miércoles, 24 de agosto de 2011

Cambios sociales graduales vs. abruptos

Las sociedades en crisis buscan cambios que les permitan lograr mejores condiciones de vida. En esa posibilidad estamos todos de acuerdo. La divergencia de opiniones radica en el modo, gradual o breve, en que debería realizarse ese cambio. H. M. Johnson escribe:

“El tipo de cambio estructural más importante es el cambio en los amplios estándares que hemos llamado valores”. “Podemos dar un ejemplo de cambio de valores en un nivel concreto: la transición de un tipo de sociedad feudal a un tipo de sociedad industrial-comercial. Estos cambios no se producen en un periodo de tiempo breve, sino que toman generaciones; se manifiestan en graduales corrientes a largo plazo con altibajos en distintos periodos” (De “El cambio social” de H. M. Johnson y otros-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 1967).

Si el cambio social implica el afianzamiento de normas y valores, la crisis significará, justamente, el limitado acatamiento de normas por parte de la población. Gino Germani escribió (en el libro citado):

“Lo que Durkheim llamaría anomia, Thomas y Znaniecki lo denominan «desintegración social» y se produce por «la disminución de la influencia sobre los miembros del grupo, de las existentes reglas sociales de conducta»”.

Para quienes el hombre tiene ideas y experiencias propias, que actúan como una especie de inercia mental, el cambio gradual de mentalidad sería el camino adecuado para el progreso social. Por el contrario, para quienes el hombre actuaría principalmente por influencia del medio social, el cambio abrupto (revolución) sería el adecuado para dicho progreso. Se supone en este caso que la costumbre hará placentero lo cotidiano ya que no existiría algo tal como una naturaleza humana ni tampoco un orden social con el que nos presiona la ley natural.

Desde la psicología social, todo cambio individual, luego social, es factible debido a la posibilidad de cambio de la actitud característica del individuo. El cambio se ha de producir a través de la incorporación de nuevos conocimientos, es decir, de mayor información acerca del mundo que lo rodea, especialmente información con contenido ético. De ahí que el cambio ha de ser limitado, sin que se conozca de antemano tal limitación. Podemos decir que si la información es verdadera, el individuo mejorará su actitud; todo lo contrario si se trata de información errónea. Edwin Hollander escribió:

“En general, cuando un individuo adquiere información nueva, puede ocurrir que, merced a una reorganización de su campo psicológico, sus actitudes se modifiquen. El potencial de la experiencia nueva se inclina siempre hacia dicho cambio. La estructura de las actitudes, no obstante, tiende a la estabilidad” (De “Principios y métodos de psicología social”-Amorrortu Editores-Buenos Aires 1968).

Existen ciertas analogías entre el cambio que se produce en un individuo y el que se produce en una sociedad. Si queremos encontrar la forma en que se produce el progreso personal individual, podemos considerar las componentes afectivas de la actitud (amor, egoísmo, odio, indiferencia) y también las componentes cognitivas (referencia en la realidad, en uno mismo, en otra persona, en lo que piensa la mayoría). Podemos decir que el progreso personal implica la tendencia hacia la actitud cooperativa del amor y también hacia la adopción de la propia realidad como la referencia que habremos de adoptar para comparar todo nuevo conocimiento que pretendamos incorporar a nuestra memoria.

En cuanto al progreso social, podemos decir que también se deberá al cambio personal en quienes componen al grupo social. Quien mejor manifestó la secuencia del cambio cognitivo ha sido Auguste Comte al describir la secuencia por la que se produce el avance cultural de la humanidad, y son las etapas teológica, metafísica y positiva, que vendrían a ser las etapas religiosa, filosófica y científica, siendo esta última la que se identifica con la adopción, a nivel individual, de la propia realidad como referencia a adoptar, como se dijo antes.

En los movimientos totalitarios, que encuentran en la revolución el medio para el cambio abrupto de la sociedad, se observa que se basan en el estimulo del odio de las masas adoptando como referencia, no la realidad, sino la opinión personal de un líder político que, generalmente, apunta a la destrucción del “enemigo causante de todos los males sociales”. En estos movimientos se nota un efecto de cambio negativo, que lleva a los pueblos hacia épocas de violencia que deberíamos haber superado hace bastante tiempo. Jean-François Revel escribió:

“La idea de revolución descansa sobre la convicción de que se puede aportar un remedio único, masivo, radical, inmediato y definitivo al mal estado en que se juzga que se encuentra la sociedad. Esta convicción supone a su vez que la sociedad sufre de una sola enfermedad bien determinada, universal y nefasta. A un azote único, operación quirúrgica única. Todo iría bien si se suprimiera la realeza por los convencionales, la superstición por los filósofos de la Enciclopedia, el capitalismo por Marx, la propiedad por Rousseau y Proudhon” (De “El Renacimiento democrático”-Plaza & Janes Editores-Barcelona 1992)

Luego de las experiencias nefastas producidas por el fascismo, el nazismo y el comunismo, no resulta difícil encontrar explicaciones adecuadas. Lo que resulta difícil es aceptar que en la actualidad debamos seguir discutiendo sobre ideológicas que siguen teniendo adeptos a pesar de las grandes catástrofes sociales que promovieron a lo largo y lo ancho del mundo.

En todo movimiento de cambio, no sólo se produce una resistencia al mismo, sino que también se producen resultados opuestos a los esperados especialmente cuando se parte de la idea errónea del “único mal a combatir”. Agrega Revel:

“La fase llamada transitoria se vuelve rápidamente la única: una eternidad provisional. Además, por un mimetismo paradójico, los revolucionarios comienzan por copiar los males mismos que deberían extirpar. Los jacobinos querían destruir el absolutismo y establecieron una dictadura que, en comparación, la antigua monarquía parecía y era liberal. Los bolcheviques querían suprimir la explotación del hombre por el hombre, y explotaban al hombre más ferozmente que cualquier otro régimen, le sometían, le encadenaban a una máquina económica averiada, esterilizada por culpa suya, y a la cual inmolaban individuos por millones. Los revolucionarios de 1968 creían luchar contra el imperialismo y para el pleno desarrollo de todas las libertades personales, para la abolición de los aparatos represivos, y dirigían sus ataques mayormente contra las democracias, tomando como modelo de sociedad el totalitarismo senil y sanguinario de Mao Tse-Tung”.

Los movimientos de masas no aspiran a transformar al hombre masa en un individuo pensante, sino que lo usan como un simple medio para combatir al “enemigo”; enemigo real o imaginario utilizado como pretexto para justificar el accionar del político totalitario. Revel agrega:

“Un carácter sorprendente del sovietismo es haber realizado punto por punto durante setenta años exactamente lo contrario de lo que anunciaba y pretendía hacer. Ahora bien, ésa es la esencia del leninismo. Lenin proclama el poder de los consejos obreros (los soviets) e introduce el partido único, monstruo político del cual es el indiscutible inventor, partido proletario que desprecia al proletariado y le tratará peor que cualquier otro patrón capitalista. A la pregunta: «¿Pueden los obreros gobernar el Estado?» Lenin respondió un día: «La gente práctica sabe que eso son fábulas»”.

“En nombre de la libertad crea la Checa, antepasado del KGB. De hecho, el terror y los campos de concentración comienzan con Lenin. Más tarde, Stalin no hizo más que sistematizar las técnicas del maestro. Enemigo del capitalismo, Lenin vive en las faldas del capitalismo desde que, bajo el impulso vigoroso de su genial gestión, la economía soviética amenazó con reventar”.

Quienes basan sus ideas y su accionar en el “odio al enemigo”, pocas veces reconocerán el error básico de sus creencias por lo que, ante el fracaso, culparán a la mala aplicación del método revolucionario o bien a los “enemigos internos” del proceso. Revel continúa:

“A fuerza de obtener, por todas partes y sin excepción, resultados opuestos a los efectos deseados, los dirigentes revolucionarios deben en primer lugar instalarse en una contradicción entre la palabra y la realidad; a continuación, para disculparse, atribuir su fracaso crónico a los «enemigos de la revolución». Los encuentran, para comenzar, en sus propias filas, de ahí las depuraciones y las frecuentes «carretadas» de convictos. El eterno mito de la «revolución traicionada» les evita volver a la única y verdadera causa del mal: el sistema mismo. La revolución fracasa, las masas se resisten porque las cosas van mal. Ese panorama lo encontramos tanto bajo Robespierre como bajo Stalin o Mao”.

En la Biblia se describe un proceso histórico que implica una lucha entre el Bien y el Mal. Si el libro del Apocalipsis tuviese alguna relación con épocas recientes, interpretaríamos seguramente como el Mal a las ideologías que promueven el odio, ya sea que provengan de la política, de la filosofía o incluso de la religión.
Debemos valorar los distintos movimientos de masas según los efectos que produzcan, ya que “por sus frutos los conoceréis”. No es casualidad que los partidarios del totalitarismo tengan siempre como enemigos a la democracia, al liberalismo, al cristianismo y a todo lo que parezca provenir de gente que goza de un nivel aceptable de felicidad.

Pregonan la igualdad económica aunque pocas veces la consiguen. Por el contrario, quien en realidad busca la igualdad, observará que no existe otra sugerencia mejor que el “Amarás al prójimo como a ti mismo”, una igualdad que incluso involucra a toda la humanidad. Traducida al lenguaje corriente esta sugerencia significa: “Compartirás las penas y las alegrías de quienes te rodean como si fuesen propias”. Este ha de ser el motor del cambio social que llevará al hombre a una existencia acorde a lo que nos impone el espíritu de la ley natural.