domingo, 24 de julio de 2011

El Estado de bienestar

El Estado benefactor difiere del Estado liberal en que amplía notablemente sus obligaciones, no sólo en cuanto a sus responsabilidades de garantizar salud, justicia, educación y seguridad personal a todos los habitantes, sino también seguridad económica, trabajo, vivienda, etc. Para poder lograr esos objetivos ha de ser capaz de transferir riquezas desde los sectores productivos a los improductivos. La distribución de la producción no será esta vez realizada a través del mercado y del trabajo, sino a través de las concesiones que por ley deberán otorgarse a todos los habitantes.

Darle las espaldas al mercado implica tener presentes las “leyes de Marx”, que pueden enunciarse (de manera simbólica) de la siguiente manera:

1- El empresario es egoísta, deshonesto y explotador por naturaleza. El empleado es honesto, trabajador y responsable por naturaleza.
2- Como consecuencia de la ley anterior, los medios de producción deberán pasar a los empleados por medio de una confiscación llevada a cabo por el Estado socialista.
3- (Variante actualizada de la 2da. Ley): La mayor parte de los beneficios derivados de los medios de producción privados deberán pasar a los empleados, y a la población en general, a través de una confiscación efectuada por el Estado socialdemócrata.

La segunda ley de Marx ha sido modificada y ha tomado una forma más benévola desde los partidos políticos conocidos como socialdemocracias, impulsoras del Estado de bienestar.

La tan mencionada “justicia social”, entendida generalmente como la acción de robarles a los ricos para darles a los pobres, ha resultado poco efectiva. Ello se debe a que, muchas veces, un empresario tiene un importante capital asociado a un medio de producción. En caso de distribuirse entre los pobres, dejará de ser un capital productivo, produciendo un perjuicio para la sociedad en general.

El que tiene mucho dinero, tiene la obligación moral de invertirlo en forma productiva de manera que produzca un beneficio para toda sociedad. De ahí que debemos distinguir entre el que mucho tiene y cumple sus obligaciones morales y el que mucho tiene y vive lujosamente haciendo ostentación de sus riquezas. Bertrand de Jouvenel escribió: “La orden de Cristo a los ricos es firmemente imperativa. Es necesario destacar que Cristo instó al joven rico a «distribuir sus bienes entre los pobres», pero no dijo a los pobres que se encargaran de distribuir la riqueza del joven rico a través de impuestos. El valor moral del primer proceso es evidente, pero el del segundo no” (De “La ética de la redistribución”-Katz Editores-Buenos Aires 2010).

Para muchos socialistas, la igualdad económica es un objetivo más importante que la eliminación de la pobreza extrema. Ello se debe a que se busca eliminar el sufrimiento de quienes son envidiosos debido a los bienes materiales que otros poseen. El socialismo (el teórico, al menos) tiende a liberar al individuo de esa situación. John Gray escribe: “Se da otro paso en dirección al redistribucionismo igualitario cuando a la propuesta de que el gobierno asegure un piso de subsistencia por debajo del cual nadie puede caer se añade la propuesta de que se instituya un techo más allá del cual nadie puede ascender” (De la Introducción a “La ética de la redistribución”). En lugar de buscar que todo individuo realice su vida a través del trabajo cooperativo para, luego, intercambiar sus productos en el mercado, la actitud socialista estimula la confiscación estatal de la producción, o de sus medios, para establecer una distribución que tienda a ser igualitaria.

Como antecedentes históricos del Estado benefactor tenemos a los EEUU de W. Wilson y de F.D. Roosevelt, a la Italia de Mussolini, al nacionalsocialismo de Hitler, al socialismo soviético de Stalin, etc. Especialmente de estos últimos casos pudo observarse que la distribución igualitaria es usada como un pretexto, por ciertos grupos, para detentar el poder absoluto de una Nación.

Luego de las severas crisis económicas que afectan a distintos países, se habla del posible fin del capitalismo. Si uno observa detenidamente las causas que iniciaron las crisis, posiblemente se preguntará por la posibilidad del fin del Estado de bienestar. Carlos Mira escribió: “La aspiración del llamado «Estado de bienestar» de facilitar una seguridad económica completa y generalizada a toda la población plantó la semilla del desastre inmobiliario que comenzó en los EEUU y se esparció como círculos concéntricos por todo el mundo” (De “La idolatría del Estado”-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2009).

En cuanto al proceso de la crisis, Armando Ribas escribió: “La crisis actual (2008) si bien se considera que fue causada por la falta de regulación, no es menos cierto que la sobre-especulación surgida en el mercado inmobiliario fue el resultado de la demagogia inserta en el proyecto del presidente Jimmy Carter de que cada americano tenía derecho a tener su propia casa, un derivado del artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos” (Fundación Atlas- Buenos Aires 2008).

Aquí nuevamente aparece la sugerencia del liberalismo de que el Estado no debe interferir los mecanismos internos del proceso del mercado, ya que, a la corta o a la larga, esas interferencias provocarán situaciones peores que las que se quiso solucionar mediante tales intromisiones. Agrega Carlos Mira: “Por un lado, la concepción del Estado proveedor de todo encendió la mecha de una expansión inmobiliaria que no refleja la masa de intercambios reales del mercado, y por el otro, la codicia financiera profundizó la separación de los valores de los bienes, conformando un cóctel ideal para la explosión”.

El Estado benefactor es propuesto, no sólo por las tendencias socialistas, sino también por los políticos populistas. La beneficencia realizada con el dinero del Estado es un medio eficaz para la compra de votos para futuras elecciones. Con el tiempo, se perpetúan en el poder con el apoyo de un sector del electorado que no necesariamente ha de constituir una mayoría.

El Estado populista favorece el fenómeno descrito por Ortega y Gasset como “la rebelión de las masas”, ya que el hombre masa es exigente y poco agradecido. Mientras más recibe, con mayor rapidez entra a un estado de sublevación contra la sociedad en general. Ello pasa, generalmente, cuando no recibe la “casa digna” que tanto se le prometió. Como considera que el Estado (y la sociedad en general) no cumplieron con sus promesas, considera que ello le da derechos hasta de usurpar lotes, viviendas o cualquier tipo de edificación ajena.

En el caso de algunos países con severas crisis económicas, no resulta extraño enterarse de que el Estado generoso (con los medios ajenos) ha otorgado jubilaciones con montos mensuales elevados a personas con edad tan baja como 40 años. Luego, el Estado, para responder a la beneficencia concedida, deberá pedir préstamos internos o externos, o bien comenzará a emitir dinero a un ritmo mayor al incremento de la producción, con lo cual dará inicio a un proceso inflacionario. Cuando la crisis es muy grande, podrá llegar a la cesación de pagos, lo que afectará también a otros países, por lo que deberá entrar en acción el Fondo Monetario Internacional. Sin embargo, las críticas serán destinadas exclusivamente a este organismo como el gran culpable de la crisis por sugerir “ajustes”, es decir, por sugerir que el Estado no gaste más de lo que recibe o de lo que tiene disponible.

Generalmente, el dinero destinado a los menos favorecidos es retenido, en su mayor parte, por el sector burocrático que se encarga precisamente de estudiar las situaciones sociales de aquéllos. De ahí que la ayuda social resulta ser de gran utilidad para sectores de la clase media. Se ha dicho que “aman tanto a los pobres, que los fabrican por millones”.

Se dice que los políticos populistas le devuelven la dignidad a los trabajadores, sin embargo, posiblemente no exista algo tan indigno como vivir del trabajo honesto del resto de la sociedad sin apenas realizar aportes significativos a la producción nacional.

Wilhelm Röpke escribió: “Entre los lentos cánceres de nuestra economía y sociedad occidentales se destacan dos: el avance al parecer incontenible del Estado de beneficencia o Benefactor y la erosión del valor del dinero, lo que se denomina inflación reptante. Existe entre ambos un estrecho vínculo nacido de sus causas comunes y de su esfuerzo recíproco. Los dos se inician lentamente, pero al poco tiempo el ritmo se acelera hasta que cuesta detener el deterioro, lo cual multiplica el peligro. Si los afectados supieran lo que les aguarda al final, tal vez se detendrían a tiempo. La dificultad estriba en que es extraordinariamente difícil lograr que se oiga la voz de la razón mientras todavía se está a tiempo”.

“Los demagogos sociales emplean las promesas del Estado Benefactor y de la política inflacionaria para seducir a las masas y cuesta advertir a la gente de modo convincente acerca del precio que todos deberán pagar al final. Tanto mayor razón para que aquellos cuya visión es más equilibrada y extensa redoblen sus esfuerzos por desengañar a los demás, sin atender a los violentos ataques de los demagogos sociales, poco escrupulosos para escoger sus medios, y de los funcionarios del propio Estado Benefactor”.

“Otra característica común del Estado Benefactor y de la inflación crónica es que ambos fenómenos demuestran, en forma clara y aterradora, de qué manera ciertas fuerzas políticas socavan los cimientos de una economía y una sociedad libres y productivas. Ambos son los resultados de opiniones masivas, reclamos masivos, emociones masivas y pasiones masivas, y a ambos los dirigen esas fuerzas en contra de la propiedad, de la ley, la diferenciación social, la tradición, la continuidad y el interés común. Los dos convierten al Estado y al voto en medios para hacer que una parte de la comunidad avance, a expensas de las otras, hacia donde la mayoría del electorado empuja por la fuerza de su solo peso. Los dos son expresión de la disolución de aquellos principios morales firmes que antaño se aceptaban como incuestionables” (De “Una economía humana”).