domingo, 6 de febrero de 2011

La responsabilidad del intelectual

Mientras que el político, por lo general, no dice la verdad, o toda la verdad, respecto de la realidad cotidiana, el intelectual es quien la dice. El primero se guía por la cantidad de votos a favor o en contra que puede lograr en una próxima elección. El segundo debe atenerse estrictamente a la verdad para ser un intelectual auténtico. Alexandr Solyenitsin escribió:

“Ciertamente, los escritores preocupados por la verdad nunca tuvieron, ni tienen (¡Ni tendrán!) una vida fácil: con uno acabaron a calumnias; con otro en duelo; con éste, por el fracaso de su vida familiar; con aquél, por la ruina y una miseria constante e irremediable, con aquél otro mediante el manicomio, con el de más allá mediante la cárcel. Y si todo les va bien, como en el caso de León Tolstoi, tanto más amargamente los desgarrará por dentro la propia conciencia”

“Una circunstancia que me ha llevado a escribir este libro es nuestra cruel y cobarde manía del silencio, de la que provienen todas las desgracias de nuestro país. Tenemos miedo, no ya de decir, escribir y contar abiertamente a los amigos lo que pensamos o cómo de verdad ocurrieron las cosas, sino de hasta confiarlo al papel, porque igual que antes, hay una espada colgando sobre cada una de nuestras cabezas, ¡ay que cae! Lo que todavía durará este silencio, no se puede predecir, tal vez a muchos de nosotros nos destrozarán antes, y desaparecerá con nosotros lo que no llegamos a decir” (De “Memorias” de Alexandr Solyenitsin – Editorial Argos SA – Aragón 1977).

En épocas pasadas, los profetas hebreos orientaban a su pueblo; mientras los filósofos griegos hacían lo propio con el suyo. En la actualidad tal misión queda reservada al intelectual. Cuando las sociedades entran en profundas crisis, es posible que ello se deba a que la intelectualidad ha perdido su rumbo, o bien que no tenga capacidad de convencimiento sobre las masas, o que las masas adoptan una actitud de rebeldía. José Ortega y Gasset escribió:

“Tal vez no haya cosa que califique más certeramente a un pueblo y a cada época de su historia como el estado de las relaciones entre la masa y la minoría directora. La acción pública –política, intelectual y educativa- es, según su nombre indica, de tal carácter que el individuo por sí solo, cualquiera que sea el grado de su genialidad, no puede ejercerla eficazmente. La influencia pública o, si se prefiere llamarla así, la influencia social, emana de energías muy diferentes de las que actúan en la influencia privada que cada persona puede ejercer sobre su vecina. Un hombre no es nunca eficaz por sus cualidades individuales, sino por la energía social que la masa ha depositado en él. Sus talentos personales fueron sólo el motivo, ocasión o pretexto para que se condensase en él ese dinamismo social”.

“Así, cuando en una nación la masa se niega a ser masa –esto es, a seguir a la minoría directora- la nación se deshace, la sociedad se desmembra y sobreviene el caos social, la invertebración histórica” (De “España invertebrada” de José Ortega y Gasset – Espasa-Calpe SA – Madrid 1967)

Es oportuno señalar que el intelectual responsable debe dirigirse a los demás como si no fuesen hombres masas, para que, con el tiempo dejen de serlo. Por el contrario, cuando el contenido de sus palabras tiene la intención de gobernar mentalmente a otros hombres, a mirar la realidad por ellos, se desvirtúa su misión. Wolfgang Goethe escribió: “Trata a la gente como si fuera lo que debería ser y la ayudarás a convertirse en lo que es capaz de ser”.

Las tendencias populistas y totalitarias promueven la rebelión de las masas. Ello se debe a que sus mensajes llevan la abierta intención de dirigirlas a través del estímulo de actitudes intolerantes y exigentes, incluso hasta promover el odio sectorial. Por ello han elevado a la categoría de ejemplo al guerrillero Ernesto Guevara, quien, en el mensaje que dio ante el Congreso Tricontinental del 16 de Abril de 1967, expresó: “Es preciso, por encima de todo, mantener vivo nuestro odio y alimentarlo hasta el paroxismo…..el odio como elemento de lucha, un odio implacable al enemigo que nos impulsa más allá de las limitaciones naturales propias del hombre y lo transforma en una máquina de matar efectiva, seductora y fría…Un pueblo sin odio no puede triunfar” (Citado en “La idolatría del Estado” de Carlos Mira – Ediciones B Argentina SA – Buenos Aires 2009).

En cuanto a su accionar, debemos distinguir entre los asesinatos de manera directa (unos 216) y los asesinatos que ordenó a sus subalternos (unos 1.500). Juan José Sebreli escribió: “El único triunfo del Che fue la batalla de Santa Clara, que se redujo al asalto a un tren blindado, donde los soldados de Batista se entregaron sin luchar” (De “Comediantes y mártires” de Juan José Sebreli – Editorial Debate – Buenos Aires 2008).

Nicolás Márquez escribió: “Cabe sumar el agravante de que esos asesinatos no formaron parte del contexto naturalmente cruel de una guerra (no hay registro de que Guevara en combate haya matado a un enemigo) en cuyo caso obviamente cabría algún tipo de disculpa o atenuante. Pues no es el caso”.

“Jamás tuvo Guevara un acto de arrepentimiento ni de contrición. Poco antes de abandonar la función publica en Cuba y partir al Congo a seguir exportando violencia, el 11 de diciembre de 1964 ante la Asamblea de la ONU y siendo todavía Ministro de Industrias confesó: «Fusilamientos, sí, hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando». (De “El canalla” de Nicolás Márquez – Buenos Aires 2009).

¿Puede denominarse “intelectual” a quien acepta como válida la postura y el accionar de personajes como Ernesto Che Guevara, que promueven el odio en forma abierta y descarada y que simplemente se dedicaban a asesinar a seres humanos? La supuesta “supremacía ética” del izquierdista, por medio de la cual pretende dirigir la sociedad, queda desvirtuada principalmente por el hecho de orientar a la juventud al odio sectorial, que muchas veces termina en simple terrorismo.

En cuanto a la intelectualidad latinoamericana, Carlos A. Montaner escribió: “Esta característica de nuestra cultura [ser un experto en todos los temas] no tendría mayor importancia si no fuera por sus destructivas consecuencias. Esta «todología» -la facultad de hablar acerca de todo sin modestia o conocimiento- practicada con gran entusiasmo por nuestros intelectuales tiene su precio: todo lo que declaran y repiten se convierte en un elemento clave en la creación de una cosmovisión latinoamericana. Esta característica de nuestra cultura tiene serias consecuencias, ya que un número significativo de intelectuales latinoamericanos es antioccidente, antiyanquis y antimercado” (De “La cultura es lo que importa” de S.P. Huntington, L.E. Harrison y otros – Grupo Editorial Planeta/Ariel – Buenos Aires 2001).

La crisis de la intelectualidad se debe, entre otros factores, a la plena vigencia del relativismo moral, cognitivo y cultural. Si no existe el Bien ni la Verdad, en sentido objetivo, entonces no habría que buscarlas. Si una cultura no es superior a otra, en algún aspecto, entonces no tiene sentido tratar de progresar hacia ella.
En lugar de validar todo conocimiento propuesto en función de su adaptación a la realidad, tal como se establece en la ciencia experimental, se recurre a que “todo vale”, amparado en el relativismo cognitivo. Incluso se llega al extremo de descalificar opiniones debido a que surgen de “mentes alienadas” según la clase social a la que pertenezcan. Al respecto podemos mencionar el caso de los filósofos romanos Marco Aurelio, que fue emperador, y el caso sorprendente de Epicteto, que fue un esclavo. Su baja condición social no le impidió pasar a la historia como un pensador original.

En cuanto a la intelectualidad norteamericana, Irving Kristol la denomina como la “nueva clase”, escribiendo al respecto:

“Esta nueva clase no es fácil de definir pero puede ser descripta. Consiste en una buena proporción de esa gente que ha recibido educación universitaria, cuyas vocaciones y habilidades prosperan en una «sociedad post industrial»….Nos estamos refiriendo a científicos, profesores y directores de enseñanza, periodistas y gente que trabaja en los medios de comunicación, psicólogos y trabajadores sociales, abogados y médicos que hacen su carrera dentro del creciente mundo de la administración pública, planificadores urbanos, empleados de grandes fundaciones, altos funcionarios de la burocracia estatal, etc……Los miembros de la «nueva clase» no «controlan» los medios de difusión; son los medios de difusión, así como son nuestro sistema educativo, nuestro sistema de salud y de bienestar social, y muchas cosas más…”.

“¿Qué quiere esta «nueva clase» y porqué es tan hostil a la comunidad empresaria? Bueno, uno debería entender que los miembros de esta «nueva clase» son idealistas, según el significado que el término tuvo durante la década del 60, es decir, que no se interesan tanto por el dinero sino por el poder. ¿Poder para qué? Poder para moldear nuestra civilización; poder que, en el sistema capitalista se supone reside en el mercado libre. La «nueva clase» desea que parte de ese poder pase al Estado, donde ella tendrá más influencia para decidir cómo debe ser ejercido” (Citado en “La hora de la verdad” de William E. Simon - Emecé Editores SA – Buenos Aires 1980).

Quienes no se ajustan estrictamente a la verdad, en cierta forma están imponiendo a los demás una forma distorsionada de la realidad; están tratando, en forma consciente o no, de gobernar mentalmente a otros individuos. En el gobierno mental del hombre sobre el hombre aparece nuevamente el antagonismo bíblico entre el gobierno de Dios sobre el hombre, denominado el Reino de Dios, y el gobierno del hombre sobre el hombre, principalmente a través de la mentira o a través del Estado.

En nuestra época es imprescindible llegar a la actitud del científico porque sus objetivos consisten en la descripción de la ley natural, que no es otra cosa que la ley de Dios. Una vez conocida esta ley (principalmente las leyes asociadas al comportamiento humano) el hombre podrá gobernarse por si mismo, adquiriendo libertad, especialmente de los pseudointelectuales que conocen parcialmente la verdad o bien cuando la distorsionan totalmente.