sábado, 30 de julio de 2011

Solidaridad directa e indirecta

Todos los sectores coinciden en que debe imperar en la sociedad una actitud cooperativa, lo que se conoce con el nombre de “solidaridad”, ya que predominan las actitudes egoístas y competitivas. Para el liberalismo, el mejoramiento de las actitudes solidarias (solidaridad directa) debe venir desde la educación y la religión, principalmente. Para el socialismo, por el contrario, debe venir compulsivamente desde el Estado (solidaridad indirecta).

Podemos considerar la situación a partir de un caso imaginado por Mariano Grondona, en el cual son pocos los automóviles que se detienen a llevar a algún caminante que lo solicita. En un escenario como este, el socialista propone la promulgación de una ley que obligue al automovilista a llevar al caminante cuando éste le haga las señas respectivas. (No se tiene en cuenta, en este caso, el temor normal que la inseguridad creciente impone a los automovilistas).

Una vez puesta en vigencia, la ley provocará el aumento de la cantidad de caminantes que desde ahora serán llevados por los automovilistas, lo que se interpreta como una mejora en el nivel de solidaridad existente en la sociedad. Muchos de éstos, sin embargo, prefieren viajar sin extrañas compañías y actuarán “solidariamente” tan sólo porque temen el castigo por infringir la nueva ley sancionada.

Con el tiempo, los caminantes que pensaban adquirir un automóvil, desisten de hacerlo. También habrá automovilistas que incluso venderán sus propios vehículos. La industria automotriz entrará en crisis. Mariano Grondona escribe: “Mientras el automovilista se detiene de mala gana, el caminante no siente obligación de agradecerle por un gesto que supone forzado por la ley y no, ya, un arranque de humanidad”. “El Estado les ha expropiado su motivación moral”.

La solidaridad auténtica, o directa, tiende a disminuir por cuanto se carece de la posibilidad de la espontaneidad. Como se supone desde el marxismo, el hombre actuaría principalmente en función de la influencia social recibida, y muy poco por sus características biológicas heredadas, por lo que persiste en forzar comportamientos que producen resultados opuestos a los deseados. Wilhelm Röpke escribió al respecto:

“Cuanto más vele el Estado por nosotros, tanto menos obligados nos veremos a cuidar de nosotros mismos y de nuestra familia, y cuanta menos inclinación sintamos a ello menos podremos esperar que nos ayuden otros, cuyo deber natural debiera ser el de socorrernos en los momentos difíciles”.

“Al fin encontramos un dios terreno que cuida de nosotros como de los lirios silvestres, mientras se va atrofiando la verdadera caridad que nace del deseo espontáneo de ayudar al prójimo y que hoy se menosprecia de modo característico”.

La tendencia a esperar todo del Estado hace que el esfuerzo individual tienda a disminuir mientras que aumenta la demanda de tal ayuda, lo que provoca una especie de saturación del Estado para cumplir con su función solidaria. Röpke prosigue:

“Al propio tiempo que decrece el esfuerzo individual, aumentan las exigencias de cada uno frente a un erario que sólo puede llenarse en la medida necesaria con los aportes de todos. Para decirlo por boca de Abraham Lincoln: se puede ayudar por tiempo indefinido a algunas personas, se puede ayudar a todos por tiempo limitado; pero no se puede ayudar a todos indefinidamente” (De “La crisis social de nuestro tiempo”-Revista de Occidente-Madrid 1947).

Regresando al caso inicial, Mariano Grondona agrega: “En la escena aparece un nuevo tipo de actitud: la del parásito. Mientras el egoísta, que se ha esforzado para lograr un automóvil, falla moralmente cuando no acepta compartirlo con otros, el parásito es un sujeto moralmente menos apreciable aún, ya que espera gozar del automóvil ajeno sin esforzarse siquiera por comprarlo”.

“Mientras la educación y la religión no logren aumentar el número de los solidarios, la sociedad liberal seguirá siendo mayoritariamente egoísta. La critica del socialismo a la sociedad liberal, por ello, es justa. Pero no lo es en cambio la solución que sigue a la crítica, por cuanto la pretensión de imponer solidaridad resulta, por su parte, en una sociedad mayoritariamente parasitaria” (De “Bajo el imperio de las ideas morales”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1987).

Desde el punto de vista económico, el marxismo propone el lema: “De cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad”. De ahí que el hombre laborioso deberá trabajar con entusiasmo para compensar el trabajo deficitario del haragán, pero todos deberán recibir similares recompensas materiales.

Imaginemos un país socialista con un millón de habitantes. Si la retribución monetaria por el trabajo realizado es igualitaria, el individuo que decide trabajar el doble, sólo recibirá la millonésima parte del producto de ese esfuerzo adicional. Si deja de trabajar, recibirá una millonésima menos de lo que recibe. De ahí que prácticamente no tiene ningún incentivo para trabajar algo más, pero sí para trabajar algo menos. El Estado le ha expropiado su motivación laboral.

La ausencia de estímulos para el trabajo y para la solidaridad social pudo observarse en países socialistas como la URSS, respecto de la cual Andrei Sajarov escribe:

“Como muchos autores señalan, el pleno monopolio estatal conduce inevitablemente a la represión y al conformismo coercitivo, pues todo individuo depende por entero del Estado. En los periodos críticos de represión aparece el terror, y en las épocas más tranquilas reina la burocracia inepta, la uniformidad y la apatía”.

“La nuestra es una economía permanentemente militarizada a un nivel inverosímil en tiempos de paz, que resulta opresiva para la población y peligrosa para el resto del mundo” (De “Mi país y el mundo”-Editorial Noguer SA-Barcelona 1976).

En la actualidad se considera que la supremacía ética corresponde al partidario de la imposición del socialismo (solidarismo indirecto) ya que así se convertirá en un adherente a la distribución de lo que otros producen. En épocas pasadas la supremacía ética correspondía a quien era solidario en forma directa. De ahí que exista un serio antagonismo entre socialismo y cristianismo. Hilda Molina escribió sobre la Cuba de Fidel Castro:

“Confiscaron los bienes pertenecientes a las Iglesias, incluidos los colegios. Expulsaron del país a sacerdotes, religiosos y religiosas. Intentaron desterrar a Dios de Cuba y del corazón de los cubanos. Eliminaron la Navidad y otras festividades religiosas del calendario de feriados nacionales, con la prohibición implícita de festejar esta sagrada conmemoración e incluso de desearnos «¡Feliz Navidad!». Controlaban la filiación religiosa de los cubanos mediante planillas y otros importantes documentos. Persiguieron, discriminaron y confinaron en campamentos de trabajos forzados a muchos de los compatriotas que se mantuvieron firmes en su fe y en sus principios religiosos” (De “Mi verdad”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2010).

Al tratar de establecer el monopolio absoluto de la “solidaridad”, los gobiernos socialistas incluso prohibieron las actividades productivas privadas, para que la dependencia del individuo frente al Estado (o a quienes lo dirigen) fuera total y absoluta. Hilda Molina escribe:

“Nuestra familiar casa de modas no se libró de ese proceso (confiscatorio), a pesar de que en la misma no había asalariados ni explotación del hombre por el hombre ni plusvalía ni ninguno de esos nuevos y extraños conceptos que nos repetían hasta el cansancio. El robo institucionalizado, absurdo e inútil del taller donde desarrollaba sus obras de arte fue demoledor para mi madre”.

“Este vergonzoso capítulo de la historia de mi país tuvo un alto costo de vidas humanas, pues un número no definible de cubanos sacrificados y laboriosos, algunos conocidos nuestros, se suicidaron o enfermaron o murieron a consecuencia de la pérdida de sus posesiones honradamente adquiridas”.

“Es harto conocido que los regimenes comunistas totalitarios, so pretexto de edificar la sociedad perfecta, socavan las raíces mismas de la estructura y de los valores familiares, se afanan en disolver las familias, e intentan sustituir el amor filial, el amor fraternal…el amor familiar, por un culto ciego al Estado. Los cubanos, prisioneros y al mismo tiempo cómplices del régimen, fuimos testigos y actores conmocionados y atónitos del enfrentamiento entre padres e hijos, hermanos, esposos y demás familiares, por motivos políticos, ideológicos y hasta religiosos. Los verdugos del cariño, entronizados en el poder, transmutaron a los cubanos, proverbialmente devotos de sus familias, en partícipes de hechos tan atroces como delaciones, marginación, discriminación, calumnias encarcelamientos y ejecución de sus seres queridos, sólo por no identificarse con el gobierno, por discrepar, por objeciones de conciencia o por no ocultar su fe”

Cuando coinciden teoría y práctica, nos da la sensación de que la teoría está acertada y que en el futuro no volverán a tomar el poder absoluto los individuos cuyas características psicológicas coinciden con la de quienes produjeron las grandes catástrofes sociales a lo largo y a lo ancho del mundo. Hannah Arendt, desde la teoría, vislumbra algunos aspectos que luego ocurrirán en la Cuba totalitaria, siendo de 1948 la primera edición de su libro; escribiendo respecto del totalitarismo:

“Los movimientos totalitarios son organizaciones de masas de individuos atomizados y aislados. En comparación con todos los demás partidos y movimientos, su más conspicua característica externa es su exigencia a una lealtad total, irrestricta, incondicional e inalterable del miembro individual. Esta exigencia es formulada por los dirigentes totalitarios incluso antes de la llegada al poder” (De “Los orígenes del totalitarismo”-Editorial Aguilar-Buenos Aires 2010).

Como los partidos políticos actuales se basan principalmente de las encuestas, tratan de proponer y hacer lo que las masas piden, y no lo que ha de resultar beneficioso para todos, por cuanto el objetivo inmediato es ganar elecciones. No resulta extraño que en la Argentina ni siquiera existan partidos políticos que propongan el trabajo y la moral como fundamento de la sociedad, ya que las masas esperan un Estado que les permita vivir a costa del resto de la sociedad y que obligue a los sectores productivos a ser “solidarios” con el sector parasitario.