viernes, 25 de mayo de 2018

Las ideas subyacentes al hombre posmoderno

La tarea esencial del psicólogo social consiste en determinar el vínculo existente entre idea y acción posterior, o entre conocimiento o creencia y actitud posterior. Si observa determinado comportamiento, le surge la curiosidad por indagar acerca de las ideas que lo motivaron, o bien, si le resultan conocidas ciertas ideas, indagará acerca de los comportamientos probables que originarán. Mientras que el psicólogo social “podrá mejorar la humanidad”, no podrá, en general, mejorar la salud mental de un individuo determinado.

Nuestra época, denominada “posmoderna”, se caracteriza por el predominio del “hombre light”, que no difiere demasiado del hombre-masa, en el sentido de que reconoce sólo derechos y rechaza obligaciones. Una descripción adecuada de tal tipo de individuo implica conocer su comportamiento social y también las ideas predominantes en la sociedad que conforma.

Se supone, en general, que las ideas determinan comportamientos o que son causa de comportamientos, aunque también es posible suponer que los cambios tecnológicos y científicos inducen hábitos que influyen y conforman las ideas predominantes en una sociedad. Aceptando que existe una mutua vinculación entre ideas y actitudes, la tarea del científico social consiste en descubrir el nexo entre ambas, como se dijo antes. El proceso de adaptación cultural ha de consistir en promover las ideas que favorecen las actitudes cooperativas y desalientan las que promueven comportamientos competitivos y negligentes.

Puede “seguirse el rastro” de las ideas predominantes en épocas pasadas teniendo presentes los escritos de las figuras literarias, filosóficas o religiosas más representativas. Así, el estoicismo de Séneca, Cicerón, Epicteto y Marco Aurelio, nos dan una idea de las causas del desarrollo cultural de los romanos, además de advertir la compatibilidad del estoicismo con el cristianismo, por lo cual la adhesión romana a dicha religión no produjo cambios muy significativos en la intelectualidad romana, excepto en el caso del ciudadano común orientado a las antiguas prácticas paganas.

En el caso de la Edad Media europea, resulta sencillo conocer ideas y actitudes predominantes por cuanto existió un neto predominio de la Iglesia Católica. El hombre tenía en ese entonces un puesto definido en la sociedad y en el mundo. Su vida tenía un sentido religioso y consideraba que estaba en el mundo de paso hacia otra etapa superior. Seguramente no tendría problemas existenciales, como los del hombre actual, pero tendría limitaciones y carencias materiales, desconocidas para un importante porcentaje de la población actual.

Si adoptamos a la Edad Media europea como referencia, puede decirse que el hombre se va alejando del pensamiento religioso predominante mientras se siente cada vez más atraído por las novedades de cada siglo. Debido a que el pensamiento religioso es esencialmente moral, tal alejamiento implica una pérdida progresiva en el proceso de adquisición de valores morales, llegando tal proceso, en la actualidad, a golpear el interior de la propia Iglesia. Quienes hemos vivido varias décadas, podemos advertir el progresivo deterioro moral de la sociedad. Ciertamente que en toda época han existido crisis variadas; aun así, se advierte un retroceso permanente. Enrique Rojas describe la sociedad posmoderna a partir de su figura central, el hombre light: “Es una sociedad, en cierta medida, que está enferma, de la cual emerge el hombre light, un sujeto que lleva por bandera una tetralogía nihilista: hedonismo-consumismo-permisividad-relatividad. Todos ellos enhebrados por el materialismo. Un individuo así se parece mucho a los denominados productos light de nuestros días: comidas sin calorías y sin grasa,…..y un hombre sin sustancia, sin contenido, entregado al dinero, al poder, al éxito y al gozo ilimitado y sin restricciones” (De “El hombre light”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2007).

La palabra “sustancia”, que se escribe también “substancia”, significa “lo que está debajo”. De ahí que un hombre sin substancia es alguien que tiene pocas ideas definidas, o bien las que tiene resultan incompatibles con el orden natural, por lo que carece de un adecuado sentido de la vida. Ante esa ausencia de sentido, trata de suplantarlo con el consumismo, sin lograr éxito. Si pensamos en el lento y complejo proceso de la aparición de la vida inteligente en nuestro planeta, nos sentiríamos sorprendidos si alguien nos dijera que todo ese proceso conduce a un hombre que dedica todo su tiempo y todos sus pensamientos a consumir lo que está disponible en el comercio. El citado autor agrega: “El hombre light carece de referentes, tiene un gran vacío moral y no es feliz, aun teniendo materialmente casi todo. Esto es lo grave”.

“Frente a la cultura del instante está la solidez de un pensamiento humanista, frente a la ausencia de vínculos, el compromiso con los ideales. Es necesario superar el pensamiento débil con argumentos e ilusiones lo suficientemente atractivos para el hombre como para que eleven su dignidad y sus pretensiones. Se atraviesa así el itinerario que va de la inutilidad de la existencia a la búsqueda de un sentido a través de la coherencia y del compromiso con los demás, escapando así de la grave sentencia de Thomas Hobbes: «El hombre es un lobo para el hombre»”.

“Hay que conseguir un ser humano que quiere saber lo que es bueno y lo que es malo; que se apoya en el progreso humano y científico, pero que no se entrega a la cultura de la vida fácil, en la que cualquier motivación tiene como fin el bienestar, un determinado nivel de vida o placer sin más. Sabiendo que no hay verdadero progreso humano si éste no se desarrolla con un fondo moral”.

En la difícil tarea de sintetizar adecuadamente las ideas que conducen a la ausencia de sentido, se puede intentar ejemplificarlas mediante analogías. En este caso se menciona el caso del seleccionado colombiano durante el Mundial de Fútbol de Chile (1962). En un partido en que pierde 3 a 1 finalizado el primer tiempo, Adolfo Pedernera, su entrenador, le dice a sus jugadores: “El partido ya está perdido; diviértanse”. Como el fútbol es un deporte de destreza y habilidad, y no de lucha, con el ánimo de divertirse los colombianos logran empatar 4 a 4.

La actitud del director técnico en cierta forma se parece a la de los filósofos nihilistas, quienes sostienen que la vida humana no tiene sentido, por lo que no vale la pena luchar, recomendando “divertirse”. Esto concuerda con la actitud del hombre light que trata de “divertirse” todo el tiempo por cuanto lleva impresa en su mente la idea de que la vida no tiene sentido. Abelardo Pithod escribió: “El acontecimiento cultural más importante de estos tiempos es la crisis de la cultura cristiana y el alejamiento de las grandes masas de población de las naciones que alguna vez formaron la cristiandad. Es importante entender, entonces, que el anarquismo contemporáneo, cuya esencia es el nihilismo, constituye la revolución total contra lo que quedaba de nuestra cultura tradicional”.

“Un antecedente inmediato fue el existencialismo ateo. Con variantes lo fue también «l’homme revolté» [el hombre rebelde] de Albert Camus (Camus no aceptaba que lo llamaran existencialista pero era ateo). Para este autor la revuelta humana debía ser contra el sinsentido de la vida, oponer al absurdo de la existencia la valentía de la libertad más radical. Si la vida carece de sentido al menos ejerzo mi libre arbitrio plenamente. El absurdo de mi existencia no me esclavizará. Es decir, si nada tiene sentido todo está permitido. Es la anarquía total” (De “Ciclos de Cultura y Ética Social”-CIES Editorial-Buenos Aires 1997).

Confirmando lo anterior, Teófilo Urdanoz escribió: “La reflexión de Camus se vuelve pronto sobre los problemas de la existencia. Ya en «El extranjero» describe con trágica lucidez lo absurdo de la existencia: el modesto empleado de Argel, el protagonista, descubre en el cansancio de sus rutinarios trabajos que la vida no tiene sentido, que es un absurdo inútil; y recibe la sensación de que el hombre se convierte en extranjero de sí mismo, al no reconocerse en lo falso y banal de su trama vital”.

“El tema se hace central en «El mito de Sísifo», donde la palabra «absurdo» es repetida casi en cada página. En él se plantea «el único problema filosófico verdaderamente serio»; el suicidio. Si la vida no tiene sentido, ¿cómo vivirla dignamente? ¿Es preciso abandonar la existencia o un vivir en el absurdo? Sísifo, el del mito griego, estaba condenado a transportar una enorme piedra a la cumbre de la montaña; cada vez que alcanzaba la cima, el bloque se deslizaba y el desdichado volvía a recoger la piedra y comenzar sus esfuerzos. Esta lucha siempre recomenzada simboliza el descubrimiento del absurdo, omnipotente en el universo. El sentimiento del absurdo brota justamente en la confrontación entre la existencia de la libertad y la experiencia de una situación cerrada, de una vida abocada a la muerte. Camus rechaza las dos principales tentativas de evasión del absurdo: el suicidio, que elude el problema eliminando la conciencia, y la esperanza, que sofoca la lucidez del absurdo en una noche mística equivalente al suicidio”.

“La única solución lúcida es la «rebelión heroica», valiente y solitaria protesta contra la realidad irracional que nos oprime, o el mundo «sin razón». El hombre que se rebela es el único hombre libre, porque reconoce la finitud de su vivir y la acepta con clara conciencia. Es lo que también se sostiene en «El hombre rebelde». La lucidez se consigue solamente en la rebelión, «confrontación del hombre con su propia oscuridad». El hombre en rebeldía asume verdaderamente su condición personal y combate para despertar a los otros hombres. La rebeldía es un actuar consciente, que preserva a la conciencia de la inutilidad de la vida. El absurdo se convierte así en motor del obrar humano, porque «en la fuente de la rebeldía hay un principio de actividad y energía superabundante». Y esta creación de energías es la justificación de la vida del hombre” (De “Historia de la Filosofía” VI-Biblioteca de Autores Cristianos-Madrid 1978).

El indicio de que la vida tiene un sentido objetivo, además de los sentidos particulares que podamos darle, que viene implícito en el propio orden natural, surge del hecho de que no podemos transitar nuestra vida de cualquier manera. Es un caso similar al del camino que tiene señalado un solo sentido de circulación; si no lo respetamos, es posible que nos estrellemos contra la realidad. Y si desconocemos la existencia de esa regla, nos enteraremos de ella cuando tengamos un accidente.

domingo, 20 de mayo de 2018

Dependencia vs. Culpabilidad propia

Entre los atributos de quien se siente fracasado, ya se trate de individuos o de pueblos, encontramos la habitual renuncia a la culpabilidad propia para dirigirla hacia la ajena. Generalmente, la sensación de fracaso es relativa al éxito ajeno, de ahí que aparezca cierta envidia destructora de la integridad moral, tanto del individuo como de un pueblo. Los políticos populistas y totalitarios son especialistas en promover el descontento del fracasado al prometer liberarlos del culpable externo de todos sus males. Carlos Mira escribió: “La palabra «envidia» deriva del latín ‘invidere’ (in: poner sobre, ir hacia y videre: mirar). Esto es, «poner la mirada sobre algo». El fascista [y el socialista] convence a la masa de que «ponga la mirada» sobre lo que tienen «los otros» y luego envía mensajes incendiarios acerca de que eso que «tienen los otros», lo tienen porque se lo sacaron a ellos. Terminará prometiendo que él pondrá fin a esa injusticia” (De “La idolatría del Estado”-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2009).

Entre los pueblos latinoamericanos existe una marcada tendencia a culpar por todos sus males al “imperialismo yanqui”, renunciando a subsanar la gran cantidad de errores solucionables y evidentes. Para colmo de males, no faltó una elaborada teoría sociológica que justificara tal actitud, tal el caso de la “teoría de la dependencia”. Al respecto, E. del Acebo Ibáñez y R. J. Brie escribieron: “Teoría elaborada a partir de mitad del siglo XX para explicar la situación específica de dominación, dentro de la concepción de estratificación social (marxista-leninista) de las naciones, según la cual los países ricos e industrialmente avanzados mantienen en una situación de dominio a los países pobres o en desarrollo; esta relación externa tiene su correlato dentro de cada país en el dominio de las clases ricas –ligadas a los países centrales- sobre las clases pobres (F. H. Cardoso y E. Faletto)” (Del “Diccionario de Sociología”-Editorial Claridad SA-Buenos Aires 2006).

La irrealidad de esta teoría fue reconocida por uno de sus autores, Fernando H. Cardoso, por cuanto cambia su visión de la realidad atribuyéndosele aquella conocida frase que expresa: “Quien de joven no es socialista, no tiene corazón; quien de adulto no es capitalista, no tiene cerebro”. Carlos A. Montaner escribió: “Carlos Rangel denunciaba la falsedad esencial de la teoría de la dependencia –algo que años más tarde humildemente aceptaría Fernando Henrique Cardoso, uno de sus más fervientes apóstoles, cuando dejó de ser un sociólogo marxista para convertirse en el presidente serio y moderado de Brasil-, colocaba la responsabilidad de nuestros fracasos sobre nosotros mismos, revelaba las contradicciones doctrinales de los seguidores de Marx, renunciaba a la versión infantil de una historia de buenos y malos, y se atrevía a defender apasionadamente los modos de vida occidentales incluidas la democracia y la economía de mercado que habían transformado a ciertas naciones en los rincones más ricos del planeta, criticando sin ambages la barbarie totalitaria de izquierda, sin ignorar, por supuesto, el autoritarismo de derecha, que también le repugnaba al ensayista venezolano” (Del Prólogo de “Del buen salvaje al buen revolucionario” de Carlos Rangel-Editorial CEC SA-Caracas 2015).

El indicio más evidente de que el atraso latinoamericano se debe a la ausencia de iniciativa empresarial, entre otros aspectos, se observa en que las materias primas sólo constituyen entre un 2 a un 4% del PBI mundial, mientras que las empresas de mayor valor en el mundo son, actualmente, las que producen tecnología de informática y comunicaciones, en donde el capital humano es el principal factor de la producción. Carlos S. Nino escribió: “Si bien es indudable que las pampas constituyen una de las praderas más extensas y fecundas del planeta, alguien ha dicho –debido a factores como la caída relativa de los precios de muchos productos agropecuarios y la aplicación a tierras menos fértiles de procesos biotecnológicos- el valor de mercado de toda la pampa húmeda es comparable al de una sola gran empresa japonesa” (De “Un país al margen de la ley”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1992).

Por lo general, quien sostiene el predominio de una culpabilidad propia de una nación subdesarrollada, será calificado como un “agente al servicio” de las multinacionales, o cosas por el estilo. Ya en el siglo XIX, sin que pierda actualidad, Juan Bautista Alberdi advertía las fallas propias de su nación, escribiendo al respecto: “Los argentinos hemos sido ociosos por derecho y holgazanes legalmente. Se nos alentó a consumir sin producir. Nuestras ciudades capitales son escuelas de vagancia…Nuestro pueblo no carece de alimentos sino de educación y por eso tenemos pauperismo mental. En realidad nuestro pueblo argentino se muere de hambre de instrucción, de sed de saber, de pobreza de conocimientos prácticos y de ignorancia en el arte de hacer bien las cosas” (Citado en “La idolatría del Estado”).

No debe extrañar a nadie que la mayor parte de los argentinos detesté ruidosamente a toda institución que nos proponga lograr una economía sana, similar a la de los países desarrollados, como es el caso del FMI (Fondo Monetario Internacional), cuyas “perversas directivas” para el largo plazo consisten esencialmente en:

1- Disciplina fiscal
2- Reordenamiento de las prioridades del gasto público
3- Reforma impositiva
4- Liberación de las tasas de interés
5- Una tasa de cambios competitiva
6- Liberación del comercio internacional
7- Liberación de la entrada de inversiones extranjeras directas
8- Privatización
9- Desregulación
10- Derechos de propiedad

Ante la certeza de las mayorías de que tales medidas son recomendadas para perjudicarnos, la sabiduría popular y la “intelectualidad” de izquierda recomiendan tomarlas como referencia para hacer exactamente todo lo contrario. Así nos va.

Que la teoría de la dependencia poco tenga que ver con la realidad, no constituye ningún inconveniente para que siga teniendo plena vigencia, ya que, de aceptarse su caducidad, la izquierda política no tendría razón de ser, ya que la razón de su existencia es la lucha contra el imperialismo yanqui y contra el capitalismo. El predominio de la “intelectualidad” de izquierda se manifiesta, numéricamente hablando, en la cantidad de libros que están a favor del accionar del terrorismo de izquierda de los años 70 en comparación con los que estaban en contra o que eran neutrales. Los datos son los siguientes:

A favor de la guerrilla: 655
En contra de la guerrilla: 106
Neutrales: 53

(De “La guerrilla en sus libros” (I) de Enrique Díaz Araujo-Buenos Aires 2008).

La base del socialismo práctico implica solucionar los defectos atribuidos al capitalismo, principalmente en lo que atañe a la explotación laboral del trabajador. Sin embargo, mientras que el trabajador puede, en la sociedad capitalista, dejar de trabajar en relación de dependencia, o bien cambiar de empresa, en el socialismo, al existir una sola empresa (el Estado) y al estar vedada toda prestación laboral individual, el empleado no tiene protección alguna contra la explotación laboral ejercida por el Estado, a favor de la clase dirigente.

Para “solucionar” este absurdo dogma ideológico, los socialistas introdujeron otro: la economía planificada estatal, dirigida por socialistas, es mejor que la economía de mercado por cuanto el socialista es “moralmente superior” al término medio de la población, mientras que el empresario es “moralmente inferior” a ese término medio. Esto implica que quien no produce nada, y redistribuye lo que otros producen, sería superior a los que producen. José Ingenieros escribió: “La Revolución Rusa ha sido el símbolo de la nueva conciencia de la humanidad y ha servido como piedra de toque para distinguir a los partidarios del parasitismo y del trabajo. Todos los que desean «reconstruir» el inmoral régimen capitalista son enemigos de Rusia; todos los que desean «construir» un nuevo régimen sobre cimientos morales más justos son sus partidarios”. “Todo el que discute la reacción obra como revolucionario; todo el que discute la revolución obra como reaccionario” (De “Los tiempos nuevos”-Editorial TOR SRL-Buenos Aires 1956).

Como los marxistas suponen que el sistema económico vigente en una sociedad es el que determina el comportamiento moral de cada individuo, todas las crisis morales y sociales existentes en sociedades no socialistas, son consideradas efectos necesarios del sistema de producción capitalista. El capitalismo, por el contrario, es sólo un método económico que responde con eficacia a las demandas del consumidor. Es el consumidor el que orienta la producción, y si una sociedad con economía capitalista presenta un empobrecimiento moral, ello se debe a factores extra-económicos, como son los problemas psicológicos o existenciales que afectan a personas que, incluso, disponen de medios económicos suficientes.

José Ingenieros muere en 1925, mientras que el libro citado lo escribe en 1920, a tres años de la Revolución Rusa, aun cuando desde un primer momento se difundieron por el mundo las noticias de la violencia desplegada por Lenin y sus secuaces. Los “moralistas” como Ingenieros adujeron que eran “noticias falsas”, aplicando el absurdo dogma de la “superioridad moral” del socialista sobre el resto de la sociedad. La promoción de ideas y métodos socialistas lo hace figurar entre los autores ideológicos de la violencia que años más tarde se difundió por todo el mundo.

Mientras que autores liberales, como Juan Baustista Alberdi, son los verdaderos moralistas, por cuanto remarcan los defectos individuales del ciudadano común, con la esperanza de una mejora posterior, los falsos moralistas, como José Ingenieros, son los que niegan la posibilidad de mejora de algunos sectores de la sociedad y proponen la violencia armada como el único medio para “mejorar” la sociedad.

jueves, 17 de mayo de 2018

Cristo ¿el primer comunista?

Algunas expresiones, propias de la “sabiduría popular”, pueden a veces llegar a predominar en círculos intelectuales más elevados (o al menos que creen que lo son). Una de esas expresiones es la que afirma que Cristo fue el primer comunista, a pesar de que los impulsores del marxismo-leninismo consideraban a la religión, especialmente la cristiana, como un mal que debería desterrarse del planeta. Es elocuente el masivo cierre de templos e instituciones cristianas en la URSS, en épocas de Stalin y Kruschev, como también en otros países gobernados por socialistas.

Con el tiempo, para conveniencia de los seguidores de Marx y Lenin, se difunde una supuesta compatibilidad entre cristianismo y marxismo-leninismo, con el objetivo de facilitar la inserción de tal ideología totalitaria en países tradicionalmente católicos. La memoria de mosquito de las masas populares, como la de muchos “intelectuales”, permite aceptar sin inconvenientes, y como algo natural, una equivalencia entre ambas posturas, ya que se supone que cristianismo y marxismo-leninismo serían dos caminos distintos para llegar al mismo lugar.

De ahí que el “hombre nuevo” del cristianismo habría de ser esencialmente el “hombre nuevo soviético”. Al primero se llegaría a través del amor al prójimo, compartiendo penas y alegrías ajenas como propias, amando incluso al enemigo, mientras que al segundo se llegaría obedeciendo directivas, como lo sugiere la ideología marxista, eliminando o marginando sectores que se oponen a ese “ideal”.

Mientras el cristianismo propone el Reino de Dios, es decir, el gobierno de Dios a través de las leyes naturales, con una prohibición de todo gobierno del hombre sobre el hombre, el marxismo-leninismo propone el gobierno socialista de quienes dirigen al Estado, que ha de ejercerse sobre el resto, con una prohibición expresa de seguir las sugerencias cristianas.

El “hombre nuevo soviético” debería, con el tiempo, reemplazar al hombre normal, surgido como consecuencia de la evolución biológica y cultural actuantes hasta el momento. El marxismo-leninismo supone que existe una herencia de los caracteres adquiridos, por lo cual, el hombre adiestrado para la comunidad socialista, habría de legar, por herencia genética, los genes modificados por la influencia del medio social. Luego, la humanidad futura habría de quedar integrada por hombres hechos a imagen y semejanza de Marx y Lenin, especialmente. Este proyecto inicial resulta incompatible con las leyes de la genética, si bien la fe marxista-leninista puede seguirlas ignorando con tal de continuar en la persecución de sus “elevados” fines.

Mientras que el Reino de Dios ha de ser la sociedad humana emergente de individuos que cumplan, al menos parcialmente, el mandamiento del amor al prójimo, siendo el amor el vínculo entre individuos que permite la existencia de la sociedad, el comunismo propuesto por Marx y Lenin ha de ser una comunidad en la cual el vínculo de unión entre individuos han de ser el trabajo y los medios de producción, tal como ocurre en una sociedad de hormigas o de abejas.

Mientras que los afectos permiten establecer vínculos con muchas personas, sin atarse a ellas mediante vínculos materiales, los vínculos materiales atan a las personas, limitando severamente la libertad, y haciendo de la vida individual una imposibilidad, ya que sólo se permiten los objetivos colectivos, como en el caso del hormiguero o la colmena. Mientras el cristianismo sugiere un vínculo que se siente, siendo algo real y concreto, el marxismo-leninismo propone un vínculo que se observa y se toca, ignorando los sentimientos humanos.

Cristo dijo: “Primeramente buscad el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se os dará por añadidura”, mientras que Marx y Lenin sugieren algo similar a “Primeramente buscad la socialización de los medios de producción, que lo demás se os dará por añadidura”.

Mientras que el cristianismo propone ayudar materialmente al prójimo, luego de establecer el vínculo afectivo, compartiendo lo propio, el marxista-leninista siempre se muestra generoso repartiendo lo ajeno, nunca de lo propio. Mientras que el cristiano auténtico llega a dar la vida por la vigencia de su religión, imitando a Cristo, el auténtico marxista-leninista asesina a quienes se oponen a su pseudo-religión, imitando a Lenin, Stalin, Mao, etc.

Mientras que la igualdad, para el cristiano, implica que todo lo bueno o lo malo que le ocurra a otras personas incidirán en su ánimo en la misma medida que si le sucediera a él mismo, la igualdad, para el marxista-leninista implica disponer de igual cantidad de bienes materiales que los demás integrantes de la comunidad, evitando de esa manera tener que sufrir por la envidia propia de quienes valoran en exceso todo medio material.

Uno de los mitos que circulan en el ámbito de la opinión publica y de los pseudo-intelectuales, sostiene que las primeras etapas de la humanidad constituyeron una “Edad de oro”, seguidas de etapas de decadencia o caída, por lo que se requiere de una restauración inminente de aquella época ideal. Luego, el papel histórico que cumple Cristo es el de un “revolucionario” que pretende volver al “socialismo inicial” (la supuesta Edad de oro), que el revolucionario marxista-leninista trata de reinstalar en nuestra época.

Es interesante observar que el mito anterior ya tenía vigencia en la época del descubrimiento de América. Carlos Rangel escribe al respecto: “Buscando lo que preexistía en su deseo, los descubridores crearon el mito más potente de los tiempos modernos: el buen salvaje, versión «americanizada» o «americanista» del mito de la inocencia humana antes de la caída, fábula destinada a tener inmensa fortuna en la historia de las ideas, y desde luego igualmente inmensas consecuencias”.

“En forma mucho más vívida e inmediata que sus antecedentes, el mito del buen salvaje responde a las angustias características de la civilización europea, occidental, cristiana, historicista. Si el hombre fue bueno y es la civilización la que lo ha corrompido, si hubo una Edad de Oro y estamos en una Edad de Hierro o de Bronce, no puede haber mayor maravilla que encontrar ese tiempo primitivo coexistiendo con nuestro tiempo, y constatar que en efecto hombres incontaminados por la civilización han permanecido inocentes”.

“Así vio Colón a los nativos de las islas del mar Caribe, y así los describió en sus cartas a los Reyes Católicos: «Certifico a sus Altezas que no existe mejor tierra ni mejor gente; aman al prójimo como a ellos mismos y hablan la lengua más suave del mundo»”.

“A uno de ellos, al ofrecerle Colón su espada, no supo qué cosa era, y tomándola por la hoja, se cortó con ella, de lo que dedujo el descubridor que estos hombres no conocían las armas ni la guerra. La facilidad con que se desprendían de chucherías de oro, le hizo pensar que ignoraban igualmente la codicia”.

“Por causa del mito del buen salvaje, Occidente sufre hoy de un absurdo complejo de culpa, íntimamente convencido de haber corrompido con su civilización a los demás pueblos de la tierra. Agrupados genéricamente bajo el calificativo de «Tercer Mundo», los cuales, sin la influencia occidental habrían supuestamente permanecido tan felices como Adán y tan puros como el diamante” (De “Del buen salvaje al buen revolucionario”-Editorial CEC SA-Caracas 2015).

Mientras el mito mencionado constituye una secuencia de tipo “esplendor-decadencia”, la evolución biológica admite una dirección opuesta, que va desde niveles de menor a mayor grado de adaptación al medio ambiente. También la evolución cultural presenta esta tendencia, aunque interrumpida precisamente por la influencia de las ideologías totalitarias, como el marxismo-leninismo y el nazismo, que hacen retroceder a la civilización hasta las épocas previas de barbarie o salvajismo.

En cuanto a la etapa de “restauración” que surge del mito del “buen salvaje”, se hace necesaria la actuación del “buen revolucionario”. Rangel escribe al respecto: “Para entender la transmutación del buen salvaje en el buen revolucionario, notemos que hay no sólo relación, sino identidad entre el estado del hombre antes de la caída y después de la salvación. El intermedio es un paréntesis en la beatitud natural, los últimos días serán como los primeros; el fin de la historia será el regreso a la Edad de Oro”.

“Algunos cristianos primitivos tuvieron la convicción de que tras su segundo advenimiento, Cristo establecería en la tierra un reino perfecto de mil años. Desde entonces el «milenarismo» ha sido una fiebre recurrente de la humanidad, y en un tiempo de degradación y superficialización de los grandes mitos profundos y eternos, ese milenarismo se ha hecho «revolucionismo» secular. La caída habría sido el establecimiento de la propiedad privada. Antes de existir esa institución «antinatural», los hombres habrían sido todos iguales y dichosos, y volverán a serlo automáticamente al quedar ella abolida”.

“Sin duda el milenarismo y el revolucionismo están reñidos con el espíritu racionalista que hizo la grandeza de Occidente; pero en cambio son supremamente tentadores para quienes se sienten preteridos, marginados, frustrados, fracasados, despojados de su derecho natural al goce igual de los bienes de la tierra de que supuestamente disfrutaban los buenos salvajes de América antes de la llegada de las fatídicas carabelas”.

Con la valiosa ayuda de sectores de la Iglesia Católica, el marxismo-leninismo no sólo pudo neutralizar a su enemigo ideológico, el cristianismo, sino que logró aliarlo parcialmente para continuar con la irrenunciable tarea de destruir todo lo que implique civilización occidental.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Dogmatismo y ética

Mientras que la ciencia experimental logra resultados que son reconocidos en todo el planeta, debido a la validez universal de las leyes naturales que describe, no ocurre otro tanto con la ética, dominada hasta el momento por la religión y la filosofía. Ello se debe a que no existe un consenso general acerca de la aplicación del método científico en cuestiones asociadas al comportamiento social del hombre. Si bien los recientes logros de la neurociencia avanzan sobre la descripción de emociones y sentimientos humanos, todavía se está algo lejos de que sean utilizados como base para ideologías paralelas a la religión y la filosofía.

El significado que actualmente se le asocia a la palabra “dogma” proviene del asignado por la Iglesia Católica. Al respecto, Jesús María Vázquez escribió: “A partir del Concilio de Trento, se convierte en término técnico que designa una verdad directamente revelada por Dios y declarada por el Magisterio eclesiástico como verdad contenida en la Revelación y objeto de fe. Dogma para el creyente, comenta Schmaus, es «en el vaivén eterno de la vida del hombre, en el continuo oleaje de los errores, firmeza, seguridad, refugio y claridad imbatibles»” (Del “Diccionario de las Ciencias Sociales”-Instituto de Estudios Políticos-Madrid 1975).

El problema que presenta el conocimiento basado en dogmas implica su inflexibilidad para la aceptación de perfeccionamientos posteriores, como también la imposibilidad para concordar con posturas rivales. Los conflictos entre las diversas religiones y filosofías, surgen esencialmente del dogmatismo que las sustenta. De todas maneras, la veracidad de una postura religiosa o filosófica no queda invalidada por su dogmatismo, ya que puede poseer atributos compatibles con la realidad. R. Lenoble escribió: “Todos los dogmatismos van a pedirle a la historia que pruebe que tienen razón, y, como se contradicen, cada uno le hace hablar a su manera” (Del “Diccionario del Lenguaje Filosófico” de P. Foulquié-Editorial Labor SA-Barcelona 1967).

Mientras que el dogmatismo religioso se basa en la creencia en que Dios revela a algunos hombres sus deseos o su voluntad, el dogmatismo filosófico se basa en la confianza desmedida en la razón humana. Revelación y razón dominan, por lo tanto, los fundamentos de la ética. Sin embargo, no resulta inoportuno pensar que revelación y razón sean justificativos posteriores para lo que se conoció por observación y experiencia. José Ingenieros escribió: “Suele decirse que un dogma es una opinión impuesta por una autoridad. De acuerdo. ¿Por cuál autoridad? La autoridad de la revelación divina, afirmaron los teólogos de cada Iglesia, pretendiéndose sus intérpretes fieles; la autoridad de la pura razón, arguyeron los filósofos racionalistas, creyéndose los legisladores de esa entidad superior a la común razón de los hombres. En uno y otro caso, teólogos y filósofos, convenían en que los principios básicos de la moral, ya fuesen teológicos o racionales, eran prácticamente inaccesibles al examen y la crítica individual, concibiéndolos como eternos, inmutables e imperfectibles”.

“Podríamos, pues, definir: un dogma moral es una opinión inmutable e imperfectible impuesta a los hombres por una autoridad anterior a su propia experiencia” (De “Hacia una moral sin dogmas”-Editorial Losada SA-Buenos Aires 1947).

Mientras que el religioso y el filósofo no aceptan críticas a sus construcciones intelectuales, aduciendo una previa superioridad intelectual e, incluso, moral, el científico acepta críticas y sugerencias. Mientras que aquéllos parten desde la verdad poseída, el científico va siempre en su búsqueda. Mientras la labor de religiosos y filósofos es individual y grupal, la labor del científico resulta ser una actividad colectiva, aunque sustentada en el pensamiento individual. Mientras que teólogos y filósofos levantan edificios ubicados uno al lado de otros, el científico colabora en la construcción de un único edificio realizado por muchos. Albert Einstein expresó: “La labor del científico está tan ligada a la de los científicos contemporáneos y a la de quienes le precedieron, que parece casi un producto de su generación”.

En cuestiones de ética, predominan, como se dijo, las realizaciones de teólogos y filósofos. José Ingenieros agregó: “La historia de la ética, desde sus primeras concreciones hasta nuestros días, nos muestra una lucha constante entre dos géneros de sistemas dogmáticos. Los unos –teológicos y religiosos- ponían sus principios en dogmas revelados y han cumplido eficazmente en ciertas épocas una positiva función social; los otros –filosóficos e independientes- partían de dogmas racionales y nunca alcanzaron la difusión necesaria para influir sobre las creencias colectivas. Prácticamente, un dogma revelado ha sido la opinión «ne varietur» [invariable] impuesta por los teólogos de una Iglesia a sus respectivos creyentes; un dogma racional, la opinión «ne varietur» impuesta por un filósofo a sus discípulos y admiradores”.

“Por una explicable obsecuencia a las creencias vulgares, los filósofos se inclinaron a atribuir a sus principios de ética racional los mismos caracteres que los teólogos a los principios de ética revelada: eternidad, inmutabilidad, indiscutibilidad, imperfectibilidad”.

Adherir a un sistema dogmático implica la firme creencia en ascender a la cima del mundo intelectual en la suposición de que se ha llegado a poseer la verdad absoluta con el consiguiente derecho a ponerla en práctica a cualquier precio. El marxista cree que el pensamiento individual, fuera de los dogmas partidarios, es propio del individualismo pequeño-burgués, por lo que es rechazado ante el predominante espíritu colectivista. De ahí que no existe diferencia metodológica esencial entre los llamados a la violencia contra el infiel, por parte de Mahoma, y la violencia contra la burguesía, impulsada por Marx.

La siguiente descripción de la psicología del revolucionario vislumbra el estado mental y moral al que puede llegar el fanático que adhiere a una ideología totalitaria sustentada con poco o ningún vínculo con la realidad. J. M. Coetzee escribió: “El revolucionario es un hombre condenado. No se interesa por nada, no tiene sentimientos, no tiene lazos que lo unan a nada, ni siquiera tiene nombre”.

“En él, todo está absorbido por una pasión única y total: la revolución. En las profundidades de su ser ha roto amarras con el orden civil, con la ley y la moralidad. Si sigue viviendo en sociedad, es sólo con la idea de destruirla”. “No espera misericordia alguna. Todos los días está dispuesto a morir” (Citado en “La cuarta espada” de Santiago Roncagliolo-Debate-Buenos Aires 2007).

Tanto el fanático que pretende destruir la sociedad de los infieles, como el fanático que pretende destruir la sociedad capitalista, están imbuidos en la creencia de que son los restauradores de la justicia y del bien, y que sus acciones violentas cumplen una importante función en la historia de la humanidad. Refiriéndose a Abimael Guzmán, el terrorista fundador de Sendero Luminoso, Santiago Roncagliolo escribió: “Abimael estaba obsesionado con la Historia, con mayúscula. Registraba todo, escribía todo, pensando que serían documentos fundamentales en el futuro. En las reuniones del partido, el peor castigo para sus oponentes era prohibirles firmar las actas, porque eso los dejaba fuera de la Historia”.

Existen dos circunstancias extremas en que puede hablarse de un “pensamiento único”: en el primer caso se lo asocia al pensamiento basado en dogmas de fe o de razón, que surge en virtud del acatamiento masivo a los mismos. En el segundo caso, aparece la unanimidad del pensamiento en virtud de basarse en hechos suficientemente comprobados por la ciencia experimental, como es el caso del científico que tiende a aceptar sin discusión, en su etapa de formación, una gran parte de su ciencia. Así, a pocos se les ocurriría poner en dudas la veracidad de las leyes de Newton como el electromagnetismo de Maxwell (en sus respectivos campos de aplicación).

Debido a que la mayor parte de los contenidos educativos provienen de la ciencia, y no de la filosofía o de la religión, es importante que el alumno desarrolle una actitud crítica en una etapa posterior a una previa formación básica, en lugar de adoptar una actitud crítica en cuestiones comprobadas suficientemente. También el alumno debe saber que las ciencias sociales, en general, atraviesan por una etapa pre-científica por lo que sus resultados parciales están en una etapa de consolidación.

Lo que resulta sorprendente es la actitud del marxismo, basado en dogmas de fe y de razón, que pretende pasar por científico cuando en realidad puede, a lo sumo, constituir una hipótesis científica errónea. Al desconocer toda descripción del hombre individual, y al describir la sociedad en base a clases sociales, limita su perspectiva. Se basa, además, en la visión de la economía del siglo XIX dejando fuera varios aspectos de importancia descubiertos posteriormente a su descripción del pre-capitalismo. Incluso Marx no termina de escribir “El capital” cuando advierte la aparición de los primeros enunciados de la teoría subjetiva del valor.

La violencia asociada a los diversos dogmatismos sólo puede ser atenuada por una vigencia futura de la actitud del científico, de quien busca la verdad en lugar de suponer que ya la posee en su totalidad. También el pensamiento científico ha de ser el que permitirá cierta unanimidad en base a las verdades parciales comprobadas suficientemente.

domingo, 13 de mayo de 2018

Ética de la obligación y la sanción vs. Ética de los derechos

Se considera que, entre las diversas éticas propuestas, algunas provienen de Dios; en cuyo caso estaríamos obligados a cumplirlas. De no acatarlas, nos arriesgaríamos a padecer severos castigos en el más allá. Los mandamientos de Moisés, que prohíben matar, robar, mentir, etc., no son demasiado exigentes por cuanto no nos sugieren explícitamente hacer el bien, ya que sólo nos exigen no hacer el mal. Quienes no adhieren a la religión no se sienten obligados a respetarlos, lo que no implica que no los vayan a cumplir. José Ingenieros se preguntaba: “¿La extinción progresiva del temor a las sanciones sobrenaturales eximirá a los hombres del cumplimiento severo de sus deberes sociales?” (De “Hacia una moral sin dogmas”-Editorial Losada SA-Buenos Aires 1947).

En la época romana se insinuaba la existencia de una ley natural que instaba a adaptarnos a ella, mientras que, ignorándola, llegarían sufrimientos similares a los que suponía la religión ante el no acatamiento a las leyes de Dios. Marco Tulio Cicerón escribió respecto de la ley natural: “El universo entero ha sido sometido a un solo amo, a un solo rey supremo, al Dios Todopoderoso que ha concebido, meditado y sancionado esta ley. Desconocerla es huirse a si mismo, renegar de su naturaleza y por ello mismo padecer los castigos más crueles aunque escapara a los suplicios impuestos por los hombres”.

Las leyes que provienen del Derecho son análogas a las anteriores, ya que, asociada a cada ley, se impone una pena o una multa. Así, si se nos prohíbe exceder con el automóvil una determinada velocidad, y si se la excede, se nos aplicará determinada multa. Si se establecieran leyes o normas sin una penalización concreta ante su incumplimiento, seguramente serán desoídas por muchos, excepto por parte de quienes no necesitan limitaciones para sus acciones ya que tienen el hábito del respeto hacia todo tipo de normas.

Las diversas ciencias sociales, en consonancia con la religión, tienden a promover en el hombre una mayor adaptación a las leyes naturales y al orden natural. La esencia del cristianismo es la cooperación humana, por cuanto, al sugerir compartir las penas y las alegrías ajenas (amor al prójimo) se establecen las condiciones óptimas para establecer la cooperación social.

Este objetivo común, que consiste en la búsqueda del predominio de la cooperación sobre la competencia, aparece en todas las ramas del conocimiento. Incluso el espíritu competitivo, al no poderse eliminar de nuestra naturaleza humana, requiere de una conversión hacia una competencia para lograr cooperar más que los demás. Carlos S. Nino escribió: “El Derecho cumple la función de evitar o resolver algunos conflictos entre los individuos y de proveer de ciertos medios para hacer posible la cooperación social” (De “Introducción al análisis del derecho”-Editorial Astrea-Buenos Aires 1992).

También la economía tiene como objetivo la descripción de los métodos productivos que mejor favorecen la cooperación entre individuos. Ludwig von Mises escribió: “La sociedad es fruto engendrado por consciente y deliberada conducta. La sociedad implica acción concertada, cooperación” (De “La acción humana”-Editorial Sopec SA-Madrid 1968).

Si la economía recomienda establecer intercambios en los cuales ambas partes intervinientes se han de beneficiar, con la previa libertad de aceptar o de abstenerse de hacer intercambios, además de sugerir ahorrar para poder realizar inversiones productivas, se observa que la inobservancia de tales hábitos alejará al hombre de la cooperación originando conflictos, es decir, el mismo efecto que produce el incumplimiento de los mandamientos bíblicos o de las leyes del Derecho, lo producirá el incumplimiento de los “mandamientos económicos”, ya que alejarán al hombre de la cooperación necesaria para nuestra supervivencia.

Si existen crisis sociales y humanas, se debe esencialmente a que “no cumplimos con los mandamientos” como los mencionados, es decir, no cumplimos con nuestros deberes. También puede darse el caso de que cumplimos con mandamientos erróneos, o poco compatibles con la ley natural.

Entre los atributos que caracterizan nuestra época posmoderna, encontramos justamente la existencia de una tácita ética de los derechos, sin la exigencia de cumplir, como contrapartida, con nuestros deberes u obligaciones. Es el pleno “reino del egoísmo”, por cuanto, al no cumplir con nuestros deberes, impedimos que se satisfagan los derechos de los demás. Es también el “reino del hombre-masa”, que no tiene deberes sino sólo derechos. Armando Roa escribió: “Una actitud que asombra y que sin embargo aparece natural, es una especie de paso desde la ética de los deberes a la ética de los derechos en los últimos veinte años. La ética fue siempre una disciplina ocupada del deber ser, o sea, la que discernía entre lo que se quiere y se puede hacer, y a su vez, lo que cabe hacer sin evadirse de lo correcto”.

“La ética del deber fue, por ejemplo, la ética clásica de Kant, la del imperativo categórico, y esto de que el hombre rinda culto al deber por sobre el culto al querer y al poder le llevó a decir que la belleza del orden moral sólo podía compararse con la del cielo estrellado en una noche serena. Sin embargo, tal ética kantiana, que sería uno de los ejes dinámicos de la modernidad, y lo mismo cualquier otro tipo de ética de los deberes, sería la que hoy aparece como simplemente anacrónica”.

“En todas partes se habla de derechos humanos, derechos al manejo del propio cuerpo, derecho a gozar de la individualidad sexual que se posee, ya sea homo o heterosexual, derecho a crear vida humana por vías artificiales…Se reclama si se vulnera el más pequeño de los derechos, y de hecho suena mal hacerle presente a alguien sus deberes. Se podría pensar que todo derecho involucra un deber, pero la posmodernidad maximiza los derechos y en cambio tiene una mirada benévola, comprensiva, silenciosa, para las evasiones de deberes. Parece curioso, sin embargo que la situación engendrada por este paso a la ética del posdeber, no haya provocado un caos en la vida social, como sería lo esperado” (De “Modernidad y Posmodernidad”-Editorial Andrés Bello-Santiago de Chile 1995).

Tanto el proceso de adaptación biológica como el de la adaptación cultural, requieren de una ética natural que nos exige ciertos deberes y nos concede ciertos derechos, pero que también nos “otorga” cierto autocastigo en caso de no responder a sus requerimientos. Las distintas éticas propuestas por el hombre constituyen distintas aproximaciones a dicha ética natural, cuyos requerimientos no están escritos en ninguna parte, sino que hemos de evaluar tales aproximaciones en función de los resultados logrados.

Un paso adelante, hacia el establecimiento definitivo de una moral natural, podría darse a través de una moral fundamentada en la biología. Incluso, si se puede mostrar que alguna de las éticas conocidas ya tiene ese fundamento, sería oportuno ponerlo de manifiesto. De esa manera se podría establecer una ética natural universal que ha de tener validez para todos los hombres, como ocurre con el conocimiento verificado, aportado por la ciencia experimental.

Este parece ser el caso de la moral cristiana, cuyo mandamiento del amor al prójimo no es otra cosa que acentuar el fenómeno de la empatía, ya que nos sugiere compartir las penas y las alegrías ajenas como propias, y que admite un fundamento biológico adicional con el descubrimiento de las neuronas espejo, que permiten que sintamos emociones similares a las que siente una persona observaba o traída a nuestra mente por algún recuerdo o referencia.

El mandamiento mencionado ya aparece en alguna parte del Antiguo Testamento, mientras que se lo denomina “cristiano” por cuanto en los Evangelios aparece como el objetivo de mayor importancia ética. Lucien Jerphagnon escribió: “Hay que observar que no son los principios de derecho natural los que cambian, sino la conciencia que se tiene de ellos en el seno de una civilización dada, la manera en que los vivimos en un contexto determinado. El mismo cristianismo no ha modificado en nada la naturaleza del hombre. Antes de él existían una naturaleza y virtudes propiamente naturales, cosas todas que siguen existiendo, por otra parte, después de él y fuera de él. Pero, al revelar Jesucristo al hombre, el cristianismo ha señalado que nos humanizamos plenamente cristianizándonos. En el mismo seno de la religión de Jesucristo, tiene lugar un progreso de la conciencia, a medida que la inteligencia va profundizando las enseñanzas evangélicas y descubriendo su verdadero y auténtico alcance” (De “Biología y moral” de Paul Chauchard-Ediciones Fax-Madrid 1964).

El marco adecuado en el que se desarrolla la ética natural es el de un mundo con un Creador de todo lo existente, que no interviene en los acontecimientos humanos, y que sólo establece las “reglas del juego”, es decir, las leyes naturales, siendo esencialmente la postura mencionada de Cicerón, que resulta enteramente compatible con el cristianismo y, sobre todo, con el mundo real.

miércoles, 9 de mayo de 2018

El hombre corrupto

Como atributo característico de nuestra época, en la que el hombre se aleja de la religión (y la religión se aleja del hombre), se advierte el auge de la corrupción. No hay ámbito social en el que no ocurran hechos surgidos como consecuencia de un pobre nivel moral individual. Algunos aducen que es el sistema económico y social el que favorece los actos ilegales. Sin embargo, aun cuando se presenten ocasiones favorables para el delito, muchos seguirán por el camino ético acostumbrado.

Se dice, justificadamente, que puede haber creyentes que “se portan mal” y ateos que “se portan bien”, ya que las posturas filosóficas individuales no tienen una relación directa con la moral concreta adoptada. De ahí que convendría calificar a las personas, no por sus creencias, sino por su conducta. Luego, puede decirse que “creyente activo” es el que respeta las leyes naturales y la moral asociada, mientras que “ateo activo” es el que ignora, o no le da importancia, a tales leyes; aunque sean calificados usualmente de manera opuesta.

Otra de las causas que favorecen la corrupción generalizada es que el acto delictivo tiene un “costo mínimo” para el infractor, o incluso una “ganancia”, cuando sabe perfectamente que no tendrá castigo alguno, ni tampoco un castigo moral por parte de la sociedad, ya que, en muchos casos, es la propia sociedad la que admira a quien se enriqueció mediante acciones ilegales e inmorales. Abel M. Fleitas Ortiz de Rozas escribió: “Una reciente encuesta de Gallup mencionaba que entre la población, cuando se le preguntaba qué veía como causas de la corrupción, en un 66% de las respuestas, una de las causas era que la justicia es ineficiente; e incluso, dentro de ese 66%, más de la mitad decía que ése era el mayor estímulo de la corrupción. Esta sensación de impunidad se reflejaba también en un comentario publicado hace un par de meses, donde se hablaba de un estado de impunidad, y decía que cuando reina un estado de impunidad, cuando el riesgo de descubrimiento y sanción se minimiza, la insolencia criminal crece hasta convertirse en una grave amenaza social. Y agregaba que el estado de impunidad no sólo es percibido por los delincuentes, sino también por los ciudadanos” (De “Ciclos de Cultura y Ética Social”-CIES Editorial-Buenos Aires 1999).

En cuanto al estímulo que un corrupto puede recibir de su propio ámbito familiar, Carlos S. Nino escribió: “El tipo de valores que subyace a muchos comportamientos asociados con la corrupción pública y la evasión impositiva, muestran la primacía de la moral de la amistad o de la moral familiar sobre la moral impersonal de alcance social (muchos funcionarios llegan a justificar, con aparente sinceridad, la corrupción como consecuencia de sus obligaciones frente a su familia, ya que no le perdonarían haber pasado por altas funciones sin haber aprovechado la oportunidad de hacerse de un patrimonio «como la gente»)” (De “Un país al margen de la ley”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1992).

La sociedad, al considerar que la corrupción es algo “normal”, sugiere que se hable incluso de una “cultura de la corrupción”. Fleitas describe el caso en que el propio comerciante, que le vende una silla de ruedas, que no era para él, le propone colocar en la factura un precio mayor para ayudarlo a que se quede con la diferencia: “En el momento de darme el gerente la factura, me dice: «¿En la factura cuánto le pongo?» Le dije: «Ya sé, cuesta mil…». «Pero no, doctor, dígame cuánto, y yo lo pongo». Le resultaba normal sobrefacturar para que yo hiciera una diferencia. Al final, a regañadientes, hizo la factura como correspondía; pero a partir de ese momento me empezó a mirar con desconfianza, con verdadera desconfianza, como diciendo «de dónde habrá salido éste». Me hacía sentir un poco como si yo estuviera cometiendo una falta por ir a romper lo que era la normalidad. Esta es una forma de ir alterando, insensiblemente, los valores”.

Puede simbolizarse la corrupción y las distintas causas que la generan:

Corrupción = Condiciones favorables + Individuos predispuestos + Apoyo del medio social o familiar

Cada individuo dispone de diversos frenos morales que le impiden caer en actitudes delictivas. El primero de ellos es la conciencia moral individual, que, como una voz interior, le indica que no debe caer tan bajo al convertirse en un corrupto. Si falla ese primer freno, ha de ser la influencia familiar la que lo ha de reconducir al buen camino. Si falla también esta segunda instancia, ha de ser la influencia social la que deberá reconducirlo. Si fallan las tres instancias mencionadas, ha de ser la ley humana, que proviene del Derecho, la que deberá ponerle los límites para que pueda reinsertarse en el medio social.

Por lo general se olvida que, cuando actúa la ley humana, hubo tres instancias previas que fallaron, o que no pudieron impedir el desvío moral. De ahí que sea la corrupción generalizada el síntoma esencial del subdesarrollo económico y social que impera en la sociedad. Carlos S. Nino escribió: “Bajo este presupuesto de la complejidad de la generación causal de la involución económica y social de la Argentina, el objetivo central de este trabajo es llamar la atención sobre otro fenómeno social que generalmente no es incluido entre los factores que han intervenido en esa generación. Me refiero a la tendencia recurrente de la sociedad argentina, y en especial de los factores de poder –incluidos los sucesivos gobiernos-, a la anomia en general y a la ilegalidad en particular, o sea a la inobservancia de normas jurídicas, morales y sociales. Es realmente sorprendente que, no obstante la visibilidad de la tendencia argentina hacia la ilegalidad y a la estrecha vinculación entre anomia e ineficiencia y entre ésta y el subdesarrollo, ella no ha sido señalada hasta ahora por politicólogos, historiadores y economistas como un factor significativo para dar cuenta del subdesarrollo argentino”.

La falta de acatamiento a normas éticas elementales, se traduce en una especie de “sabotaje interno nacional”, de todos contra todos, que impide mejorar las pobres condiciones de vida de la mayoría de los habitantes. Fernando A. Iglesias escribió: “El principal proveedor de horas «trabajadas» en el país es la ineficiencia nacional, que mantiene a los argentinos ocupados al menos tres horas por día sin importar si son o no población económicamente activa, desocupados o jubilados. Tome nota el lector de las horas que pasa haciendo colas en los hospitales y clínicas de la Patria, atascado en los embotellamientos de tránsito que comienzan cuando cada uno de los conductores actúa como si estuviera solo en la Tierra, realizando trámites para enmendar las disfuncionalidades de los sectores público y privado argentinos, repitiendo el trámite porque la empleada tomó mal la dirección, aguardando el colectivo que no viene desde hace media hora y después llega de a tres, esperando que el servicio técnico on-line de lo que sea deje de decir estupideces y algún operador piadoso le conteste, volviendo a pasar por el laverap porque la ropa que iba a estar lista a cierta hora aún no lo está, o realizando trabajos estúpidos y completamente innecesarios a los fines de la felicidad humana y la productividad nacional, y comprenderá por qué muchísimos de los problemas nacionales no son cuestión de macroeconomía sino de microeconomía” (De “Kirchner & yo”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2007).

Existe un amplio acuerdo en considerar que la víctima nunca es culpable. Luego, como en una sociedad “al margen de la ley” todos terminamos siendo víctimas de la sociedad, resulta que nadie se siente culpable de nada. Incluso se pregona que todos tenemos derechos pero no obligaciones, ya que sería el Estado el que tiene la obligación de darnos vivienda digna, trabajo digno, etc., lo que, lógicamente, no puede dar, por cuanto no puede distribuir más de lo que recibe del sector productivo. Esta simple idea, de no poder dar más de lo que recibe, resulta entendible sólo por un reducido porcentaje de la población.

El callejón sin salida por donde nos movemos los argentinos, implica negar toda culpabilidad y atribuírsela siempre a factores externos (como el imperialismo opresor o el sistema económico perverso). Marcos Aguinis escribió: “El factor externo es real, pero no exclusivo. Circunscribirse a él tranquiliza: justifica la derrota. Nos exime de responsabilidad. Pero observado con agudeza, debería avergonzarnos. Porque es una coartada. Porque obtura futuros éxitos. No hay duda que en el complejo entramado nacional e internacional juegan las presiones de intereses que nos convierten en víctimas de ciegos apetitos. Pero no son ellos siempre y únicamente autores: también lo somos nosotros”.

“Y de nosotros depende que les resulte difícil someternos. Paradójicamente, quienes más enronquecen denunciando la culpa de los otros, menos ayudan al desarrollo de la responsabilidad que nos permitirá enderezar nuestro destino. Aunque insistan en que somos sujetos de la historia, por este mecanismo tranquilizador y alienante nos condenan a ser objetos de la historia. La culpa en el otro nos arrincona en la pasividad –aunque se acompañe de bombas y petardos-. La responsabilidad propia nos eleva al rol activo, aunque carezca de espectacularidad” (De “Un país de novela”-Editorial Planeta Argentina SAIC-Buenos Aires 1988).

Como se supone que la víctima nunca es culpable, todos los políticos corruptos aducen ser víctimas inocentes de maniobras urdidas por la oposición política (que a veces puede ser verdad). Fernando A. Iglesias escribió: “Seguir sosteniendo, a despecho de toda evidencia, que la víctima nunca es culpable, es la variante argentina de lo políticamente correcto. Se ha convertido en un hábito al menos paradójico en una sociedad que, a voz en cuello, reclama el fin de la impunidad (ajena). Es que la batalla por ocupar el lugar de la víctima esconde una ambición: ser inimputable”.

La base ideológica de la cultura de la corrupción implica esencialmente separar la economía y la política de la moral. Fleitas escribe al respecto: “Hay una perversión que en este caso sería intelectual, que es imaginar que los comportamientos políticos, así como los comportamientos económicos, están fuera de la moral. Algo así como que yo puedo ser un excelente padre de familia y cumplir con todos mis deberes en mi casa, pero cuando soy político, o empresario, o economista, en eso voy guiado por ciertas supuestas leyes de la naturaleza que imponen ciertas conductas vinculadas con el poder, con el dinero, con las ganancias, y donde entonces no podría haber reproche moral”.

En la Argentina hemos superado ampliamente la etapa de la hipocresía para entrar decididamente en la etapa del cinismo. Mientras el hipócrita, al menos, finge respetar las leyes morales elementales, el cínico, que incluso es el político aclamado por multitudes, no tiene inconvenientes en mentir, en robar, incluso en mostrarse como una persona vulgar, grosera y ordinaria.

sábado, 5 de mayo de 2018

La Nueva Izquierda y el odio destructivo

Como ha ocurrido en varios países, las ideas socialistas fueron tergiversadas para pasar, desde principios del siglo XX, de promover mejoras laborales, hasta intentar destruir la sociedad capitalista tanto material como espiritualmente. La mayor parte de las reivindicaciones sociales que se atribuyen al peronismo, en realidad fueron previos proyectos socialistas. Silvia D. Mercado escribió: “Juan José Sebreli demuestra que esas luchas [gremiales] promovieron una importante legislación sancionada desde mucho antes del surgimiento del peronismo, y que fue propiciada básicamente por los socialistas, aunque no siempre eran leyes reglamentadas ni cumplidas por la patronal”.

“Los últimos años de actuación del Partido Socialista en la Cámara de Diputados aumentaron las propuestas de reivindicaciones obreras, 13 en 1940, 10 en 1941 y 25 en 1942, y se referían a la reglamentación del servicio doméstico, reglamento del trabajo en la construcción, régimen legal de los trabajadores de la carne, estabilidad y escalafón del personal obrero del Estado, aumento de sueldos de acuerdo al costo de vida, entre otros asuntos” (De “El relato peronista”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2015).

En Europa, el socialismo fue criticado por la Iglesia Católica ya desde mediados del siglo XIX. El Papa León XIII escribió respecto de la “solución socialista”: “Para solucionar este mal [codicia, avaricia], los socialistas, atizando el odio de los indigentes contra los ricos, tratan de acabar con la propiedad privada de los bienes, estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes y administrados por las personas que rigen el municipio o gobiernan la nación. Creen que con este traslado de los bienes de los particulares a la comunidad, distribuyendo por igual las riquezas y el bienestar entre todos los ciudadanos, se podría curar el mal presente. Pero esta medida es tan inadecuada para resolver la contienda, que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es, además, sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los legítimos poseedores, altera la misión de la república y agita fundamentalmente a las naciones” (De “Rerum novarum” en “8 Grandes Mensajes” de J. Iribarren y J. L. Gutiérrez García-Biblioteca de Autores Cristianos-Madrid 1979).

A partir de la Revolución Rusa de 1917, el marxismo-leninismo predomina netamente sobre las restantes posturas socialistas. Mediante violencia, propaganda y mentiras, busca la destrucción de las sociedades capitalistas para reemplazarlas por el socialismo, esto es, por una sociedad de capitalismo estatal en donde los medios de producción han sido expropiados. Según la teoría, luego de perfeccionamiento moral que, se supone, el nuevo sistema de producción ha de promover, no hará falta el Estado y se iniciará la etapa comunista, una especie de anarquismo en el cual los medios de producción socializados habrían de constituir el vínculo de unión entre los hombres; una verdadera sociedad anónima que, parece, sólo existió en la mente de Marx, porque tal perfeccionamiento nunca existió ni tampoco se vislumbró el menor indicio de reducción del gigantesco Estado socialista.

El nivel de simpatía por el socialismo y de antipatía por el capitalismo, depende de la actitud de cada individuo frente al nivel de felicidad aparente advertido en quienes le rodean. Quien se siente excluido, o marginal, o bien no logra el lugar preferencial anhelado dentro de la sociedad, tenderá a asociarse a toda postura destructiva hacia su propio medio social. De ahí la simpatía profesada ante el marxismo y la antipatía hacia la meritocracia propuesta por liberales y conservadores. Esta actitud poco tiene que ver con el nivel económico logrado por el resentido social, ya que muchas veces se observa en quienes han tenido bastante éxito material, pero no aceptan que haya otros que han logrado éxitos mayores en ese aspecto.

Una de las principales víctimas, de la destrucción propuesta por el marxismo-leninismo, fue la Iglesia Católica. Pasó desde ser una antagonista al totalitarismo, no hasta ser una postura neutral, sino a tratar de favorecer la ideología menos compatible con el cristianismo. Algunos autores describen este proceso teniendo presente que se juntaron “la ideología de la conciliación a cualquier precio” (católica) con “la ideología del conflicto a cualquier precio” (marxismo-leninismo). Paul Ricoeur escribió respecto de la primera: “Es la ideología de la paz a cualquier precio: ideología nacida del cristianismo en el sentido de pretender fundarse sobre la predicación cristiana del amor, tanto en su forma teórica como práctica”.

“Esta confesión de fe conduce a menudo a negar teórica y prácticamente la fecundidad de cualquier conflicto; teóricamente, al rechazar el conflicto como perteneciente al mal y al pecado; prácticamente, a negarse a recurrir a una estrategia conflictiva” (De “Poder y conflicto” de J. Ladriere y P. Ricoeur-Editorial del Pacífico SA-Santiago de Chile 1975).

Han sido los jesuitas quienes adhirieron con mayor fervor al marxismo-leninismo. También varios religiosos de los antiguos países comunistas, en su momento, decidieron renunciar a la lucha adhiriendo a la ideología impuesta. Thomas Mc Ian escribió: “El drama de los católicos húngaros estriba en que sus propios pastores les exigen no sólo capitular, sino además apoyar la edificación del «Socialismo», que no es sino el comunismo condenado por la Iglesia, con su visión de futuro, desde 1846 -¡dos años antes del Manifiesto de Marx!-, no resistir y además colaborar con un Estado que no concede ningún lugar ni a Dios ni a la fe, y que ha declarado explícitamente que persigue el aniquilamiento de la religión”.

“Según un cable de AFP, los «jesuitas preparan concienzudamente un plan para reimplantar el cristianismo en China comunista», habiendo creado «institutos donde son formados los especialistas para la difícil misión» (La Razón, 16/3/73)”.

“La noticia es en todo cierta, menos en un detalle: los concienzudos planes no son para reimplantar el cristianismo en China comunista (lo que sólo cabría en una mente troglodita preconciliar), sino para hacer más comunistas a los comunistas. Más claro: hacer de un ateo tibio, un ateo convencido; de un marxista dudoso, un marxista ferviente y de un agitador comunista forzado, un leal servidor de la Revolución Mundial” (De “Mentiras del mundo moderno”-Cruz y Fierro Editores-Buenos Aires 1976).

Luego del abandono del socialismo por parte de varios países, muchos creyeron que, al fin, los marxistas-leninistas habrían de aceptar los mejores resultados ofrecidos por el capitalismo. Sin embargo, al proseguir la lucha ideológica como si nada hubiese sucedido, surge cierta evidencia de que la propaganda a favor de la clase trabajadora fue tan sólo un disfraz para ocultar las verdaderas intenciones de los ideólogos: destruir las sociedades occidentales. La Nueva Izquierda, por lo tanto, se caracteriza esencialmente por promover una etapa destructiva sin tener en cuenta un proyecto futuro concreto, sino para ir decidiendo “sobre la marcha”.

Recordemos que la lucha histórica entre el bien y el mal no es otra cosa que lucha del amor en contra del odio, por lo que no debería extrañarnos demasiado este comportamiento en evidente oposición al proceso de la evolución cultural. Thomas Merton escribió: “El infierno es un lugar donde nadie tiene nada en común con los demás, excepto el hecho de que se odian los unos a los otros, y no pueden huir de sí mismos ni de los demás. Todos están lanzados juntos en su fuego, y cada cual trata de arrojar a los otros lejos de sí, con un odio inmenso e impotente. Y la razón por la cual quieren verse libres los unos de los otros no es tanto el que odien lo que ven en otros cuanto el saber que otros odian lo que ven en ellos; y todos reconocen los unos en los otros lo que detestan en sí mismos: egoísmo e impotencia, agonía, terror y desesperación” (De “Nuevas semillas de contemplación”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1963).

Entre los precursores de la Nueva Izquierda se encuentra Herbert Marcuse, quien se caracterizaba por detestar y criticar todo lo vinculado a las sociedades occidentales, en especial la sociedad estadounidense. Eliseo Vivas escribió respecto del filósofo mencionado: “Lo han descrito como un hombre dulce, dotado del encanto de una cortesía del viejo mundo, que sin duda posee. Han suavizado su llamado a la destrucción de nuestra sociedad, a la acción directa, al fusilamiento, al asesinato y a la represión de todos aquellos que no ven el mundo con los ojos llenos de odio con que él los ve, sin revelarlo como lo que es, una crítica exorbitante de nuestros defectos”. “Si tuviera el poder por un momento sería más terrible que Robespierre o Saint-Just; sería una especie de Stalin y Hitler fusionados, porque ello es una parte explícita, meditada y fundamental de su ideología”.

“Marcuse es partidario de lo que él llama unas veces «pensamiento crítico» y en otras ocasiones «poder de pensamiento negativo». Usa este método para atacar lo que denomina «el infierno de nuestra sociedad opulenta». Su ataque es radicalmente parcial, completamente selectivo, absolutamente inhumano, cruel, sin caridad. Muy pocas veces –se las podría contar con los dedos de una mano- tiene palabras favorables para la sociedad occidental o los Estados Unidos. Pero, por lo general, su crítica radical de nuestro mundo tiene un apoyo sistemático y metódico, es un todo coherente” (De “Contra Marcuse”-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 1971).

Es oportuno decir que, quienes no comparten tales ideas destructivas, no necesariamente ven a las sociedades occidentales exentas de defectos, sino que, observando los mismos defectos, sugieren arreglarlos de alguna manera. Es el mismo caso del buen médico que trata de destruir la enfermedad sin hacerlo con el paciente, al revés del método izquierdista que propone liquidar lentamente al paciente incluso promoviendo discretamente la enfermedad. Eliseo Vivas agrega: “Sus objetivos son diametralmente opuestos a los ideales y valores de la mayoría. En los últimos años el sector universitario de esta minoría ha dado pruebas convincentes de que no respeta en absoluto el proceso democrático y que, en mayor o menor medida, comparte el odio de Marcuse a la nación. Al igual que éste, no tienen nada constructivo que ofrecer en lugar de lo que querrían destruir. Todo lo que hacen es roer los valores y las virtudes –tanto en el sentido clásico como en el moderno del término”.

“El desprecio demostrado hacia las personas y la idealización de la abstracción «hombre» no tienen límites. Marcuse no trata de ocultar al lector la profundidad de su intolerancia, el espíritu de autoestima de un hombre que, si pudiera usar la palabra «Dios», diría con Saint-Just: «Dios, protector de la inocencia y la virtud, ya que me has situado entre hombres malos, seguramente será para desenmascararlos». Cuando uno mira a sus violentos seguidores desde una perspectiva que no sea la que los revela como destructores, uno ve que son ovejas”.