miércoles, 24 de mayo de 2017

Entre el absolutismo y el relativismo

Uno de los mayores errores que se advierten en religión, filosofía y política es la aceptación de que algunos individuos o sectores poseen la verdad absoluta sobre el hombre y la sociedad, siendo poseedores indiscutibles de una verdad que les ha sido acordada por revelación directa de Dios, o por alguna extraña fuerza de la naturaleza. Cuando alguien se enfrenta a uno de esos sectores, no puede surgir otra cosa que no sea el conflicto.

La situación empeora cuando un sector poseedor de la verdad absoluta trata de imponerla por la fuerza a los demás sectores, incluso por medios violentos, como es el caso de los terroristas islámicos. F. Brugueras escribió: “La religión musulmana es monoteísta, y sus cinco obligaciones fundamentales son: el rezo, el ayuno, la limosna, la peregrinación, por lo menos una vez en la vida, a La Meca, y la Guerra Santa contra los no musulmanes. Promete un paraíso de bienes materiales a los buenos y amenaza con el infierno a los enemigos de su religión”.

“Los sucesores del profeta fueron jefes de la religión y del Estado. Se llamaron califas, y los primeros lo fueron por elección; pero pronto este cargo se convirtió en hereditario. Y en cumplimiento de uno de los mandatos de el Corán, la Guerra Santa, iniciaron las grandes conquistas, que fueron favorecidas por la debilidad de sus pueblos vecinos” (De “La Edad Media”-Editorial Bruguera SA-Barcelona 1974).

Cuando nos enteramos de los aberrantes actos terroristas practicados por algunos musulmanes, que son seguidos de efusivos festejos o por el silencio de gran parte de los seguidores de Mahoma, se advierte que se han tomado muy en serio la sugerencia de la Guerra Santa y que están dispuestos a continuar por esa senda, ya que ello viene escrito en el Corán, mientras que los terroristas son quienes han elegido un método particular para poner en práctica una sugerencia que proviene del profeta enviado de Dios.

Para contrarrestar este error, que conduce a una violencia interminable, varios ideólogos han sugerido que es falsa la afirmación de que existe una verdad absoluta, poseída por un sector, y que en realidad existen varias verdades que dependen de la opinión de los distintos sujetos que las sostienen. Es decir, para contrarrestar en error, sugieren otro error, opuesto en apariencia, tal el del relativismo moral, cultural y cognitivo.

El avance del Islam en Europa ha sido favorecido por el relativismo imperante, cuando afirma que no existe el bien ni el mal, en sentido absoluto, ni tampoco existiría una religión mejor que otra, por lo que Europa ha abierto las puertas de par en par al fácil acceso ideológico de los expansionistas islámicos. Tal actitud fue promovida esencialmente en contra de la Iglesia y del cristianismo, por los excesos cometidos en otras épocas. El relativismo propuesto por las futuras victimas es justamente el que necesitan los partidarios del absolutismo religioso para afianzar la expansión universal sugerida por el Corán. El relativismo propuesto por la víctima colabora con el absolutismo del agresor. Europa está pagando un precio muy caro por su renuncia al cristianismo: la religión que ayudó a conformar la civilización occidental.

De la misma forma en que el socialismo penetra en algunos países por medios violentos (la revolución), y en otros por medios democráticos (como en Venezuela), la expansión del Islam emplea ambas estrategias, ya que lo esencial es el cumplimiento de las directivas propias de esa religión.

Desde el punto de vista de la ciencia experimental, tanto el absolutismo como el relativismo cognitivos son erróneos. La ciencia considera que la verdad parcial existe al final del camino, pero rechaza la posibilidad de una verdad revelada e infalible otorgada “desde arriba” y para siempre. Rechaza además el relativismo cognitivo por cuanto se pueden mostrar descripciones parciales de la realidad caracterizadas por un elevado nivel de aproximación.

En el caso del cristianismo, puede considerarse como verdad inobjetable que la actitud del amor al prójimo tiende a solucionar todos los conflictos sociales e individuales, por lo que el fundamento moral de esa religión es esencialmente una sugerencia simple y accesible tanto a la observación directa como a nuestras decisiones, siendo compatible con la metodología básica de la ciencia experimental.

Mario Bunge escribió: “El relativismo es la tesis de que no hay verdades ni valores objetivos y universales: que todo es del color del lente con que se mira, y lo que vale para una tribu no tiene por qué valer para otras. Y, al no haber estándares objetivos y universales, todo vale por igual: la filantropía y el canibalismo, la ciencia y la magia, mi virtud y tu vicio. Otra consecuencias es que tampoco hay progreso, ni siquiera parcial y temporario”.

“El relativismo está de moda entre los intelectuales que no hacen ciencia ni técnica. No es casual que sea desconocido en las facultades de ciencias, medicina o ingeniería. Los científicos buscan verdades, y los técnicos las aplican. El relativismo prospera, en cambio, en las facultades de humanidades, donde hoy día escasea el control de calidad”.

“No hace falta haber estudiado lógica para advertir que el relativismo es autodestructivo. En efecto, si todo es relativo, entonces también debe serlo el relativismo. Por lo tanto, los relativistas debieran de admitir que su tesis es idiosincrática, o a lo sumo tribal, de modo que no pueden aspirar a que todo el mundo se convierta al relativismo”.

“No se pregunte qué fundamento tienen las tesis relativistas, porque no lo tienen. El relativismo no siente la necesidad de fundamentar nada: se contenta con afirmar y negar. Todo sería cuestión de «discursos», nada sería cuestión de verdad ni, por lo tanto, de confrontar las ideas acerca del mundo con el mundo mismo”.

“La Ilustración y sus herederos promovieron la razón y la ciencia, a las que consideraron universales. Sus dardos apuntaban al despotismo y a la religión organizada, bastión del dogmatismo y la consiguiente intolerancia. Los ilustrados los enjuiciaban en nombre de la razón y la justicia…” (De “100 ideas”-Debolsillo-Buenos Aires 2009).

En cuanto a las causas por las cuales se ha ido afianzando el relativismo, el citado autor menciona las siguientes: “Mi hipótesis es que el relativismo actual tiene múltiples raíces. Una de ellas es el individualismo. El individualista radical sostiene que sus opiniones no son inferiores a las de ningún otro. Se niega a sujetar sus creencias a las pruebas aceptadas por la comunidad de investigadores. Si los expertos rechazan sus heterodoxias, se siente un Galileo incomprendido”.

“Otra raíz del relativismo es el inconformismo político acrítico, el de quienes rechazan la ciencia por creer que ha engendrado la bomba nuclear, pero no hacen uso de ella para diagnosticas males sociales ni, menos aún, para curarlos. (En cambio no tienen empacho en recurrir a la medicina científica cuando se sienten mal, o al menos cuando se les enferma la vaca)”.

“Una tercera raíz del relativismo es la creciente enajenación de las disciplinas rigurosas, que exigen un aprendizaje mucho más largo y arduo que el estudio de la literatura o la lectura de ensayistas populares como Nietzsche”.

“Una cuarta raíz es la tesis marxista de que las ideas son producto de las clases sociales y, por lo tanto, están al servicio de las mismas. Ésta es la fuente de la célebre fórmula de Michel Foucault, «otro saber, otro poder». También es la fuente de la tesis de Jürgen Habermas, según el cual la ciencia y la técnica serían «la ideología del capitalismo tardío»”.

“Una quinta raíz del relativismo es la tolerancia de tipo suicida, la que tolera la intolerancia. El multiculturalismo radical es una forma de la tolerancia de ese tipo. Quienes lo practican sostienen que, en el seno de nuestras sociedades industrializadas, debiéramos tolerar prácticas bárbaras, tales como la circuncisión femenina, el asesinato por «honor» y la quema de viudas, que infringen derechos humanos básicos”.

Los efectos destructivos del relativismo incluyen también a la educación. Bunge escribe al respecto: “Pasemos ahora de las raíces del relativismo a sus ramas. Una de ellas es la pedagogía relativista. Si no hay verdades objetivas, sino solamente opiniones equivalentes, el maestro no es un artesano docente sino un moderador, y sus estudiantes no son sus aprendices, sino sus interlocutores en un pie de igualdad con él”.

“De hecho, así es como viene funcionando la enseñanza en las facultades de humanidades de Europa Occidental y Norteamérica desde la rebelión estudiantil de fines de la década de 1960. No funcionan como escuelas sino como clubes de debates o miniparlamentos sin leyes. En algunos casos los estudiantes formulan sus propios planes de estudio: eligen las materias fáciles, descartan las difíciles y se autocalifican”.

“En resumen, el relativismo es suicida e inhibe la búsqueda de verdades cada vez más ajustadas a la realidad o a la justicia. Es tan malo como el absolutismo. La única vacuna eficaz contra ambas enfermedades es la investigación, ya que quien busque encontrará algo, aunque nunca todo”.

Resulta desconcertante que algunas expresiones, emitidas generalmente por “intelectuales” de izquierda, estén constituidas por una frase relativista seguida por una conclusión absoluta. En realidad, se trata de una actitud que trata de destruir al adversario relativizando sus postulados y conclusiones para imponer finalmente su propio absolutismo. Stephen R. C. Hicks escribió al respecto: “En el discurso posmoderno, la verdad es rechazada explícitamente y la coherencia puede llegar a ser un fenómeno raro. Consideremos los siguientes pares de afirmaciones:

. Por un lado, que toda verdad es relativa; por otro, el Posmodernismo dice las cosas tal y como son realmente.
. Por una parte, todas las culturas son igualmente merecedoras de respeto; por otra, la cultura occidental es excepcionalmente mala y destructiva.
. Los valores son subjetivos; pero el sexismo y el racismo son malos en forma absoluta.
. La tecnología es mala y destructiva; al mismo tiempo es injusto que algunas personas privilegiadas dispongan de más tecnología que otras.

Aquí hay un patrón común: el subjetivismo y el relativismo duran lo que un suspiro, y el absolutismo dogmático es lo que sigue” (De “Explicando el Posmodernismo, la crisis del socialismo”-Barbarroja Ediciones-Buenos Aires 2014).

Como conclusión, Hicks afirma: “El Posmodernismo no resulta ser en absoluto relativista. El relativismo pasa a formar parte de una estrategia política retórica, una forma de «realpolitik» maquiavélica empleada para sacar a los opositores fuera de pista”.

martes, 23 de mayo de 2017

Antiperonistas

El calificativo de antiperonista, atribuido a una persona, nos sugiere la idea de alguien orientado políticamente en forma negativa, por cuanto no estaría a favor de una causa sino en contra de alguna. De ahí que sea conveniente decir que se trata de una persona que está a favor de la democracia y que, como consecuencia, es antiperonista, anticomunista, antifascista, etc. En este caso, democrático sería un gobierno con acceso legítimo al poder y, sobretodo, con una gestión fiel a las leyes y a la moral elemental, ya que el peronismo cumplía ampliamente con la primera condición mientras que incumplía ampliamente con la segunda.

Si se nos pregunta por tres argentinos que hayan tenido trascendencia fuera del ámbito nacional (exceptuando deportistas, dictadores y terroristas), podríamos nombrar a Jorge Luis Borges, a Mario Bunge y a Bernardo Houssay. De la misma manera en que las principales figuras de la cultura italiana eran antifascistas y las principales figuras de la cultura alemana eran antinazis, no es de extrañar que los nombrados hayan sido antiperonistas. Mario Bunge escribió: “Para que un gobierno sea legítimo, debe cumplir dos condiciones: debe gozar de amplio apoyo popular y debe comportarse moralmente, o sea, trabajar al servicio del pueblo en lugar de servirse de él. Por ejemplo, los gobiernos peronistas gozaron de legitimidad política porque fueron libremente elegidos por grandes mayorías. Pero su legitimidad moral es dudosa, ya que hicieron tanto o más mal que bien. Por ejemplo, los dos primeros gobiernos peronistas ampliaron la legislación laboral, pero sometieron al movimiento obrero; dieron el voto a la mujer, pero la engañaron; construyeron edificios escolares, pero transformaron las escuelas en centros de adoctrinamiento partidario; abrieron mercados internacionales, pero inauguraron la inflación; aseguraron el libre sufragio, pero no la libertad de asociación ni de expresión; para colmo, minaron la débil cultura superior” (De “100 ideas”-Debolsillo-Buenos Aires 2009).

Bunge relata el caso de un adjunto de cátedra (al que denomina con el ficticio nombre de Troll), que tuvo un ascenso inesperado durante el gobierno peronista, dando una idea de cómo se hacían las cosas en esa época: “Todos los años Ramón G. Loyarte le encargaba a su adjunto que dictase la unidad más sencilla del programa: óptica geométrica, una teoría que había alcanzado su máximo desarrollo a finales del siglo XVII. Pese a que era simple al punto de ser aburrida, Troll no podía con ella: los estudiantes de física asistíamos a sus clases para divertirnos con sus perplejidades y sus burradas”.

“Nunca sospechamos que llegaría el día en que Troll, a expensas de su afiliación peronista, sería designado director del Instituto de Física de la Universidad Nacional de La Plata (rebautizada: Eva Perón). De la noche a la mañana, el minúsculo personaje se transformó en un energúmeno que gritaba a sus colegas y tomaba decisiones absurdas”.

“Afortunadamente, Troll carecía de la imaginación necesaria para hacer daños mayores. En esto le ganó de lejos su correligionario, un tal Bombel, que hizo una carrera meteórica en la Facultad de Ciencias de Buenos Aires. A pesar de carecer de antecedentes científicos, y aunque recitaba sus clases de memoria, este señor fue ascendido a profesor y luego designado decano. Y una vez munido de su autoridad decanal, robó cuanto instrumental pudo, incluso el que había estado atornillado al piso” (De “Provocaciones”-Edhasa-Buenos Aires 2011).

Generalmente se habla de la ayuda del peronismo hacia los pobres. Sin embargo, debe aclararse que favorecía a los pobres que se declaraban peronistas, mientras Perón daba órdenes de dejar cesantes a los empleados estatales no peronistas. Ante una pregunta periodística a Bunge acerca de si sufrió el sectarismo peronista, respondió: “Sí, lo sufrí porque el país perdió muchos investigadores. No tanto en física, pero sí en biología. Y porque no se veían perspectivas. Para poder conseguir trabajos se necesitaba certificado de buena conducta; segundo, afiliarse al partido peronista; y tercero, hacer aportes a la Fundación Eva Perón. Todos los meses cuando cobraba mi modesto sueldo de ayudante escribía una carta para que no se me descontara mi sueldo para la Fundación. Además, siempre me negué a afiliarme al partido y no conseguía certificado de buena conducta ni para poder sacar mi pasaporte” (De “Vistas y entrevistas”-Ediciones Siglo Veinte-Buenos Aires 1986).

En otra respuesta expresó: “Yo soy antiperonista por razones culturales. El peronismo contribuyó a destruir la incipiente cultura argentina. Persiguió, reprimió ideológicamente y trató de uniformar la sociedad. Quiso que la gente creyera obligatoriamente en la doctrina justicialista. El peronismo fue oscurantista”. “Oscurantista por poner la cultura en manos de ideólogos católicos fascistas”.

Acerca de la ruptura del peronismo con la Iglesia, Bunge respondió: “Una farsa. Pelea entre amigos. No olvide que el peronismo le entregó la universidad a profesores, rectores y sacerdotes preconciliares que eran declaradamente fascistas”.

“A mí me echaron de la Facultad de Ciencias a fines de 1952 porque no quise afiliarme al Partido Justicialista y me negué a contribuir a la Fundación Eva Perón”.

Mientras que el fascismo italiano fue un movimiento de la clase media, el peronismo fue un fascismo de la clase baja, cuyos integrantes adoptaron una postura de odio y rencor contra las clases media y alta. No fue una ideología dirigida al ciudadano democrático, sino al hombre masa que debía obedecer al líder, por lo que despertó en las clases medias y altas una actitud de miedo y de repugnancia, y no de “odio”, como pretenden hacer creer algunos ideólogos peronistas. Recordemos la frase de Friedrich Nietzsche: “No se odia mientras se menosprecia. No se odia más que al igual o al superior”.

Puede decirse que Perón degradó a sus seguidores porque les enseñó a odiar y a ser temidos, siendo constituida tal actitud negativa por la burla y la envidia. El dirigente Arturo Codovilla manifestaba: “El malón peronista con protección oficial y asesoramiento policial, que azotó al país, ha provocado rápidamente por su gravedad, la exteriorización del repudio popular de todos los sectores de la República y millones de protestas. Hoy la Nación en su conjunto tiene clara conciencia del peligro que entraña el peronismo y de la urgencia de ponerle fin”.

“Se ha visto otro espectáculo, el de las hordas de desclasados haciendo de vanguardia del presunto orden peronista. Los pequeños clanes con aspecto de murga que recorrieron la ciudad, no representan ninguna clase de la sociedad argentina. Era el malevaje reclutado por la policía y los funcionarios de la Secretaría de Trabajo y Previsión para amedrentar a la población” (Citado en “Antiperonistas” de Luis Fernando Beraza-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2010).

Todo aquel que no aceptara al líder totalitario y al malevaje que lo secundaba, era declarado “enemigo”. Cuando finaliza la pesadilla del peronismo, el filósofo Francisco Romero expresaba: “Les escribo con la profunda emoción que pueden imaginar. Ayer, transmitido por una radio uruguaya, oímos por primera vez desde hace doce años, con su propio sentido, el Himno, que escuchamos todos los de la casa con enorme recogimiento y ganas de llorar; luego pusimos la bandera en la misma puerta de casa, tras mucho tiempo de tenerla encerrada”.

“Viva la libertad. Viva la Patria. La Argentina se reencuentra e inicia una etapa; todos los argentinos, salvo los delincuentes, deben sentirse hermanos en esta hora gloriosa” (Citado en “El pensamiento de Francisco Romero” de José L. Speroni-Editorial Edivérn-Buenos Aires 2001).

Varios intelectuales y políticos padecieron el encierro de la cárcel por el solo hecho de manifestarse contra Perón. Esto hace recordar el caso de Alexander Solyenitsin, que fue encarcelado por 8 años por escribir en una carta personal una crítica a Stalin. Durante el peronismo los encierros de los disidentes duraban desde unos días hasta algunos meses, bajo un similar espíritu totalitario. Luego de un atentado en la vía pública, el gobierno peronista intensifica la presión sobre los opositores. Luis F. Beraja escribió: “El gobierno agudizó los controles sobre los opositores y la represión a los mismos. Entre las víctimas estuvieron lógicamente varios escritores de la SADE, entre ellos Julio Aramburu, José Barreiro, Víctor Massuh, Carlos Manuel Muñiz, Norberto Rodríguez Bustamante y Francisco Romero, a los cuales se condujo a prisión. Otros hombres y mujeres importantes, como el escritor Enrique Banchs, la mismísima Victoria Ocampo y Vicente Fatone, siguieron el mismo camino”.

Para denigrar a Jorge Luis Borges, le otorgan un puesto poco adecuado para un escritor. Si uno le pregunta a un peronista por Borges, posiblemente dirá que “es el mejor escritor inglés en el idioma castellano” por cuanto no se le perdona que haya tenido una abuela inglesa y por pertenecer a una clase social “incorrecta”. Beraja escribe al respecto: “Por esos días, para sostenerse económicamente, trabajaba en un puesto de auxiliar en una modesta biblioteca municipal. Como dijimos, pertenecía a la aristocracia venida a menos. Con ese sueldito se mantenía. Como era y es lamentablemente un clásico de nuestro país, el gobierno recién instalado en el poder tomó revancha. Lo sacó de ese lugar lleno de libros y le dio un cargo de «Inspector de aves en los Mercados Municipales». Era una provocación y un insulto, además de un gran error político por parte del gobierno peronista”.

Luego de renunciar al nuevo cargo, Borges expresó: “Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad, más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez”.

Los gobiernos peronistas provocaron un gran retroceso cultural, económico y político. Luego sus partidarios exigían a los gobiernos no peronistas que arreglaran la situación. Como generalmente no lo lograban, volvían a votar por el partido generador del retroceso considerando que “al país sólo lo puede gobernar el peronismo”. Ya hemos alcanzado un 30% de nivel de pobreza por lo que sería oportuno tomarse en serio al peronismo para evitar la “venezuelización” del país, es decir, una nación con muchos recursos naturales pero sumida en una grave situación de pobreza y de violencia.

Si el peronismo fuese lo que los peronistas dicen que fue, sería un acontecimiento político-económico de gran trascendencia por cuanto se le podría informar a todo el mundo que, además del capitalismo, es posible llegar al desarrollo mediante un “fascismo de la clase baja (moralmente hablando)”. Sin embargo, lo que el peronismo logró es que el país se estancara y retrocediera respecto de la posición que ocupaba en relación a otros países, sumergiéndonos en pleno subdesarrollo.

domingo, 21 de mayo de 2017

Irracionalismo en la universidad

El alumno que ingresa a una facultad de humanidades se ilusiona con recibir conocimientos importantes en la rama de estudios que haya elegido. Sin embargo, a veces no advierte que lo que allí se enseña es una versión sofistica de subjetivismo y de relativismo cognitivo que poco o nada tiene que ver con el concepto de “universidad”, palabra que en cierta forma nos induce a creer que no sólo es un lugar en donde se imparte un conocimiento completo sobre gran parte de la realidad sino que también tendrá una validez universal. Algunos considerarán posteriormente que han sido estafados en sus esperanzas y otros se amoldarán a la mentalidad reinante, posiblemente engañados por el medio formativo en el que están insertos. Mario Bunge escribió: “Hasta mediados de la década de 1960, quien quisiera dedicarse al misticismo o al pensamiento marginal, al fraude intelectual o al antiintelectualismo, tenía que hacerlo fuera de las sagradas arboledas de la academia. Durante casi dos siglos antes de esa época, la universidad había sido una institución de aprendizaje superior, donde las personas cultivaban el intelecto, se dedicaban al debate racional, buscaban la verdad, la aplicaban o la enseñaban lo mejor que sabían”.

“De vez en cuando, se descubría algún traidor en uno de esos valores, pero inmediatamente se lo desactivaba por el ridículo o el ostracismo. Y acá o allá, algún profesor, una vez que tenía asegurado su puesto, se negaba a aprender nada nuevo y se convertía así, rápidamente, en obsoleto. Pero era rara la vez que un retraso era mayor de un par de décadas, solía conservar su capacidad para participar en un debate racional y para distinguir entre lo que es genuino conocimiento y el mero disparate, y no se le ocurría proclamar la superioridad de las tripas sobre el cerebro o del instinto sobre la razón, salvo que fuera un filósofo irracionalista, claro está”.

“Ahora ya no es así. Durante las tres décadas pasadas, aproximadamente, muchas universidades se han visto infiltradas, aunque no atrapadas, por los enemigos del rigor conceptual y de la evidencia empírica: los que proclaman que no hay una verdad objetiva (de ahí el «todo vale»); los que hacen pasar la opinión política como ciencia, y los que se dedican a una falsa erudición. No se trata de pensadores heterodoxos originales: simplemente ignoran e incluso desprecian por completo el pensamiento riguroso y la experimentación”.

“No son incomprendidos Galileos castigados por los poderes establecidos por proponer teorías o métodos atrevidos y nuevos. Por el contrario, hoy en día a muchos haraganes e impostores intelectuales se les ha dado empleos permanentes, se les ha permitido enseñar basura en nombre de la libertad de cátedra, y ven publicados sus escritos falsos, incluso carentes de sentido, en revistas académicas y editoriales universitarias de acrisolado prestigio. Más aún, muchos de ellos han adquirido poder suficiente para censurar la genuina erudición académica. Han introducido un caballo de Troya en la ciudadela académica con la intención de destruir la cultura superior desde dentro”.

“Los enemigos académicos de la propia «raison d'être» de la universidad, que no es otra cosa que la búsqueda y difusión de la verdad, pueden agruparse en dos bandos: los anticientíficos, que con frecuencia se llaman «posmodernos», y los seudocientíficos. Los primeros enseñan que no hay verdades universales ni objetivas, mientras que los seudocientíficos académicos introducen de contrabando conceptos borrosos, conjeturas extravagantes o incluso ideología como si fueran descubrimientos científicos. Ambas bandas actúan bajo la protección de la libertad de cátedra y a menudo también a costa del contribuyente. ¿Deben continuar utilizando estos privilegios, extraviando a incontables estudiantes y abusando de los fondos públicos para calumniar la búsqueda de la verdad, o deben ser expulsados del templo de la enseñanza superior?” (De “La relación entre la sociología y la filosofía”-Editorial EDAF SA-Madrid 2000).

Entre los “pecados” intelectuales de mayor peligrosidad encontramos el subjetivismo y el relativismo cognitivo, principios que se oponen a la existencia de una verdad objetiva, que ha de ser la finalidad a lograr, mientras nos conformamos con acercarnos paulatinamente hacia ella. El citado autor agrega: “En el curso de las últimas décadas han reaparecido en filosofía y en ciencias sociales dos antiguas tendencias que creíamos enterradas por la Revolución Científica del siglo XVII. Ellas son el subjetivismo y el relativismo. Según el primero, no hay hechos objetivos: nosotros mismos somos autores, individual o colectivamente, de todo cuanto ocurre. Todo sería subjetivo, cada cual o cada grupo tendría su propio mundo: no habría un mundo compartido por todos. Conforme al relativismo, tampoco hay verdades objetivas: lo que tú crees es tan cierto como lo que yo creo. Todo sería relativo, todo daría igual, todo valdría”.

“En general, casi todos los científicos admiten, explícita o tácitamente, que las teorías y sus constituyentes son construidas, pero sólo los subjetivistas sostienen que también los hechos mismos son construidos”. “Si los hechos y las teorías fuesen lo mismo, no podríamos utilizar ningún hecho para poner a prueba las teorías, y ninguna teoría serviría para guiar la búsqueda de nuevos hechos. Puesto que los auténticos científicos ponen a prueba sus teorías contrastándolas con los hechos a que ellas se refieren, y a menudo las usan para explorar la realidad, es falso que no haya diferencias entre hechos y teorías”.

“Está de moda declararse «constructivista», o sea, sostener que los hechos sociales e incluso naturales son «construcciones sociales». Por ejemplo, se habla de la «construcción social de la realidad»…..Semejante subjetivismo colectivista es muy cómodo porque, en lugar de estudiar los hechos mismos y las ideas que animan a los actores sociales o a los intelectuales, uno puede limitarse a estudiar textos o inscripciones. Siguiendo a Heidegger, Derrida ha llegado a afirmar que nada existe fuera de algún texto. El significado y el valor de verdad de las afirmaciones (datos e hipótesis) contenidos en dichos textos no les interesan a estas gentes. (Me resisto a llamarlos filósofos, porque el auténtico filósofo procura expresarse con claridad y buscar la verdad)”.

“Los constructivistas han reemplazado el concepto de descubrimiento por el de construcción social. Colón y Vasco da Gama, Faraday y Cajal, y todos los demás infelices que creían haber descubierto algo importante habrían sido víctimas de engaños: no hicieron sino participar de alguna «construcción social». La vieja fórmula de Schopenhauer, «El mundo es mi representación», no ha variado mucho. Ahora es «El mundo es nuestra construcción»”.

“Los relativistas no creen en la verdad, y por ello no debe extrañar que no la busquen. Sin embargo, creen en sus propios dogmas, sin advertir la paradoja del relativismo: si el relativismo es verdadero, entonces es falso, ya que no es sino un producto efímero de un grupo social transitorio. Siendo así, ¿por qué habríamos de aceptarlo el lector y yo, si pertenecemos a una tribu diferente de la de los relativistas?” (De “Elogio de la curiosidad”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1998).

El oscurantismo de las humanidades comienza con Kant cuando sostiene que la ciencia y la razón son ineficaces para describir el comportamiento del hombre. Luego aparece la dialéctica hegeliana con su extraña lucha de los opuestos. Finalmente surge el posmodernismo como la meta final de la irracionalidad (suponiendo que en el futuro no ha de aparecer algo peor). Mario Bunge escribió: “El posmodernismo es la última ola del romanticismo. Está de moda en parte porque las ilusiones y promesas de mi generación no han sido cumplidas, y en parte porque es la puerta ancha. En efecto, la flojera es más fácil que el rigor, y la inacción es más fácil que la acción. Además, el irracionalismo es favorecido por las fuerzas más reaccionarias, las que medran con la ignorancia y la falta de voluntad para atacar los problemas sociales de manera racional y realista. Como dijera Isaac Asimos, es mucho más fácil y menos peligroso condenar la ciencia y la técnica que rebelarse contra el orden social: lo primero sólo exige ignorancia y no pone en peligro la libertad personal ni, aun menos, la vida” (De “Sistemas sociales y Filosofía”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1995).

Da la impresión con que sólo describir actitudes irracionales uno comienza a poner los pies en el mundo de las perturbaciones mentales. Cuando el ciudadano común queda desconcertado por las aplicaciones políticas de las elucubraciones de algunos intelectuales, debe advertir que se trata de personas irracionales por elección, con fuerte formación en el subjetivismo y en el relativismo, y que se oponen firmemente tanto al sentido común como a la ciencia experimental.

Herbert Marcuse, junto a otros filósofos de la Escuela de Frankfurt, advierte que tales intelectuales, junto al delincuente urbano, pueden muy bien colaborar en la destrucción de la sociedad capitalista para promover la instauración del socialismo. Stephen R. C. Hicks escribió: “La primera tarea del revolucionario es ponerse a buscar a esos individuos y esas energías en los márgenes de la sociedad: el paria, el desordenado y el prohibido, cualquier persona y cualquier cosa que la estructura de poder del capitalismo aún no ha tenido éxito de mercantilizar y dominar por completo. Todos esos elementos marginados y desechados serán «irracionales», «inmorales» y hasta «criminales», especialmente según la definición capitalista, pero eso es precisamente lo que el revolucionario necesita”.

“Dada la omnipresente dominación del capitalismo, la vanguardia revolucionaria puede venir sólo de esos marginados intelectuales, especialmente entre los estudiantes más jóvenes, los que son capaces de «vincular la liberación con la disolución de la percepción ordinaria y ordenada» y que, por lo tanto, pueden ver la realidad de la opresión a través de la apariencia de paz,….como para conmocionar la estructura de poder capitalista, de modo que revele su verdadera naturaleza, y así destronar y desplazar el sistema, dejando el camino abierto para una renovación de la humanidad a través del socialismo”.

“El reinado de Marcuse, como el filósofo preeminente de la nueva izquierda, señaló un fuerte viraje hacia la irracionalidad y la violencia entre los izquierdistas más jóvenes. «Marx, Marcuse, Mao» se convirtieron en la nueva Trinidad y el eslogan bajo el cual reunirse. Como fue proclamado en una bandera de estudiantes involucrados en el cierre de la Universidad de Roma: «Marx es el profeta, Marcuse es su intérprete y Mao es la espada»”.

“Si uno es enemigo «académico» del capitalismo, entonces sus armas y sus tácticas no son las del político, el activista, el revolucionario o el terrorista. Las únicas armas posibles de los académicos son las palabras. Y si la epistemología de uno sostiene que las palabras no guardan relación con la verdad o con la realidad, y que no son de ningún modo cognitivas, entonces en la batalla contra el capitalismo las palabras sólo pueden ser un arma «retórica». La epistemología posmoderna se integrará con la política posmoderna” (De “Explicando el posmodernismo, la crisis del socialismo”-Barbarroja Lib-Buenos Aires 2014).

sábado, 20 de mayo de 2017

Psicología del novelista

Resulta poco sensato extender a todo un sector de la sociedad lo que hemos advertido en uno solo de sus miembros, siendo esta generalización fácil un hábito inconsciente y frecuente. Sin embargo, es posible detectar algunos atributos predominantes en cada sector especializado laboral o intelectualmente, dentro del amplio espectro de las acciones humanas. Uno de esos atributos es la extroversión del novelista, quien, al igual que el periodista que desea compartir los últimos sucesos, pretende compartir con el público un sinnúmero de detalles que ha observado entre la gente y que ha condensado en una novela. Manuel Gálvez escribió: “Por lo menos durante la época de mayor empuje creador, el novelista es un extravertido. Tiene mucho del hombre de acción. Leopoldo Alas, crítico y novelista, dice: «Tal vez un gran novelista es un grande hombre, que si fuera más varonil sería un grande hombre de acción». Se interesa por todo –la gente, las cosas, la política, las anécdotas, las virtudes, los vicios-, porque todo es humano y es para él materia novelable. Mientras el poeta vive solo con su alma, el novelista vive rodeado de toda la humanidad. O la lleva dentro. «Su obra entera», dice Brunetière de Balzac, «y comprendidas en ella las partes que no pudo realizar, está presente, toda junta, en su espíritu». El introvertido, no pudiendo salir de sí, ni, por consiguiente, penetrar en las almas y comprenderlas, jamás, ni aun con mucho talento será un verdadero novelista”.

“Como vive en otras almas, en las cosas, en los ambientes más diversos, no suele ser hombre de mucha vida interior. La permanente exigencia de objetivación, la constante búsqueda del hecho y el arduo trabajo de ordenar los materiales, no son compatibles con el exagerado autoanálisis, ni con el ensimismamiento de la vida sobrenatural. Pero, «como primer aprendizaje», según ha dicho Jacques de Lacretelle, el novelista, para comprender a los seres, debe «buscarse, mirarse, conocerse». Mas no puede andar por el mundo metido en sí. Su alma «es espejo», dice Stendhal, «que se pasea a lo largo del camino». Sí, es un espejo en el que se reflejan las cosas, los sucesos, los diálogos, los rostros. Nada ve, oye o siente, que no lo incorpore a su archivo. No por cálculo, sino por imperativo de su vocación, y, generalmente, sin advertirlo. La vida del novelista es un destino”.

“Pero no se olvida por completo de sí. También se autoanaliza un poco. No lo hace por vivir interiormente, sino como espectador de su vida y de su psiquis. Si se analiza –salvo que tenga motivaciones religiosas o de mejoramiento moral-, es porque se sabe interesante y como materia novelable, al igual que cualquiera otra persona” (De “El novelista y las novelas”-Ediciones Dictio-Buenos Aires 1980).

Quienes encuentran en los ensayos una manera fructífera de invertir su tiempo, ya que en ellos encuentran siempre algo nuevo para incorporar a su caudal de conocimientos, miran con desconfianza a las novelas por cuanto siempre está presente la incertidumbre acerca de si algo es cierto o si es una ficción creada por el autor. Mario Vargas Llosa escribe al respecto: “Desde que escribí mi primer cuento me han preguntado si lo que escribía «era verdad». Aunque mis respuestas satisfacen a veces a los curiosos, a mí me queda rondando, cada vez que contesto a esa pregunta, no importa cuán sincero sea, la incómoda sensación de haber dicho algo que nunca da en el blanco”.

“Si las novelas son ciertas o falsas importa a cierta gente tanto como que sean buenas o malas y muchos lectores, consciente o inconscientemente, hacen depender lo segundo de lo primero. Los inquisidores españoles, por ejemplo, prohibieron que se publicaran o importaran novelas en las colonias hispanoamericanas con el argumento de que esos libros disparatados y absurdos –es decir, mentirosos- podían ser perjudiciales para la salud espiritual de los indios”. “En efecto, las novelas mienten –no pueden hacer otra cosa- pero ésa es sólo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que sólo puede expresarse encubierta, disfrazada de lo que no es” (De “La verdad de las mentiras”-Alfaguara SA de Ediciones-Buenos Aires 2005).

Entre los méritos de un autor se encuentra la posibilidad de que sus ficciones sean compatibles con la naturaleza humana. De la misma manera en que Leonardo da Vinci realizaba estudios anatómicos para perfeccionar su labor de pintor, el escritor de novelas profundiza el conocimiento psicológico de las personas para conformar una ficción realista y de esa forma resulta ser un creador de situaciones posibles, que nunca antes han existido. Vargas Llosa agrega: “Porque no es la anécdota lo que decide la verdad o la mentira de una ficción. Sino que ella sea escrita, no vivida, que esté hecha de palabras y no de experiencias concretas. Al traducirse al lenguaje, al ser contados, los hechos sufren una profunda modificación. El hecho real –la sangrienta batalla en la que tomé parte, el perfil gótico de la muchacha que amé- es uno, en tanto que los signos que podrían describirlo son innumerables. Al elegir unos y descartar otros, el novelista privilegia una y asesina otra mil posibilidades o versiones de aquello que describe: esto, entonces, muda de naturaleza, lo que describe se convierte en lo descrito”.

“¿Me refiero solo al caso del escritor realista, aquella secta, escuela o tradición a la que sin duda pertenezco, cuyas novelas relatan sucesos que los lectores pueden reconocer como posibles a través de su propia vivencia de la realidad? Parecería, en efecto, que para el novelista de linaje fantástico, el que describe mundos irreconocibles y notoriamente inexistentes, no se plantea siquiera el cotejo entre la realidad y la ficción. En verdad, sí se plantea, aunque de otra manera. La «irrealidad» de la literatura fantástica se vuelve, para el lector, símbolo o alegoría, es decir, representación de realidades, de experiencias que sí pueden identificarse en la vida. Lo importante es esto: no es el carácter «realista» o «fantástico» de una anécdota lo que traza la línea fronteriza entre verdad y mentira en la ficción”.

El conocimiento del comportamiento humano ha sido llevado adelante principalmente por los literatos, antes que por los psicólogos. Gordon W. Allport escribió: “Los psicólogos salieron tarde a la escena. Podría decirse que comenzaron con dos milenios de retraso. La obra de los psicólogos fue hecha por otros, que la hicieron espléndidamente. Con sus antecedentes escasos y recientes, los psicólogos parecen intrusos presuntuosos. Y eso es lo que opinan de ellos muchos eruditos. Stephan Zweig, por ejemplo, hablando de Proust, Amiel, Flaubert y otros grandes maestros de la descripción, dice: «Escritores como éstos son gigantes de la observación y la literatura, mientras que en la psicología el campo de la personalidad está en manos de hombres inferiores, meras moscas, que tienen el ancla segura de un marco científico para ubicar sus insignificantes trivialidades y sus pequeñas herejías»”.

“Es verdad que junto a los gigantes de la literatura, los psicólogos, que se dedican a presentar y explicar la personalidad, parecen ineficaces y a veces un poco tontos. Sólo un pedante puede preferir la árida colección que ofrece la psicología acerca de la vida mental del individuo, a los gloriosos e inolvidables retratos de los novelistas, dramaturgos y biógrafos talentosos. El artista de las letras crea sus relatos; el psicólogo no hace más que recopilar los de él. En un caso emerge una unidad, consecuente consigo misma a pesar de sus sutiles variaciones. En el otro caso se va acumulando un pesado conjunto de datos deshilvanados”.

“Un crítico hizo una observación áspera. Cuando la psicología habla de personalidad humana, expresó, no dice más de lo que siempre dijo la literatura, sólo que lo hace con menos arte”. “Los métodos de la literatura son los del arte; los métodos de la psicología son los de la ciencia” (De “¿Qué es la personalidad?”-Siglo Veinte-Buenos Aires 1981).

Ante la necesidad de volcar al papel gran parte de sus emociones, el escritor puede incurrir en fallas de estilo. Manuel Gálvez escribe al respecto: “Rodeado por los seres de su invención y urgido por la comezón de crear y trabajar, no se detiene a escribir en prosa perfecta, ni a fraguar bellas frases, salvo en momentos oportunos. Las bellas frases le nacen espontáneamente, y por eso Flaubert se asombraba de que los grandes novelistas no supieran escribir. La labor de mandarín de las letras no puede realizarla quien va creando una humanidad o evocando y construyendo ambientes, cuando no épocas”.

“Ninguno de los grandes de la novela –Stedhal, Balzac, Dickens, Dostoievski, Galdós, Zola, Castello Branco, Romain Rolland- fue artífice de la prosa. Los seres que el gran novelista está engendrando quieren nacer pronto; y como lo humano es lo esencial, el autor tiene que expresarse sin oropeles. «Balzac no escribe mal», dice Brunetière, «sino cuando se aplica a escribir bien». Ciertos autores de prosa artística –Barrès, D'Annuncio, Gabriel Miró- no son grandes novelistas, aunque sean escritores de alta jerarquía. Pirandello ha escrito: «La preocupación de la forma…Los antiguos no la tenían y erraban menos. Nosotros tenemos la continua preocupación del error ¡y adiós espontaneidad, adiós viveza!»”.

En cuanto a si el novelista nace o se hace, como en todas las actividades humanas, sólo puede saberse luego de que una persona intentó y alcanzó el éxito o logró el fracaso, por lo que no saber de antemano si se tiene un don, o no se lo tiene, abre las puertas a todos para que intenten realizar sus anhelos y proyectos. Gálvez escribió: “Se nace con el don de hacer novelas. Con talento, y sin ese don, se puede, a fuerza de paciencia, escribir una novela estimable en algún aspecto, pero que no será novela porque carecerá de vida. Es el caso de Ferrero y de Santayana. Al auténtico novelista no le demanda esfuerzo la composición. Suele, antes de empezar, ver su novela íntegramente, con todos sus capítulos, o casi todos, con los momentos esenciales en su sitio y hasta con el número de páginas que tendrá impresa. Crease o no, a mí me ha sucedido eso muchas veces. Más aún; cierta novela que mucho estimo fue comenzada sin idea de lo que ocurriría y teniendo imaginado sólo el protagonista masculino; el femenino, del que nada había pensado, se me impuso luego, surgido, con extraña espontaneidad, de mi subconsciente. Algo análogo le sucedió a Huxley. Hablando de «Contrapunto», dijo: «Al principio, jamás tuve idea clara»”.

“Son múltiples los dones del novelista: la capacidad para desdoblarse y para imaginar sentimientos y pensamientos de otros seres; el sentido de la continuidad, que no es necesario al poeta; una gran memoria, que le permita recordar, aun después de largos años, formas, colores, sensaciones, frases oídas y hasta conversaciones más o menos enteras; una intuición extraordinaria –que es en lo que reside la genialidad, el don creador- mediante la cual adivina, poco menos que instantáneamente, el alma de un ser humano o el espíritu de una época o relaciones ocultas entre los seres o entre los seres y las cosas; y una visión de totalidad que le permite abarcar vastos panoramas humanos y aun el pasado y el porvenir”.

jueves, 18 de mayo de 2017

Opositores, revolucionarios y disidentes

La búsqueda del poder político y de la alternancia en el gobierno hace que en los sistemas democráticos surjan los opositores, quienes también participan del gobierno a través de sus diputados y senadores. También surgen los revolucionarios, que pretenden destruir el sistema democrático para instaurar el totalitarismo, y que muchas veces se presentan disfrazados de adherentes a la democracia. En caso de que accedan al poder e instauren alguna variante de socialismo, promoverán el surgimiento de los disidentes, quienes pretenderán restaurar la democracia perdida.

El revolucionario, con mucha habilidad para embaucar a los desprevenidos, promueve la instauración de un sistema carcelario en donde la libertad queda limitada a quienes ejercerán el gobierno, siendo sus aparentes intenciones “liberar” al pueblo de los enemigos, reales o imaginarios. Entre los disfraces y roles políticos más frecuentes del revolucionario aparecen el del liberador carismático, el del liberador nihilista, del marxista-leninista, del economista y del intelectual. Todas estas variantes han sido descriptas por Víctor Massuh y se mencionan a continuación:

a) “El liberador carismático: Es aquel que arraiga en el magma emocional de grandes multitudes. Esta es su fuerza: entenderse con la versión muchedumbrizada del pueblo más que con el pueblo mismo. No es un hombre del común sino el habilidoso manipulador de grandes masas. Ellas creen en sus virtudes milagrosas, en que él conoce un atajo que permite eludir el camino lento del esfuerzo organizado que recorrieron otros pueblos. Más que un dirigente, es un ser semidivino, un gobernante providencial, un mago. La adhesión política que suscita confunde fervores de calidades diversas, tanto nobles como bastardos: los que despiertan un símbolo religioso, un pugilista de éxito, un héroe musical o deportivo, una madre buena y santa, un macho enérgico y perdonavidas que, aunque no muy letrado, tiene una picardía que lo sabe todo”.
“El liberador carismático es un autócrata que puede resultar electo por abrumadora mayoría de votos. Con todo, su fe no es democrática porque no convierte a sus seguidores en ciudadanos sino en rebaño. No alcanza a formar una clase dirigente porque su personalismo asume los roles principales. Su partido es un conglomerado apenas unificado por la obsecuencia y la emoción de una mística ordinaria. Es un pésimo educador: no forma hombres libres sino esclavos, seguidores apasionados y ciegos. Su doctrina es un confuso populismo voluntarista que se expresa en pensamientos ocasionales y una ingeniosa versatilidad pragmática. La pobreza de sus contenidos doctrinarios resulta agobiante a través del recitado de sus seguidores, discípulos y legatarios, tanto leales como infieles, ortodoxos como heterodoxos”.

b) “El liberador nihilista: Hace de la negación enconada la fuente de su poder. Liberar es golpear en todas las formas posibles contra el orden establecido: se lo cambia mediante un rechazo global y no por correcciones parciales. Cree en la virtud transfiguradora de la sangre y el fuego, piensa que las hogueras de la Revolución tienen un poder purificador y genesiaco; barriendo con la burguesía y el imperialismo, engendrarán «un nuevo cielo y una nueva Tierra». El liberador nihilista está imbuido de una ideología apocalíptica. Cree en la violencia como única «partera de la historia» y por ello hace del manejo de las armas su prédica cotidiana”.
“No conoce otra política que la militancia bélica de la guerrilla o el atentado terrorista. Sabe solamente golpear, atacar, estar contra algo, con furia heroica o suicida. Es un asceta de la destrucción y se maneja lúcidamente en la noche de la clandestinidad, del escondite a la luz del día. No sabe qué hacer con la luz del día, ni con la persuasión de los otros. Se mueve en los intersticios de una sociedad pecaminosa a la que odia y niega, pero de cuyos jugos se alimenta y a la que desprecia totalmente. No sabe dar vida, ni qué hacer con la vida. Poseído por un impulso fanático, sabe que la muerte es una deidad poderosa en un mundo enfermo, y él ha decidido asumirla con el entusiasmo de un ángel exterminador”.

c) “El liberador marxista-leninista: Ha tomado el poder envilecido por un tiranuelo y lo acompañó la simpatía de toda América. Su triunfo fue una saludable algarabía juvenil que presagiaba el reino del pluralismo y la libertad. Pero el liberador tenía otros planes: adopta el marxismo-leninismo como doctrina del Estado, instaura el partido único, la prensa uniforme y el gobierno unipersonal. Estatiza la economía; transita los caminos del socialismo pero sólo alcanza a socializar el hambre, la privación y la pérdida de la libertad. En nombre de la paz levanta un ejército poderoso y desproporcionado con las medidas de su pequeño país. La tierra alegre y musical se convierte en una cárcel. La algarabía revolucionaria concluye en la instauración del régimen militar más estable y prolongado de América Latina”.
“Al pueblo le faltará alimentos y viviendas, pero no discursos que el liberador castrense pronunciará por largas horas ante una plaza colmada de estribillos. Pero hay algo que lo singulariza sobre todas las cosas; su generosa preocupación por liberar otros países. Esta es su obsesión, su misión sagrada, su única coherencia: la casa ajena. Aconseja copiosamente a los mandatarios extranjeros sobre lo que deben hacer en sus propias tierras; mejor aún si completa estos consejos con el envío de expedicionarios. Su ideal es contar con un ejército interminable disperso por el mundo, liberando incansablemente. Se diría que esta vocación por lo ajeno acaso enmascare una verdadera desaprensión por la propia casa sumida en el atraso y la pobreza. Tan hábil para entrar de modo subrepticio en países distantes y pontificar sobre lo que les conviene, por las buenas o por las malas, pero tan inhábil en el propio país: no sabe qué hacer con una economía que al cabo de dos décadas sigue a los tumbos y se obstina en no adecuarse a sus recetas razonables”.

d) “El economista liberador: Actúa en el seno de las más variadas estructuras políticas, pero es fiel a su credo: el Estado no sólo debe regular las actividades económicas sino convertirse en productor de bienes y servicios públicos. Es el cruzado del Estado-empresario. Liberar, para él, es estatizar, nacionalizar, poner funcionarios públicos al frente de empresas que en número creciente pasarán a depender del poder político. Lo que cuenta es que ellas pertenezcan a la Nación, controladas por una elite de funcionarios animados de una pasión vernácula. Este solo hecho lo llena de orgullo y de autoafirmación nacional. Que las empresas resulten deficitarias y presten un pésimo servicio, que la elite no resulte movida por la pasión esperada es un detalle menor que no atempera su entusiasmo. Si las cosas andan mal es porque no se ha ido más lejos aun, porque no se ha «profundizado» más la liberación”.
“Dilapida el poco dinero de que dispone para nacionalizar empresas extranjeras que brindan algún servicio, en lugar de emplearlo para crear otras nuevas y necesarias. Se enciende de santa ira ante las empresas multinacionales que limitan el poder de decisión nacional. Está hipersensibilizado ante el imperialismo y quiere vigilar cada movimiento de sus posesiones en el propio suelo. Elabora alambicadas reglamentaciones para controlar inversiones foráneas que no se producen justamente en razón de su excesivo celo vernáculo. La escasez, el desabastecimiento y el atraso tecnológico que este celo provoca serán empleados para acusar a esas compañías multinacionales que no vienen porque prefieren dirigir su voracidad hacia otros mercados. En fin, venga o no venga a nuestras tierras, el culpable será siempre el imperialismo. Más que obedecer a la pragmática de las cosas necesarias, el economista liberador es leal a un principio. Es un principista consecuente que no cede hasta que no esté paralizado todo el aparato productivo del país”.

e) “El liberador intelectual: Si es filósofo piensa más en la liberación que en la filosofía, y a esta última la concibe más como una praxis que como una teoría. Se empeña más en la propuesta de una cultura americana que en la cultura misma. En el trabajo de la inteligencia le interesan más los aspectos adjetivos que sustantivos. Por lo general está imbuido en un sentimiento antieuropeo, aun cuando se haya formado a través de una prolongada estadía en ese continente. La conceptuación que emplea para enunciar una cultura autóctona es de factura francesa, inglesa o germánica. Practica un antinorteamericanismo desdeñoso pero pasa largos periodos enseñando en universidades de ese país”.
“Si propone una literatura, un pensamiento o un arte genuinamente americanos, su propuesta confunde el destino de América con el destino personal: por lo general esa cultura liberada comienza con la propia obra. Más que entroncada en una tradición, ella sería una creación «ex nihilo». Cuando por desgracia todo el pasado cultural es de dependencia, la liberación comienza con mi época, con mi generación, conmigo. El trabajo de las generaciones pasadas, pese a su buena voluntad, está signada por la dominación: trabajaron bobamente para un amo secreto cuyo rostro él sí conoce. El intelectual liberador es el eje de un turno histórico auroral y único; no compartirlo es perder el tren de la historia, enfrentar su sentido y comprometerse con un proyecto cultural en declinación y retirada” (De “Ideología de la Liberación” en Escritos de Filosofía-Academia Nacional de Ciencias-Buenos Aires-Julio-Diciembre 1978).

Una vez que los “liberadores” llegan al poder, instalando sus sistemas totalitarios, surgen los disidentes, que son representativos de un pueblo al que todavía no le llegan los beneficios de la “liberación”. Por lo general, la palabra disidente se asocia a Alexander Solyenitsin y a Andrei Sajarov, y a otros científicos e intelectuales soviéticos que se atrevieron a enfrentar al Estado todopoderoso instalado en la ex URSS. Son personajes admirados por su valentía y patriotismo por cuanto arriesgaron sus vidas en la lucha que emprendieron a favor de la verdad y la libertad. Se única protección fue el reconocimiento público tanto en su país como en el exterior, por lo cual las autoridades totalitarias se cuidaban de no atentar contra sus vidas por cuanto en tal caso el régimen sufriría un enorme desprestigio que seria un obstáculo para continuar con la propaganda orientada por sus ambiciones expansionistas.

Otros disidentes menos conocidos terminaron sus vidas en un campo de trabajos forzados o en un hospital psiquiátrico ya que las autoridades aducían alguna perturbación mental no poseída. Mario Ferzetti escribió: “Una penalidad peculiar consiste en declarar al disidente «insano». Ello permite que el régimen disponga de un opositor sin proceso por un periodo indefinido. La persona declarada «insana» a menudo es encarcelada en la misma celda junto con criminales realmente peligrosos e insanos; de ser recalcitrante, será tratado con drogas deprimentes o con otra «terapia» punitiva” (De “La voz de los valientes”-Editorial Intercontinental-Buenos Aires 1971).

En la Venezuela actual, el “liberador” Nicolás Maduro vuelca todo su odio en los “disidentes” que luchan por alimentos y por sus necesidades básicas no satisfechas, mientras se los acusa de colaboracionistas del imperialismo yanqui. Lo grave del caso es el apoyo explícito y tácito que tal personaje nefasto recibe de la mayor parte de la izquierda política.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Iglesia vs. Capitalismo

En todo ámbito social encontramos adeptos tanto al socialismo como al capitalismo, por lo que no resulta extraño que en la propia Iglesia haya habido Papas que aceptaban el capitalismo y rechazaban el socialismo, como también a la inversa. En la época actual predomina en la jerarquía eclesiástica la postura socialista ya que, para quienes poco conocen la realidad, lo que ha fracasado en el mundo no es el socialismo, sino el capitalismo (a pesar de que la gran mayoría de los países ha optado por este último).

El atractivo del socialismo se debe a la semejanza existente entre una sociedad colectivista y un convento, ya que en ambos casos no existe la propiedad privada, o individual, empleándose los bienes materiales como un vínculo entre los seres humanos, que habría de agregarse al vínculo afectivo entre los mismos. Mientras que ambas sociedades son voluntarias, no surgen inconvenientes. Sin embargo, los serios conflictos comienzan cuando a todo ciudadano se le obliga a hacer una vida monástica y a ceder sus pertenencias para establecerla.

En realidad, los vínculos materiales no unen a las personas, sino que las atan. Bajo un sistema socialista, todo individuo forma parte de su establecimiento de trabajo y el futuro de su vida depende totalmente de las decisiones de los jerarcas que lo dirigen. La libertad social se logra cuando en una sociedad hay “muchos dueños”, mientras que en el socialismo existe “un solo dueño”: el Estado. Sin embargo, desde el sector socialista se dice que el Estado es de todos, aunque sus “dueños” no puedan decidir qué hacer con su “propiedad fraccional”, por lo cual resulta que, en realidad, nadie es dueño de nada.

La mentalidad anticapitalista de algunos sectores de la Iglesia se debe esencialmente a algunas prohibiciones morales enunciadas en la Edad Media y a la imperdonable acción de los mercaderes que favorecieron el fin de la sociedad medieval y del poder absoluto de la Iglesia. Como uno de los fundamentos del capitalismo es el ahorro, ya que implica la formación de capital, se lo asoció a uno de los siete pecados capitales propuestos por la Iglesia (el segundo en importancia): la avaricia. El capitalismo fue considerado como un sistema pecaminoso. Raymond Mortimer escribió: “La soberbia, la avaricia, la gula, la lujuria, la pereza, la envidia, la ira: he aquí los pecados considerados mortales por Santo Tomás de Aquino y, desde él en adelante, por todos los eclesiásticos occidentales”. “Mucho hemos andado desde el siglo XIII, cuando Santo Tomás se explayaba sobre el horrible poder de los Siete Pecados Capitales, e incluso desde el XIX, en que se infundía en los niños el horror al pecado apenas éstos sabían andar” (De “Los siete pecados capitales”-Compañía General Fabril Editora SA-Buenos Aires 1964).

La actitud de la Iglesia medieval se identifica con el pensamiento marxista, ya que, para ambos, es “pecado” comprar y vender, buscar ganancias, prestar dinero y acumular capital monetario. Incluso al mercader se lo consideraba miembro de una clase social inferior, es decir, de la misma forma en que el marxista considera al burgués, que es esencialmente el comerciante. Jacques Le Goff escribió: “Con frecuencia se ha pretendido que la actitud de la Iglesia respecto del mercader medieval lo obstaculizó en su actividad profesional y lo rebajó en el medio social. Condenado por ella en el ejercicio mismo de su oficio, habría sido una especie de paria de la sociedad medieval, dominada por la influencia cristiana”.

“De hecho, algunos textos célebres parecen poner en el índice al mercader. Una frase famosa extraída de una adición al decreto de Graciano, monumento del derecho canónico del siglo XII, lo resume: «Homo mercator nunquam aut vix potest Deo placere» (El mercader no puede complacer a Dios…o muy difícilmente). Los documentos eclesiásticos –manuales de confesión, estatutos sinodales, repertorios de casos de conciencia- que dan listas de profesiones prohibidas; «illicita negocia», o de oficios deshonrosos; «inhonesta mercimonia», casi siempre incluyen al comercio. Reproducen una frase de una decretal del papa San León el Grande –a veces atribuida a Gregorio el Grande- según la cual «es difícil no pecar cuando se hace profesión de comprar y vender». Santo Tomás de Aquino subrayará que «el comercio, considerado en sí mismo tiene cierto carácter vergonzoso»”.

“¿Cuáles son los motivos de esta condenación? En primer lugar, la misma finalidad del comercio: el deseo de ganancias, la sed de dinero, el «lucrum». Santo Tomás declara que el comercio «es censurado en justa ley porque en sí mismo satisface la apetencia de lucro que, lejos de conocer límite, se extiende hasta el infinito»” (De “Mercaderes y banqueros en la Edad Media”-EUDEBA-Buenos Aires 1975).

También se consideraba pecado prestar dinero para cobrar un interés; recordemos que bajo el socialismo no existe el comercio, el mercado y mucho menos los bancos, ya que la visión era esencialmente coincidente con la de la Iglesia medieval. Le Goff agrega: “Precisando más: el mercader y el banquero se ven arrastrados por su oficio a realizar acciones condenadas por la Iglesia, operaciones ilícitas, la mayoría de las cuales entran en la denominación de usura”. “En efecto, la Iglesia entiende por usura todo trato que comporte el pago de un interés. De ahí que se halle prohibido el crédito, base del gran comercio y de la banca. En virtud de esta definición, prácticamente todo mercader-banquero es un usurero”.

Mientras que el marxista considera al trabajo como único factor creador de riqueza, la Iglesia medieval condena a los préstamos con interés por no ser considerados un trabajo. “Los autores eclesiásticos alegan también cierta cantidad de motivos basados en la moral natural. Dos son particularmente interesantes. En primer lugar, el que presta no realiza un verdadero trabajo, no crea ni transforma una materia, un objeto; explota el trabajo de otros, el trabajo del deudor. Ahora bien, la Iglesia, cuya doctrina se ha formado en el medio rural y artesanal judío, sólo reconoce a ese trabajo creador como fuente legítima de ganancia y de riqueza. Tanto más cuanto la ascensión en Occidente de las clases urbanas entre los siglos X y XIII vuelve a poner en el primer plano social a trabajadores en este sentido tradicional, comprendiendo entre ellos a los primeros mercaderes cristianos errantes”.

Mientras que el hábito del ahorro es considerado actualmente como una virtud, por cuanto permite la formación de capital productivo, siendo el dinero el medio que favorece tal acumulación, los socialistas consideran dicho hábito como una acción egoísta por cuanto sólo ven como lícita la formación de capital por parte del Estado, y no esa forma individual.

Incluso hay quienes afirman que el dinero es algo diabólico y que por ello debería suprimirse. Esta actitud promueve simultáneamente la destrucción del capitalismo y la consolidación del socialismo por cuanto, sin dinero, volveríamos a las épocas del trueque, imposibilitándose gran parte de los intercambios comerciales. Además, impediría la acumulación de ahorros y la formación de capital productivo a nivel individual. Luego, como los sistemas socialistas no necesitan del dinero por cuanto la distribución de mercaderías se realiza mediante el uso de tarjetas de racionamiento (al igual que en los conventos, en los regimientos y en las cárceles) prescindiendo del dinero, suponen que tal supresión es una forma de orientarnos hacia el socialismo. Todo indica que la Iglesia actual propone remedios económicos ineficaces para los problemas morales, olvidando que la religión debe ofrecer otro tipo de soluciones distinto al ofrecido por los economistas.

La Iglesia medieval, sin embargo, advirtió que los resultados prácticos del comercio eran beneficiosos para la sociedad, por lo cual tiende a revertir sus opiniones al respecto. Ya en la Edad media había gente razonable que revertía sus creencias si no eran compatibles con la realidad; algo bastante difícil de observar en la actualidad en el sector de la izquierda política que no se atreve a poner en duda la validez de los postulados de Marx. Le Goff escribe al respecto: “Impotente en la práctica, la Iglesia se avino a una teoría muy tolerante, admitió poco a poco derogaciones y justificó excepciones cada vez más numerosas e importantes. El estudio de las razones de esas dispensas, obra de la elaboración jurídica de canonistas y teólogos del siglo XIII, resulta particularmente interesante porque demuestra como la Iglesia hizo aceptar ideológicamente la posición conquistada por el mercader en la sociedad medieval en el plano económico y político”.

“En efecto, la noción de que los mercaderes eran útiles y necesarios fue lo que coronó la evolución de la doctrina de la Iglesia y les valió a ellos el derecho de ciudadanía definitivo en la sociedad cristiana medieval. Desde muy pronto se puso en evidencia la utilidad de los mercaderes que, al ir a buscar a países lejanos mercancías necesarias o agradables, géneros y objetos que no se hallaban en Occidente, y venderlas en las ferias, suministraban a las diversas clases de la sociedad lo que éstas necesitaban”.

Incluso Santo Tomás de Aquino acepta finalmente la legitimidad del lucro escribiendo: “Si el comercio se ejerce en vista de la utilidad pública, si la finalidad es que no falten en el país las cosas necesarias a la existencia, el lucro, en lugar de ser considerado como finalidad, es solo exigido como remuneración del trabajo”.

Resulta muy difícil distinguir entre “remuneración del trabajo” o “finalidad”, siendo lo más importante los efectos sociales que produce la búsqueda del lucro, ya que son indistinguibles las acciones de quien sólo busca una justa remuneración de aquellas de quien busca sólo sus ganancias, por lo que el sistema capitalista se adapta no sólo a las personas de elevada moral sino también al individuo normal con bastante dosis de egoísmo. De ahí que es muy distinto decir que el capitalismo requiere, para ser efectivo, del egoísmo de los individuos a decir que puede funcionar aceptablemente a pesar del egoísmo de las personas.

Los sectores de la Iglesia que denigran al capitalismo y promueven el socialismo, deberían al menos leer algo sobre los resultados concretos que se logró con la aplicación de ambos sistemas. Jacques Paternot y Gabriel Veraldi escribieron: “No obstante, nuestro Señor, tan perfectamente inmerso en la realidad, previno: «Al árbol se lo juzga por sus frutos». ¿Sería demasiado pedir a nuestros sacerdotes que sigan dicho precepto evangélico? Cuando en los países subdesarrollados se reemplaza a Somoza por Ortega, al emperador por el líder revolucionario, los latifundios por los koljoses, la venalidad por la corrupción, la oligarquía por la Nomenklatura, la explotación por la expoliación, lo ineficaz por lo inoperante, la producción de pan no aumenta, al contrario. ¿Es pedir demasiado que el socialismo sea juzgado por sus frutos tangibles?” (De “¿Está Dios contra la economía?”-Editorial Planeta SA-Barcelona 1991).

Es oportuno señalar que la ciencia experimental ha logrado exitosos resultados precisamente por tener presentes los “frutos” de toda elaboración teórica, y no solamente la estructura lógica de una descripción, mientras que el pensamiento basado tanto en la fe ciega como en el razonamiento no vinculado a la experiencia, sólo puede conducirnos hacia una profundización de los males que aquejan a la sociedad.

martes, 16 de mayo de 2017

Breve historia del liberalismo en la Argentina

A pesar de que las mejores épocas de la Argentina estuvieron asociadas a gobiernos de orientación liberal, y que las peores estuvieron asociadas al totalitarismo y al populismo, no existe, a nivel nacional, un partido político de tendencia liberal. Si alguien tuviese la intención de formar nuevamente un partido con esa orientación, sería conveniente que lo considerara como una prolongación de otros existentes en el pasado, adoptando algunas de sus ideas y aprovechando las experiencias previas.
Se menciona a continuación, parcialmente, un artículo publicado en la Revista “Todo es Historia” Nº 192-Buenos Aires-Mayo de 1983.

EL NEOLIBERALISMO

Por Jorge Luis Ossona

Síntesis histórica de las fuerzas liberales en la Argentina

En 1850, después de más de treinta años de guerras civiles, la Argentina pudo organizarse de acuerdo a una Constitución cuyo principal ideólogo, Juan Bautista Alberdi, le dio una inspiración netamente liberal, basada en el modelo norteamericano. Organizado el país, se estableció un proyecto cuyo primer postulado era la transformación de la Argentina en un Estado Moderno. En unos pocos años, nuestro país venció al desierto y se convirtió en una nación pujante. La clase dirigente que ejecutó esta realización era conservadora y oligárquica en lo político, pero decididamente liberal en lo económico.

El radicalismo, que gobernó al país entre 1916 y 1930, si bien significó la incorporación de los nuevos sectores sociales a la vida política nacional, no modificó la política económica liberal del régimen conservador. Pero los grandes cambios vividos por el mundo tras la crisis de 1930, habrían de trastocar este sistema que había funcionado exitosamente desde Caseros. La restauración conservadora, ocurrida tras la revolución de 1930, introdujo un dirigismo orientado a rehabilitar la economía agro-exportadora, cuya consecuencia indirecta fue la aparición de una industria estimulada por la limitación de las importaciones. Ni el radicalismo, ni el conservadorismo dejaron de ser liberales en economía, pero su liberalismo se aparecía ahora condicionado por las circunstancias internacionales.

El peronismo surgido tras la revolución de 1943, que gobernará al país hasta 1955, fue un movimiento decididamente antiliberal, intervencionista y estatizante. El radicalismo, por su parte, pese a su oposición al justicialismo gobernante, adoptó muchos de sus postulados dirigistas a partir del llamado “Programa de Avellaneda”.

Mientras tanto, después de la Segunda Guerra Mundial, apareció en Europa un neoliberalismo, cuya exitosa aplicación permitió la reconstrucción de países desvastados por el conflicto bélico. Esta corriente estuvo representada por un grupo de pensadores reunidos en la Sociedad Mont Pelerin y en el Instituto de la Economía Social de Mercado, entre los que se destacaban Ludwig von Mises, Ludwig Ehrard, von Hayek y Jacques Rueff, entre otros. En la Argentina, estas teorías no tuvieron resonancia hasta después de la caída del régimen peronista. Precisamente entonces, en el gobierno del general Aramburu surgieron dos tendencias: una encabezada por los ministros Elizón García y Álvaro Alsogaray, y la otra por el doctor Raúl Prebisch. La primera era de corte neoliberal, la segunda otorgaba al Estado un papel de manifiesta intervención en la economía. La preponderancia de esta última en el gabinete Nacional, motivó el alejamiento del ingeniero Alsogaray como ministro de Industria.

Este capitán-ingeniero retirado de la Aviación Militar, se convertiría a partir de entonces, en el adalid del neoliberalismo argentino. Ni bien renunció a su cargo, fundó en 1956 el Movimiento Cívico Independiente, junto con otros dirigentes de diversa extracción. Esta agrupación no fue concebida como un partido político hasta 1957, en ocasión de los comicios para elegir convencionales constituyentes, transformándose así, en Partido Cívico Independiente.

El Partido Demócrata, la fuerza conservadora liberal, ya debilitada desde los años 40, se disolvió precisamente por aquella época, volviendo a dispersarse en grupos provinciales sin consistencia en el orden nacional. Marginado el conservadorismo, el nuevo partido pretendió cumplir el papel de representante de la tendencia política y económica neoliberal que había quedado vacante. En las elecciones nacionales de 1958, proclamó la fórmula Juan Bautista Peña-Ana Zaeferer de Goyeneche. Alsogaray no fue candidato, en virtud de un compromiso de honor según el cual todos aquellos que habían pertenecido al gobierno de la Revolución Libertadora, no iban a presentar candidaturas. En aquella oportunidad triunfó el candidato de la UCRI, doctor Arturo Frondizi. El Partido Cívico Independiente (PCI) obtuvo sólo 39.157 votos.

A poco de instalarse en el gobierno, el Presidente Frondizi debió afrontar frecuentes planteos militares. Un año más tarde, tuvo que cambiar su política económica desarrollista por una liberal, nombrando como ministro de Hacienda al ingeniero Alsogaray. Respecto de ello, existen dos interpretaciones: los liberales entienden que el desarrollismo había arrojado resultados tan deplorables que Frondizi debió recurrir a ellos; los desarrollistas, por el contrario, entienden que el gran prestigio de Alsogaray en vastos sectores militares condujo al presidente a nombrarlo como ministro, de manera de evitar un inminente golpe de Estado.

El PCI, si bien no se disolvió, cambió de denominación llamándose desde 1959, Partido de la Reconstrucción Nacional. En los comicios de 1963 no presentó candidaturas presidenciales; sin embargo, Alsogaray fue candidato a diputado nacional, tras haberse desempeñado nuevamente como ministro de Economía del Presidente José María Guido.

Cuando el gobierno radical de Arturo Illia fue derrocado en 1966, el ingeniero Alsogaray prestó su apoyo inmediato al régimen militar, aunque no había propiciado el golpe de Estado. El gobierno de Onganía lo nombró embajador en los EEUU, pero sus discrepancias cada vez mayores en materia económica con el ministro Adalbert Krieger Vasena, lo llevaron a renunciar en 1969.

En 1970, Alsogaray volvió a recrear su partido, aunque ahora bajo el nombre de Partido Nacionalista Liberal. Procuró atraer a varios grupúsculos emparentados con estas ideas liberales, que habían surgido en aquellos años. Poco después, todos ellos convergieron en una alianza que adoptó el nombre de Nueva Fuerza. Esta agrupación emprendió una vasta campaña publicitaria, aun antes de que el gobierno de Lanusse fijara el calendario electoral. Poco después manifestó propósitos más ambiciosos en el campo político. Hacia 1972, las fuerzas conservadoras habían fracasado en reconstituir la Federación Nacional de Partidos de Centro; Nueva Fuerza podía llegar entonces a convertirse en el polo capaz de aglutinar a todos esos nucleamientos dispersos en todo el país…Sin embargo, las alianzas organizadas en torno a Francisco Manrique y el brigadier Ezequiel Martínez, compitieron con Nueva Fuerza (NF) en ese sentido, logrando mayores adhesiones.

En los comicios de marzo de 1973, la fórmula presidencial de Nueva Fuerza, Julio Chamizo-Raúl Ondarts, sólo logró 234.188 votos, es decir, el 1,97% del electorado. Luego, NF no pudo prolongar su existencia. Es que este tipo de partido tiene un problema fundamental; giran en torno a la figura de un dirigente notable, y terminan convirtiéndose en personalistas. En razón de esto, se produjo inmediatamente después una crisis que significó el golpe de gracia de la agrupación. Sus dos concejales electos por la Capital Federal, Carlos Ure y Marcelo Gey, cuando fueron a tomar posesión de sus respectivas bancas, declararon que a partir de ese momento representaban al Partido Demócrata, con lo cual NF, ya debilitada por numerosas divisiones, se dispersó totalmente. Alsogaray volvió entonces a liderar solamente su reducido Partido Nacionalista Liberal. Su figura recobró relieve es las postrimerías del gobierno de Isabel Perón, debido al cumplimiento de sus predicciones y a la claridad y coherencia de sus planteos.

Cuando el actual régimen militar [1983] aún no había iniciado la apertura electoral, un grupo de intelectuales encabezados por el doctor Alberto Benegas Lynch y el ingeniero Alsogaray fundaron el Encuentro Nacional Republicano (ENR). Esta agrupación no fue concebida como un partido político sino más bien como un foro de difusión de las ideas liberales y republicanas. Básicamente, sostienen el principio de que la Constitución de 1853 no sólo hay que cumplirla en su forma, sino también en su fondo y este fondo es liberal. Cuestionan así temas como la jurisprudencia de la Corte Suprema que, según ellos, distorsiona aspectos de la Constitución, hasta el crecimiento excesivo del Estado que, según esta perspectiva, es inconstitucional. Sostienen que la Constitución no sólo marca la organización del Estado sino también una concepción de cómo actuar en otros aspectos que, en el plano de la economía, no es otra cosa que una política económica liberal. A partir de esta interpretación han pretendido difundir la idea de que se debe nuclear –y ellos desde afuera promoviendo ese nucleamiento- una fuerza liberal, ausente desde 1916, que tome esta interpretación de la Constitución y la lleve adelante.

A partir del levantamiento de la veda política y sancionada la Ley Orgánica de los Partidos Políticos, adoptaron la siguiente estrategia: no formar un partido sino más bien un “polo de atracción” que reuniera a todo el espectro de centro-derecha, para formar un único partido que tenga esas ideas, y que aglutine a conservadores, liberales, independientes, etc. Alsogaray no estuvo de acuerdo con esta metodología. El sostenía que había que constituir inmediatamente un partido político con esas vertientes. Como el ENR no le aceptó el esquema, sin dejar de formar parte de sus filas –desde el momento que no era un partido- fundó la Unión Republicana que, como Nueva Fuerza, en sus comienzos, fue el resultado de la fusión de varias fuerzas menores…No obstante, meses más tarde, un partido cordobés de extracción nacionalista poco conocido reclamó ante la Justicia Electoral ese nombre, atribuyéndose su autoría. La Unión Republicana cambió entonces su denominación por la de “Unión del Centro Democrático”, que conserva hasta el día de hoy.

Bases programáticas de la Unión del Centro Democrático

El 10 de Agosto de 1982, este partido emitió un documento denominado “Bases Doctrinarias y Principios Rectores” sobre los cuales se funda la Unión Republicana, que define su ideología en los siguientes puntos:

1- El Estado actual del país es consecuencia del predominio, durante un largo periodo de más de treinta años, de las tendencias anti-liberales y antirrepublicanas que forjaron el sistema estatista, dirigista e inflacionario que, con ligeras variantes, rigió desde 1943-1945 hasta la fecha. Este sistema es contrario a la Constitución Nacional; hizo retrogadar al país del séptimo u octavo lugar que ocupaba en el mundo en 1945, al cuadragésimo o quincuagésimo que ocupa ahora; desató una inmensa corrupción en todos los órdenes, provocó la destrucción de grandes valores espirituales y materiales que constituían el acervo de la Nación y, finalmente, condujo a la crisis presente que es, sin duda, la mayor de este siglo en la Argentina.

2- Se funda para luchar contra ese sistema y restaurar los principios republicanos y liberales establecidos principalmente en la primera parte de la Constitución Nacional.

3- En diametral oposición a la filosofía colectivista, que antepone el Estado al individuo, sostiene la dignidad de la persona humana como esencial y fundamental, y considera como derechos naturales del hombre la libertad y la propiedad…

4- Reducir a su mínima expresión y, en la medida de lo posible, abolir totalmente el “Estado comerciante”, el “Estado industrial”, o el “Estado empresario”. Esas funciones no son propias del Estado que concibe la Constitución, sino que incumben a los particulares. Para ello es necesario:
. Transferir a la actividad privada…los organismos estatales que cumplen esas funciones.
. Cuando esa transferencia no sea posible por tratarse de empresas antieconómicas, liquidarlas sin más trámite…
. Estas transferencias no significarán desocupación, ni “costo social” alguno. Por el contrario, al pasar las empresas a manos de particulares que saben administrarlas y que pueden aportar capitales, se desarrollarán en mucho mayor escala, creando nuevas y mejor remuneradas fuentes de trabajo.
. Eliminar las innumerables regulaciones, reglamentaciones y prohibiciones burocráticas que hoy traban, perturban y hasta paralizan la libre manifestación de la iniciativa y energías individuales. Para ello se requiere:
. Terminar con los monopolios estatales y paraestatales (también con los privados, según se señala más adelante).
. Abrir a los argentinos y también a los extranjeros que quieran venir a trabajar en el país en las condiciones que la Constitución establece, el campo de las grandes actividades que hoy les está vedado (petróleo, gas, energía eléctrica, energía atómica, explotación del carbón, teléfonos y otros medios de comunicación, ferrocarriles, transporte aéreo y muchos otros)…
. Especialmente y específicamente terminar con las manipulaciones administrativo-tecnocráticas de la moneda y de los mercados cambiario y financiero, que conducen siempre a la inflación y al envilecimiento del signo monetario. Para ello, es indispensable una reforma profunda de las leyes, reglas y normas que rigen el funcionamiento y facultades del Banco Central.

5- Suprimir los déficits estatales que, en última instancia, se financian emitiendo moneda espúrea, lo cual es incompatible con un sistema republicano, liberal y democrático…
Pero no basta con suprimir los déficits; es indispensable reducir, como se ha dicho, el tamaño del Estado y su “peso” sobre la economía. Un Estado desproporcionadamente grande, aun cuando no tenga déficit, es sofocante y paralizante, y atenta contra la salud económica del país que lo soporta y contra las libertades.
Dotar al país de una verdadera moneda, fuerte y estable, que conserve su poder adquisitivo y sirva como reserva de valor. La estabilidad monetaria debe ser considerada como uno de los derechos inalienables de los ciudadanos. Sólo ella permite ahorrar y hace posible elevar los salarios reales y mejorar la situación de los trabajadores. La inflación es el peor de los males. Una acción decidida y firme en el sentido señalado en los puntos anteriores, permitirá desmantelar el sistema estatista, dirigista e inflacionario vigente y reemplazarlo por un verdadero sistema donde impere la libertad en todos los órdenes, incluso en el económico.
Cabe aquí una aclaración fundamental. La economía de mercado moderna, a diferencia de algunas de las versiones de la economía libre del pasado, no rechaza la intervención del Estado en la economía sino que, por el contrario, la considera esencial en un punto: la preservación del mercado. El Estado debe actuar a través de “intervenciones conformes”, para combatir los monopolios, oligopolios y demás fórmulas restrictivas de la competencia, sean éstas oficiales o privadas. Nunca debe hacerlo por medio de “intervenciones conformes”, entre las cuales, los controles de precios y salarios son las más representativas, que interfieren y distorsionan el mercado….

6- La acción anteriormente descripta en el campo económico-social, está indisolublemente asociada a otra, tanto o más importante y permanente: la de organizar un Estado fuerte que atienda con eficiencia a sus responsabilidades propias, es decir, la justicia, la defensa nacional, la seguridad de sus habitantes, la salud pública, una educación básica que garantice la igualdad de oportunidades, el establecimiento de condiciones adecuadas para que la cultura y la investigación científica se desarrollen tanto como sea posible, la solidaria contribución de los trabajadores activos a los pasivos y la asistencia social a los desamparados, la conservación de la naturaleza y la mejora del medio ambiente…

7- Un Estado liberado de responsabilidades empresarias y descargado de las exigencias económicas que éstas plantean, podrá centrar su acción en las vitales tareas descriptas en el párrafo anterior, y contar con los recursos necesarios para llevarlos al más alto grado de eficiencia…

8- Debemos mantener relaciones diplomáticas y comerciales con todos los países del mundo, cualquiera sea la ideología de sus gobiernos, pero al mismo tiempo, debemos identificarnos claramente con aquéllos donde se respeten efectivamente las libertades individuales y demás valores de la cultura de Occidente.

9- Organizaciones intermedias. Entidades gremiales y empresarias: Las organizaciones de esta clase que tengan por fin la defensa de intereses lícitos de sus integrantes, son útiles para la conformación de una adecuada estructura social. En ese sentido, las entidades gremiales y empresarias, y los sindicatos de trabajadores dependientes, juegan un papel importante en las sociedades modernas. Esas organizaciones deben, a su vez, ser libres, estando sujetas solamente a la legislación general y a un mínimo de reglas y normas “ad hoc”, establecidas por el Estado, que de manera alguna coarten esa libertad. Inversamente, está vedado a dichas entidades ejercer coacción sobre los individuos, las demás organizaciones y el Estado mismo, procurando forzar la obtención de ventajas sectoriales. Tampoco deben gozar de privilegios y tratamientos o fueros especiales.

10- Los postulados de la Unión Republicana llevan naturalmente a concordar con la Doctrina Social de la Iglesia.

Toda la concepción económica descripta anteriormente se denomina “Economía social del mercado” y es precisamente la que fue aplicada en los países de Europa Occidental devastados por la guerra. Los llamados “milagros económicos” fueron el resultado de su implementación.