jueves, 11 de febrero de 2010

¿ El fin del capitalismo ?


Los dos sistemas económicos rivales, para la producción y distribución de bienes, son el capitalismo y el socialismo. Ludwig von Mises escribió al respecto: “El laissez faire no significa: dejen que operen las desalmadas fuerzas mecánicas. Significa: dejen que cada individuo escoja como quiere cooperar en la división social del trabajo; dejen que los consumidores determinen cuáles empresarios deberían producir. Planificación significa: dejen que únicamente el gobierno escoja e imponga sus reglas a través del aparato de coerción y compulsión” (De “La Acción Humana” – Editorial SOPEC SA – Madrid 1968).

En el capitalismo, los medios de producción son privados y rigen las leyes del mercado; leyes que son descriptas por la ciencia económica. El mercado es un sistema autorregulado que requiere del control del Estado, pero no de una intervención que modifique alguna, o varias, de las variables económicas, ya que ello tiende a perturbar el sistema y a producir conflictos que llevan a la economía a una situación peor que la existente previamente, es decir, el remedio puede resultar peor que la enfermedad.

En el socialismo, los medios de producción son estatales y rige una planificación central que busca la igualdad social y económica de la población. Se ignoran las leyes de la economía. Al no existir el proceso del mercado, la economía planificada no dispone de datos tan simples como “el precio de mercado”, por lo cual es dificultoso el cálculo económico necesario para la optimización del sistema. La ineficacia es una consecuencia inmediata. Además, al no existir la propiedad privada, todo individuo forma parte de la planificación central, por lo que la pérdida de libertad individual es inherente al sistema.

Los defensores de la economía de mercado sostienen que ésta constituye el mejor sistema sin llegar a afirmar que sea un método infalible para lograr el desarrollo económico de una Nación. Los defensores de la economía planificada descalifican y calumnian a sus rivales acusándolos de tratar de promover beneficios para un solo sector de la población.

También existen economías mixtas, y son la mayoría. En estos casos es oportuno determinar si existe una tendencia hacia la economía libre o bien una tendencia progresiva hacia el socialismo, tal el caso de países con gobiernos intervencionistas. En esos casos, el Estado participa activamente en el mercado y lo distorsiona (en lugar de realizar un control exterior para que se respeten sus reglas).

Los partidarios del socialismo tienden a lograr adeptos comparando el socialismo idealizado con una sociedad capitalista real, en lugar de tomar como referencia al socialismo real. Luego de muchos casos en que pudieron establecerse comparaciones efectivas entre ambos sistemas, llegó a ser evidente la superioridad de la economía de mercado. Esto pudo observarse comparando los resultados de la Alemania Occidental con la Alemania Oriental, o de Corea del Sur con Corea del Norte, o la actual China con mercado libre a la anterior China con planificación central.

A pesar de éstas, y de otras evidencias, todavía existen partidarios del socialismo. En parte ello se debe a que se asocia el capitalismo a los EEUU, como si fuera una invención de ese país. Debe tenerse presente que el mercado es un tipo de organización que se da en forma espontánea en cuanto surge la necesidad de establecer intercambios luego de la producción especializada (división del trabajo) y que los países tienen el mérito de adaptarse al mismo o la culpabilidad de ignorarlo.

Entre los que sienten ansiedad por ver la caída del capitalismo (y el triunfo del socialismo) tenemos: a) Quienes aspiran a ocupar un lugar jerárquico en la futura sociedad comunista. b) Quienes aspiran a la igualdad económica para sentirse liberados de sentir envidia por los demás. c) Quienes tienen la esperanza de que se cumpla la profecía realizada por Marx acerca del fin del capitalismo y de la llegada del socialismo.

El fin del capitalismo, para darle paso al socialismo, es considerado por el marxismo como una especie de ley natural de la historia que ocurrirá indefectiblemente. El marxista debe tratar de que ese acontecimiento ocurra lo antes posible. Marx expresó: “Sólo hay un medio de abreviar, de simplificar, de concentrar los dolores mortales del fin de la antigua sociedad y los dolores sangrientos del parto de la sociedad nueva, un solo medio: el terrorismo revolucionario” (Citado en “Historia de las Ideas Políticas” de A. Rodríguez Varela – AZ Editora SA – Buenos Aires 1995)

A los EEUU se lo acusa de ser imperialista por cuanto a ese país llegan de todo el mundo los dos factores principales de la generación de riquezas: capital material y capital humano (gente capacitada). Ello se debe a que allí se respetan los derechos de la propiedad privada, las reglas del mercado, la estabilidad de las leyes, etc., lo cual constituye un poderoso atractivo para la inversión. Una vez que el país funciona aceptablemente, resulta ser también un atractivo para muchos profesionales y trabajadores especializados de todo el mundo, que allí ven reconocidas sus aptitudes laborales y personales.

Este éxodo de capitales y trabajadores es favorecido, desde otros países, por gobiernos populistas y totalitarios, que ahuyentan capitales debido a la siempre presente posibilidad de expropiación estatal, o bien por la ausencia de un marco legal que garantice los derechos vinculados a la propiedad privada.

En los países subdesarrollados es común que luego de dos o tres años de formada una empresa, deba cerrar sus puertas. Se habla de porcentajes cercanos al 80 %. Y ello se debe a que se busca prioritariamente el beneficio material inmediato en lugar de reinvertir ganancias por varios años hasta que la empresa tenga dimensiones importantes. Esta mentalidad impide la acumulación de capitales.

En forma similar, los gobiernos populistas promueven la “repartición de riquezas” en lugar de promover la “producción” de las mismas. Se estima que la riqueza de un país viene medida por la cantidad de capital per capita disponible. De ahí que las tendencias intervencionistas, que favorecen el consumo antes que la inversión, impiden la formación de capitales productivos y el posterior éxito económico del país.

La etapa de la distribución debe producirse luego de la etapa de la capitalización, de ahí la conveniencia de que existan, alternativamente, gobiernos liberales y distribucionistas. Por el contrario, si en un país se alternan en el gobierno distintos tipos de populismo (como en la Argentina) el país seguirá reduciendo su nivel económico cada vez más.

Es oportuno decir que el éxito, en todo proceso educativo, o en todo proceso en que existe transmisión de información, depende tanto del que la da como del que la recibe. Si la ciencia económica da consejos respecto de aquello que produce buenos resultados y de aquello que produce malos resultados, no se la debe responsabilizar por el mal funcionamiento económico de la sociedad si tales consejos son ignorados. Es lo mismo que culpar a la medicina por la mala salud de la población, o a la metereología por el mal tiempo existente.

Hay varias formas de distorsionar al mercado. La forma más elemental consiste en la emisión monetaria excesiva, por parte del Estado, cuando se busca “repartir las riquezas”. También ocurre cuando se otorgan créditos a tasas inferiores a las establecidas por el mercado. En esto consiste la inflación, con los indeseables efectos por todos conocidos. Luego, quienes distorsionan al mercado son los primeros en hablar acerca de la ineficacia del sistema capitalista.

En el campo laboral ocurren distorsiones cuando se otorgan sueldos mayores a los establecidos por el mercado debido a decretos del gobierno o bien a las presiones de los sindicalistas. Esto favorece al trabajador en actividad, pero relega a la desocupación a muchos que quieren conseguir un empleo.

La solución propuesta por John M. Keynes para el pleno empleo consiste en la emisión de créditos y dinero, por parte del Estado, que favorecerá en el corto plazo la expansión de la economía, pero producirá inflación, con el descenso real del salario de los trabajadores. Al producirse esa disminución, el empleo tiende a subir hasta llegar a eliminar la desocupación.

La expansión del crédito, promovida por el Estado, sin embargo, posibilita la caída de las tasas de interés, dando señales erróneas al empresario que tiende a realizar mayores inversiones que las aconsejadas. Aparece una etapa de esplendor económico que será seguida por una gran recesión. En esto consiste la descripción de la causa de los ciclos económicos por parte de F. von Hayek y L. von Mises. Este último autor escribió: “La depresión es consecuencia de la expansión del crédito. El desempleo masivo, que se prolonga año tras año, es el efecto inevitable de los intentos por mantener los salarios por encima del nivel que el mercado, sin traba alguna, habría fijado. Todos esos males, que los progresistas interpretan como una evidencia del fracaso del capitalismo, son el resultado necesario de la alegada interferencia social en el mercado” (De “Planificación para la libertad” – Centro de Estudios sobre la libertad – Buenos Aires 1986)

La severa crisis del 2008, fue favorecida por la emisión de créditos otorgados a quienes no podían devolverlos. Pero principalmente se debió a la existencia de una tendencia generalizada a la especulación (inversión no asociada a la producción), lo que nos indica que no podrán lograrse buenos resultados económicos si no se parte de un nivel ético aceptable y elemental.

Casi siempre se comparan las ventajas materiales o económicas de uno y otro sistema. Sin embargo, debe tenerse presente que los sistemas totalitarios, que se oponen a la democracia (aunque fingen respetarla para llegar al poder), implican una efectiva pérdida de la libertad individual. La total concentración del poder en el Estado, crea las condiciones adecuadas para la existencia de situaciones de extremo peligro para el individuo y la sociedad. El poder absoluto ejercido por Hitler, Stalin y tantos otros nefastos personajes de la historia reciente, no distan demasiado de la mentalidad de un Nerón o un Calígula.

¿Acaso el ciudadano que apoya al socialismo no se da cuenta de este peligro real? ¿Acaso tal ciudadano desconoce las atrocidades cometidas por nazis y comunistas? Sin embargo, se ha llegado a descalificar al liberalismo, o al capitalismo, de tal manera que para el ciudadano común resulta ser algo nefasto. Y son precisamente los que coinciden ideológicamente con Hitler y Stalin, principalmente respecto del liberalismo, la democracia, los empresarios, los que difaman a la ciencia económica promoviendo el totalitarismo. También son quienes se atribuyen el monopolio de la “bondad” y la “ética”. Ello se debe a que el socialista está siempre dispuesto a repartir los bienes ajenos buscando su confiscación por parte del Estado, aunque casi nunca tiene la predisposición a crear medios de producción para compartirlos con los demás.