domingo, 10 de julio de 2011

Discusiones e incoherencias políticas


No es fácil establecer diálogos fructíferos en discusiones sobre cuestiones políticas ya sea que se trate de un diálogo entre ciudadanos comunes o bien una confrontación entre intelectuales a través de escritos especializados. Entre los impedimentos para lograr puntos de vista coincidentes se encuentra el deseo de ganar una discusión a toda costa por cuanto casi siempre existe en los individuos una actitud favorable hacia ciertas tendencias políticas como también desfavorable hacia otras. Norman R.F. Maier escribió:

“La importancia de la emoción para determinar la opinión ha sido demostrada experimentalmente en un estudio, que muestra que las personas tienen una notable diferencia a creer en las afirmaciones que están de acuerdo con sus deseos mejor que en las que son lógicamente justas”.

“La falta de lógica en la actitud es también evidente por el hecho de que las opiniones sobre temas relacionados son con frecuencia contradictorias. Mejor quizá que pensar que las actitudes violan la lógica, se debería pensar que introducen una clase diferente de lógica: la lógica de los sentimientos” (De “Psicología industrial”–Ediciones Rialp SA–Madrid 1975).

Cuando existe diferencia entre lo que el individuo piensa y lo que el individuo hace, se habla de la existencia de una disonancia cognitiva, la que ha de producir conflictos en el individuo que tiene valores morales. Estos conflictos hacen mejorar su opinión, y su actitud, hasta llegar a una situación de compatibilidad entre el pensamiento y la acción.

Por el contrario, cuando predomina la hipocresía, el individuo acepta los valores morales desde el punto de vista cognitivo, pero sólo finge cumplir con la acción correspondiente. De esa forma, trata de mostrar cierta superioridad ética. También existe la actitud cínica mediante la cual se desconocen los valores éticos por cuanto sólo se persigue oponerse a lo que la sociedad acepta.

Es fácil advertir contradicciones, entre el pensamiento y la acción, en el caso de quienes adhieren a posturas socialistas. Esto se debe a que tratan de ser generosos con los bienes ajenos, pero nunca con los propios. La “virtud socialista” consiste generalmente en tratar de vivir rodeado del mayor lujo posible, sin dar un céntimo a los demás, pero, eso sí, adherir fanáticamente a un gobierno populista que distribuya aquello que se pueda confiscar a los que trabajan con efectividad. De ahí que muchos “socialistas” sean individualistas (en lugar de colectivistas, como sugiere la ideología aceptada) pero a la vez promuevan políticas estatistas (para sentirse beneficiados por la distribución populista), es decir, son socialistas para recibir, pero no para dar. Edgardo Catterberg escribió:

“Una de las características más salientes de la cultura política argentina es la simultánea presencia de actitudes individualistas y estatistas en el grueso de la población. En términos de las ideologías clásicas esta caracterización parece casi paradójica, ya que generalmente se concibe al individualismo y las orientaciones de logro como disposiciones alejadas de posturas pro estatistas. Sin embargo, en la sociedad argentina se verifica, por un lado, adhesión a metas de carácter individual y, al mismo tiempo, apoyo a un desempeño activo del Estado en distintas áreas económicas y sociales” (De “Los argentinos frente a la política”-Editorial Planeta Argentina SAIC-Buenos Aires 1989).

La oposición al colectivismo es el individualismo. Quien rechaza los sistemas colectivistas, porque no desea gobernar mental o materialmente a otros hombres, y mucho menos ser gobernado por otros hombres, adhiere al individualismo, pero ello no significa que esa persona promueva el egoísmo, ya que son dos actitudes bastante distintas.

El populista considera a su opositor como una persona ingenua (o a veces perversa) que repite lo que escuchó o leyó en los medios de información opositores. La burla permanente, sin ningún disimulo, es la respuesta descalificadora que se puede esperar ante cualquier intento de diálogo. También adhieren al populismo quienes no han tenido suerte, o aptitudes, para el éxito laboral o económico, o quienes nunca hicieron aportes al sistema previsional con la esperanza de recibir alguna jubilación o pensión concedida por la gracia del gobierno distribucionista.

La tendencia del Estado a efectuar confiscaciones a través de impuestos excesivos, produce el éxodo de capitales. Muchas veces se ha dicho que “el capitalismo es un sistema perverso”, por lo que, se estima, los capitales deberán ir a desarrollar aún más a los países del primer mundo. Sería conveniente que el ciudadano común se interiorice acerca de la veracidad de la afirmación de que la cantidad de capital promedio existente en un país es una medida de la riqueza del mismo. De esta manera será posible evitar que apoye tendencias que tarde o temprano lo perjudicarán junto al resto de la sociedad.

Las tendencias populistas adoptan como lema su carácter antiimperialista. Sin embargo promueven el éxodo de capitales desde los países subdesarrollados hacia los países “imperialistas” apareciendo otra seria incoherencia entre el pensamiento y la acción. Asocian la promoción del liberalismo y la economía de mercado a una “maniobra expansiva de EEUU” para aumentar su poderío económico en el mundo. Al respecto, es oportuno aclarar que el liberalismo es una postura anterior a la formación de ese país, mientras que el mercado es un proceso espontáneo que se establece desde épocas remotas, si bien muchas veces se ha impedido su pleno desarrollo. Tiene mayor asidero decir que el populismo en los países subdesarrollados proviene de una “maniobra expansiva de EEUU” para que los capitales de gran parte del mundo terminen en ese país.

La tan promovida “distribución de la riqueza”, por parte del Estado, consiste generalmente en imprimir dinero a un ritmo superior al del crecimiento de la producción, lo que producirá inflación. Se ha dicho que la inflación es un impuesto indirecto que todos pagamos, pero que perjudica mucho más a los asalariados y a los sectores más pobres. Sin embargo, los gobiernos populistas se atribuyen el mérito de beneficiar a los trabajadores de menos recursos.

Si se le pregunta a un niño de diez años acerca de cómo haría para resolver los problemas económicos de la sociedad para hacer que la gente fuera más feliz, seguramente dirá que habría de imprimir billetes para repartirlos entre el pueblo. Si no existiera el fenómeno inflacionario, sería la solución más fácil y efectiva. Incluso sería una estrategia económica adoptada por la mayoría de los países. Alguien dijo: “El que no es socialista de joven, no tiene corazón. El que no es capitalista de adulto, no tiene cerebro”.

Se critica a la “concentración de poder empresarial” asociado al capitalismo privado, mientras que se propone, como alternativa, la concentración total de poder en el Estado. Se descalifica a aquellos autores que asocian al socialismo (o capitalismo estatal) la pérdida de la libertad individual y de los derechos elementales. Las criticas, sin embargo, tienen sentido por cuanto se crean, con la expropiación de los medios de producción por parte del Estado, las condiciones para que ocurran las grandes catástrofes sociales como las ocurridas en la URSS, China y otras partes del mundo. Si se concentra el poder en un solo individuo, aumentan notablemente las probabilidades de aparición de severas tiranías, si bien no se asegura que ello necesariamente ocurrirá.

A quienes sostienen que el capitalismo debería abolirse (en lugar de mejorarse a través de la adaptación social), habría que preguntarles acerca de quien habría de ser el líder mundial que debería dirigir la economía mundial y el destino de la humanidad. ¿Acaso un Fidel Castro o un Hugo Chávez?

Los sectores que promueven la igualdad de resultados (no de oportunidades), son los que promueven el antagonismo de clases sociales. La discriminación social produjo, a lo largo de la historia, tantos males como los producidos por la discriminación racial. La eliminación de opositores al comunismo en la URSS y en China fue incluso más severa que la de los judíos por parte de los nazis.

Quienes proponen instalar sistemas colectivistas generalmente pretenden crear dos clases sociales bien diferenciadas: la del pueblo y la de los gobernantes, de ahí que anulan cualquier posibilidad de ceder el poder político una vez obtenido. Incluso los cargos jerárquicos, en los países comunistas, han tenido el carácter de hereditarios.

El ideal socialista, por medio del cual la mayoría pretende recibir de los demás, a través del Estado, sin buscar dar lo de uno mismo, se identifica con la postura prevaleciente en periodos de crisis sociales en los cuales la mayoría reclama por sus derechos pero olvida sus obligaciones. Incluso se llega al extremo de exigir el cumplimiento de deberes asignados a los demás, pero se desconoce la obligatoriedad de cumplirlos uno mismo.

La actitud egoísta y exigente de quienes adhieren al socialismo contrasta con la actitud cooperativa del que adhiere al capitalismo, ya que éste busca un sistema de libertad que le permita producir bienes necesarios para la sociedad y para que sean adquiridos por medio del trabajo de los demás. La dignidad del trabajador se logra cuando el individuo puede adquirir bienes a través del dinero obtenido legítimamente a través del trabajo. Por el contrario, no se sentirá digno el que vive, sin trabajar, a costa del sector productivo, a través de la “generosidad” del Estado.

Generalmente se caracteriza al que se opone a las tendencias socialistas como alguien que “desea que haya personas que padezcan hambre” o cosas por el estilo. Por el contrario, previendo los inconvenientes que a la larga se producen bajo esos sistemas, se trata de evitarlos. Si el socialismo fuera exitoso, habría que nombrar algún país socialista que lo fue, o habría que preguntarse por qué lo abandonaron los principales países socialistas en el siglo XX.

Si se promueve el asistencialismo del Estado hacia quienes menos producen, se los acostumbra a dar de ellos lo menos posible. Ninguna sociedad puede darse el lujo de que sus habitantes trabajen a “media máquina”, o bien que trabaje un limitado sector de la población.

Cuando surgen conflictos se sugiere encontrar coherencia entre el pensamiento y la acción. Incluso es de primordial interés para el que vive amargado, como consecuencia del odio que han sabido sembrar ciertos sectores, que si no recibe del medio social todo lo que espera, estará protestando contra personas como él mismo, que pocos aportes pueden hacer a la sociedad y que poco o nada pueden dar a los demás. La igualdad que se predica debe contemplar tanto la de dar como la de recibir.