forma de corrupción, otra perversión de la democracia, y corresponde más o menos a la noción jurídica de estafa”. “La excesiva estatización de la economía es una de las principales fuentes de corrupción a través del mundo. Cuanto mayor es la supremacía del poder político sobre el poder económico, más fácil y tentador es utilizar el poder político para enriquecerse. La famosa separación de poderes, fundamento de toda democracia, debe pues aplicarse también al poder económico” (De “El renacimiento democrático”-Plaza & Janes Editores-Barcelona 1992).

El ciudadano común, por lo general, critica severamente la excesiva posesión de dinero, a veces sin interesarse por el origen del mismo. Revel escribe:

“Tanto como maldicen las fortunas capitalistas, fruto de un crecimiento del patrimonio nacional, toleran al mismo tiempo las fortunas políticas, fruto de un dinero que les han robado. Su indulgencia hacia el cohecho recuerda los sentimientos de América latina, donde en teoría se rehúsa a los inversores capitalistas el derecho a enriquecerse que se concede por el contrario con liberalidad a los dirigentes políticos o a sus amigos”.

“Cristianos y marxistas condenan el poder del dinero bajo su única forma capitalista y mercantil, distinta del poder político. Lo aceptan, por el contrario, cuando los dos poderes se confunden, es decir, cuando el Estado se convierte en una máquina de producir dinero para quienes le ocupan, o, lo que viene a ser lo mismo, una máquina que sirve para procurarles indirectamente un nivel de vida que de ordinario sólo una gran fortuna puede procurar a los particulares”.

“Esta avidez cubierta de hipocresía, esta preferencia concedida al enriquecimiento parasitario sobre el enriquecimiento productivo, este ánimo, sin embargo, de ocultar uno y otro, el primero porque es delictivo, y el segundo porque es impopular, determinan, entre otras taras, uno de los caracteres más esterilizantes de la sociedad francesa: prohíben a la fortuna privada aportar su concurso al bien público”.

Generalmente, quien estafa de alguna manera a toda la población y a nadie en particular, no siente culpabilidad alguna porque, aduce, “no le hace mal a nadie”. Aquí aparece la tenue línea divisoria entre ética individual y social, siendo la ética social la que nos impone un adecuado nivel de moralidad ante la sociedad en general, aun cuando no se trate de una persona visible y cercana. Revel escribe al respecto:

“La corrupción engendra pronto un estado de espíritu que hace perder el sentimiento de haber cometido un acto delictivo o una indelicadeza estafando a sus compatriotas en sus bienes. Un individuo de la más orgullosa integridad, que se suicidaría antes que robar diez francos del bolsillo de una anciana, se transforma en un vulgar ratero cuando la misma anciana ya no es, para él, más que una gota de agua anónima en el océano de los contribuyentes”.

En cuanto a las severas crisis sociales y económicas de los países, puede decirse que están muy ligadas al nivel de corrupción existente. Escribe Revel:

“Los Estados en los que la democracia comienza a desnaturalizarse por la corrupción, deben asfixiarla después cada vez más para sobrevivir, especialmente porque deben amordazar al poder judicial para evitar a sus dirigentes las condenas en que incurren. El combate político se desarrolla entonces casi exclusivamente en el terreno del espectáculo. Poco importan las trampas cometidas, poco importan los resultados reales de la acción. Ya sean buenos o malos, lo que cuenta es la impresión recibida por la opinión pública o, por decirlo mejor, la que se logra que reciba. Por lo tanto el dirigente ya no va a actuar sobre lo real, esperando que los ciudadanos hagan justicia a lo que ha hecho de positivo, sino directamente sobre la opinión pública y sobre la representación que se forma de las cosas, independientemente de su sustancia. Los gobernantes se convierten así, por la vía de los sondeos, en esclavos de los gobernados, no de su bien, sino de sus impresiones. Se establece de esta suerte una complicidad resignada entre los poderes públicos, la prensa y el pueblo para silenciar, después de un periodo de agitación y de indignación, los cohechos perpetrados por los primeros, denunciados por la segunda y pagados por el tercero. ¿Pero una democracia resignada sigue siendo democracia?”

Otras de las formas de corrupción, que se ha agregado a las anteriores, es la especulación. Mediante estas prácticas, el individuo carente de ética social obtiene dinero sin realizar ninguna creación de bienes o servicios para un posterior intercambio en el mercado. Debe tenerse en cuenta que existe una delgada línea divisoria entre una inversión legal y la especulación. En el primer caso, un individuo compra acciones en la bolsa de valores aportando capital para una empresa productiva, esperando sus ganancias respectivas. En el otro caso sólo tiene en cuenta la inmediata reventa de la acción para obtener una ganancia directa.

Aquí aparece una limitación en cuanto a la posibilidad de control por parte del Estado siendo la propia conciencia del individuo quien le imponga limitaciones a su accionar. Es el mismo tipo de freno ético que nos impone el rechazo de actividades lucrativas, y destructivas a la vez, como es el caso del tráfico de drogas adictivas. La mayoría de las personas eligen sus actividades laborales contemplando varios objetivos, y no solamente el rendimiento económico. Es oportuno decir que el especulador, tarde o temprano, se verá a si mismo como una especie de parásito antisocial en el que, seguramente, bajará su nivel de autoestima. Como siempre ocurre, los perjuicios a la sociedad serán perjuicios simultáneos para el individuo que los comete.

Los principios éticos son los que deben orientar las acciones humanas, en lugar de buscar justificativos como es el caso de la tendencia a optimizar ganancias siguiendo las tendencias del mercado. Si bien el mercado es un sistema económico eficaz, nunca debe ser una guía para nuestras decisiones cotidianas. Tampoco resulta ser una solución eficaz la anulación del mercado por cuanto ello llevaría a problemas bastante mayores todavía.