jueves, 27 de enero de 2011

Producción y distribución


La fuerza productiva de una sociedad radica en los deseos de cada uno de nosotros de mejorar nuestra calidad de vida. Uno de los aspectos indiscutibles de la ciencia económica lo constituye este fundamento básico. Irving Kristol escribió: “La teoría económica sobrevive por estas verdades sólidas acerca de la condición humana que fueron enunciadas comprensivamente por primera vez en La Riqueza de las Naciones. Entre estas verdades están:

1) La abrumadora mayoría de los hombres y mujeres se interesan natural e incorregiblemente en mejorar sus condiciones materiales.

2) Los esfuerzos por reprimir este deseo natural sólo conducen a formas de gobierno coercitivas y empobrecidas.

3) Cuando a este deseo natural se le da altitud suficiente de modo que no se desalientan las transacciones comerciales, tiene lugar el crecimiento económico.

4) Como resultado de tal crecimiento, todos finalmente mejoran su condición, por desigualmente que sea en grado o tiempo.

5) Tal crecimiento económico resulta de una enorme expansión de las clases medias que poseen propiedades, una condición necesaria (aunque no suficiente) para una sociedad liberal en donde se respetan los derechos individuales.

(Del libro “La crisis en la teoría económica” de Daniel Bell e Irving Kristol –
Ediciones El Cronista Comercial – Buenos Aires 1983).

Esto implica que el mérito de todo Estado consiste en favorecer la tendencia natural de la producción mientras que su debilidad radica en la oposición que presenta a esa tendencia.

Para el liberalismo, el mercado constituye un mismo proceso de producción y de distribución, mientras que el socialismo propone al Estado como productor y distribuidor de la producción. De ahí que hay quienes sugieren una tercera posibilidad, el intervencionismo o distribucionismo, en donde se propone que produzcan los empresarios bajo el sistema de mercado, pero que distribuya el Estado a través de los gobernantes.

Se dice que el proceso del mercado es “democrático”, en el sentido de que todos tenemos la opción de elegir entre varios productos o entre varias empresas, mientras que la distribución a través del Estado implica una anulación de tal libertad elemental para ser reemplazada por las decisiones de los políticos a cargo del Estado.

En cuanto al socialismo y al intervencionismo, podemos decir que se basan en la desconfianza básica que existe respecto de las decisiones individuales que realiza toda persona cotidianamente en el mercado. Incluso se fundamentan en dos generalizaciones erróneas. La primera consiste en suponer que todo empresario en egoísta y perverso, mientras que la segunda consiste en suponer que todo político a cargo del Estado es “bueno por naturaleza” (generoso repartiendo lo ajeno).

El intervencionismo se caracteriza por establecer impuestos progresivos a las empresas, en lugar de proporcionales. Un impuesto proporcional implica un porcentaje fijo para todos los contribuyentes, de tal manera que el que gana diez veces mas que otro, paga diez veces más impuestos, mientras que el impuesto progresivo implica mayores tasas mientras mayores sean las ganancias, lo que entra en la categoría de una confiscación.

Las social-democracias, justamente, proponen que el empresario produzca con cierta libertad, mientras que luego el Estado confiscará gran parte de sus ganancias para distribuirla “igualitariamente” (en teoría al menos) entre la población. Esta tendencia goza de bastante aceptación en muchos jóvenes por cuanto no son adeptos al estudio y al trabajo y ven así una posibilidad de poder vivir a costa del resto de la sociedad.

Es imprescindible tener presente que la competencia que existe entre empresarios no se debe, en general, a las excesivas ambiciones materiales de los mismos, como se cree habitualmente. Podemos decir, por el contrario, que esta competencia nace de la “infidelidad” del cliente, que cambia de empresa en cuanto la empresa rival le ofrece un producto más ventajoso, en calidad o precio.

Gordon Moore, un directivo y fundador de Intel Corporation, expresó: “Este negocio está siempre al filo del desastre”. Esta expresión resulta llamativa tratándose de una de las mayores empresas de semiconductores que existe a nivel mundial. Si tal empresa deja de hacer inversiones, en investigación, que resultan del orden de los miles de millones de dólares, se arriesga a quedar fuera del mercado en un lapso no muy grande, por lo cual está obligada a hacerlo como una simple estrategia de supervivencia.

Alguien puede argumentar, a favor del intervencionismo, que si el Estado confisca también las ganancias de las empresas rivales de Intel, no sufriría la pérdida de un importante sector del mercado. Pero si la confiscación resulta masiva, la investigación y la innovación tecnológica bajan su nivel de crecimiento y las empresas trabajarán a “media máquina”, como siempre ha ocurrido en los países socialistas.

Al reducirse la inversión (formación de capitales), también se reducirán los salarios promedios de los trabajadores, ya que éstos dependen en forma directa del capital per capita invertido en un país. Ello significa que la productividad del trabajo (y los sueldos) se elevan notablemente disponiendo de elementos de trabajo asociados a un elevado nivel tecnológico. Alberto Benegas Lynch (h) escribió: “La aludida redistribución, al cambiar los destinos de los recursos de las áreas productivas a las no productivas, consume capital y, por tanto, disminuye ingresos y salarios en términos reales. En otras palabras, a través de la redistribución, entre otras cosas, se logran los objetivos opuestos a los deseados”. (De “Socialismo de mercado” de Alberto Benegas Lynch (h) – Ameghino Editora SA – Rosario 1997)

La economía contempla la posibilidad de describir el funcionamiento del mercado para adoptar las mejores decisiones orientadas a la producción. De ahí que no trata de favorecer ideales totalmente materialistas y superfluos como lo es “el sueño americano”, que no apunta a ser útil a la sociedad sino a obtener dinero como un objetivo personal en sí mismo. Este tipo de objetivos lleva a muchos a seguir el camino de la especulación, que tarde o temprano favorecerá la aparición de crisis económicas y sociales de todo tipo.

Mientras que el liberalismo promueve la economía de mercado para aumentar la producción y mejorar la distribución, las tendencias socialistas, y también las intervencionistas, tienden a buscar una “distribución igualitaria”, incluso en desmedro del nivel de producción a obtener. Las razones de esos objetivos provendrían de la búsqueda de cierta protección hacia quien posee una actitud envidiosa. Gonzalo Fernández de la Mora escribió:

“La experiencia ha demostrado de modo irrefragable que la gestión estatal es menos eficaz que la privada ¿Qué sentido tienen, pues, las nacionalizaciones? Principalmente el de desposeer, o sea, el de satisfacer la envidia igualitaria. También es un hecho que la inversión particular es mucho más rentable e innovadora y crea más puestos de trabajo que la pública no subsidiaria. Entonces ¿por qué se insiste en incrementar la participación estatal en la economía? En gran medida, para despersonalizar la propiedad, o sea, para satisfacer la envidia igualitaria. Es evidente que la mayor parte del gasto público no crea capital social, sino que se destina al consumo. ¿Por qué, entonces, arrebatar con una fiscalidad creciente a la inversión privada fracciones cada vez mayores de sus ahorros? También para que no haya ricos, es decir, para satisfacer la envidia igualitaria. Lo justo es que cada ciudadano tribute en proporción a sus rentas. Esto supuesto, ¿por qué, mediante la imposición progresiva, se hace pagar a unos hasta un porcentaje diez veces superior al de otros por la misma cantidad de ingresos? Para penalizar la superior capacidad, o sea, para satisfacer la envidia igualitaria. Lo equitativo es que las remuneraciones sean proporcionales a los rendimientos. En tal caso, ¿por qué se insiste en aproximar los salarios? Para que nadie gane más que otro y, de este modo, satisfacer la envidia igualitaria. El supremo incentivo para estimular la productividad son las primas de producción. ¿Por qué, entonces, se exige que los incrementos salariales sean lineales? Para castigar al más laborioso y preparado, con lo que se satisface la envidia igualitaria. Y así sucesivamente.”

“El igualitarismo ni siquiera es una utopía soñada; es una pesadilla imposible. Lo que sí cabe es satisfacer transitoria y localmente la envidia igualitaria al precio de la involución cultural y económica. Cuanto más caiga una sociedad en la incitación envidiosa, más frenará su marcha. La envidia igualitaria es el sentimiento social reaccionario por excelencia. Y es una irónica falsificación semántica que se autodenominen «progresistas» las corrientes políticas que estimulan tal flaqueza de la especie humana. La deletérea envidia igualitaria dicta las páginas oscuras de la Historia; la jerárquica emulación creadora escribe las de esplendor” (De “La endivia igualitaria” de Gonzalo Fernández de la Mora – Editorial Planeta SA – Barcelona 1984).

Las ambiciones desmedidas por poseer, las ambiciones desmedidas para que otros no posean, junto con la falta de ambiciones, no son otra cosa que las proyecciones, en el comportamiento económico, de las actitudes egoístas, de odio y negligencia que poseemos, en mayor o menor grado, los seres humanos. La búsqueda de beneficios simultáneos en todo intercambio no es otra cosa que la proyección, a la economía, de la actitud predicada por el cristianismo consistente en compartir las penas y las alegrías de nuestros semejantes.

Vemos que las distintas posturas, en economía, no dependen tanto de la postura filosófica adoptada por el individuo, sino principalmente de su actitud ética.